¿Pena de muerte y guerra justa?

Pregunta: (…) Entonces, ¿puede alguien a favor de la vida apoyar la pena de muerte o una “guerra justa”?, ¿no es una contradicción?. Lo “justifican” sin pruebas escriturísticas. Es vergonzoso: ningún Papa ni santo estaría de acuerdo con esta apología que hacen de la guerra y la muerte. Lo digo para que revisen su cristianismo.

Respuesta: Estimado señor T. La paz de Cristo sea en su alma y le colme de Su Divino Amor. Hemos editado su mensaje por caridad: hace usted juicios muy poco cristianos sobre nuestro trabajo y personas. Preferimos, en honor a su inquietud central, responder a su duda tan elogiable por su temor a ofender la sana doctrina y verdadera ortodoxia.

Basta con conocer los mandamientos para entender que matar es un pecado, tanto como murmurar o mentir. Unos matan el cuerpo, otros el alma o el honor. Todo bien es apreciable en sí y goza de un derecho divino a ser preservado.

Sin embargo es el mismo Dios, Autor de las Escrituras, quien establece, por ejemplo, penas durísimas que incluyen la muerte. Vea usted, por ejemplo, el Libro del Éxodo: “El que hiera mortalmente a otro, muera irremisiblemente” (Ex., XXI, 12) o “Pero al que obrare con malicia contra su prójimo, matándole con alevosía, a ése lo arrancarás hasta de mi altar para matarlo. El que pegare a su padre o a su madre, muera irremisiblemente. Quien robare un hombre y le vendiere, o si fuere hallado todavía en su poder, muera irremisiblemente. EI que maldijere a su padre o a su madre, muera sin remedio” (Ex. XXI, 14-17).

Las leyes divinas fueron severas en la preparación del Pueblo Elegido para recibir al Salvador y fue en la plenitud de los tiempos, con Su venida, cuando se tornaron diferentes a la luz de la Caridad, naciendo el derecho cristiano que heredamos y conocemos en sus residuos modernos.

En cuanto a la guerra, Dios mismo se define como Dios de los ejércitos. Vea cómo los patriarcas Moisés y Aarón llamaron, por orden del Altísimo, a la guerra y les reclutaron: “tomaron a estos hombres designados nominalmente y reunieron a toda la Congregación el día primero del segundo mes. Entonces fueron registrados, cabeza por cabeza, los varones de veinte años para arriba, según sus familias y casas paternas, conforme al número de los nombres. Como Yahvé había mandado a Moisés, así los contó éste en el desierto del Sinaí”

Y por esa orden divina, “éstos son los empadronados, a quienes contaron Moisés y Aarón, con los doce príncipes de Israel, uno por cada casa paterna, y fué el número de todos los empadronados de los hijos de Israel, según sus casas paternas, de veinte años para arriba, todos aptos para la guerra: el número de todos esos empadronados fué de seiscientos tres mil quinientos cincuenta” (Num. I, 44-46).

Si la Encarnación del Verbo cambió el rigor de las penas, no por eso abolió ni condenó la pena de muerte. El ejemplo del católico nos lo da San Pablo, quien ante el tribunal romano no condena la pena capital sino la injusticia de la acusación: “Festo, queriendo congraciarse con los judíos, dijo, en respuesta a Pablo: ¿Quieres subir a Jerusalén y ser allí juzgado de estas cosas delante de mí?” A lo cual Pablo contestó: “Ante el tribunal del César estoy; en él debo ser juzgado. Contra los judíos no he hecho mal alguno, como bien sabes tú mismo. Si he cometido injusticia o algo digno de muerte, no rehúso morir; pero si nada hay de fundado en las acusaciones de éstos, nadie por complacencia puede entregarme a ellos. Apelo al César” (Act 9-12).

¿Queda para el fiel alguna duda de la visión sobre la guerra si es el mismo Jesucristo nuestro Señor quien se expresa en éstos términos respecto a Su misión? “No creáis que he venido a traer la paz sobre la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. He venido, en efecto, a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra; y serán enemigos del hombre los de su propia casa. Quien ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí” (Mat. X, 34-37).

El mismo Pablo, Apóstol de Gentiles, elogia piadosamente la guerra: “los cuales por la fe subyugaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas, obstruyeron la boca de los leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon al filo de la espada, cobraron fuerzas de su flaqueza, se hicieron poderosos en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos enemigos” (Heb. XI, 33).

No menos enfático es el autor sagrado para confirmar el poder de la autoridad para aplicar penas graves y hasta de muerte: “En efecto, los príncipes no son de temer para las obras buenas, sino para las malas. ¿Quieres no tener que temer a la autoridad? Obra lo que es bueno, y tendrás de ella alabanza; pues ella es contigo ministro de Dios para el bien. Mas si obrares lo que es malo, teme; que no en vano lleva la espada; porque es ministro de Dios, vengador, para castigar a aquel que obra el mal” (Ro. XIII, 3-4).

Podría contrastarnos con el desarme pacifista como ideal evangélico, pero ¿podemos dudar de San Pablo? Jamás. Muchísimo menos podríamos contradecir – sin riesgo de herejía en ambos casos – al mismísimo Jesucristo nuestro Señor.: «Y les dijo: “Cuando Yo os envié sin bolsa, ni alforja, ni calzado, ¿os faltó alguna cosa?”. Respondieron: “Nada”. Y agregó: “Pues bien, ahora, el que tiene una bolsa, tómela consigo, e igualmente la alforja; y quien no tenga, venda su manto y compre una espada. Porque Yo os digo, que esta palabra de la Escritura debe todavía cumplirse en Mí: “y ha sido contado entre los malhechores”. Y así, lo que a Mí se refiere, toca a su fin”. Le dijeron: “Señor, aquí hay dos espadas”. Les contestó: “Basta”» (Lc, XXII, 35-38).

Ni San Juan Bautista censuró a los soldados que venían a apresarle por su profesión militar – tan sólo se limitó a pedir que no dañasen a los demás ni que hicieran falsas denuncias (cfr. Lc. III, 14) – ni el Divino Salvador reprochó al buen centurión romano por su oficio de las armas. Es más, cuando este pobre pagano le pidió que curase a su siervo enfermo, Jesús le dice: “En verdad os digo: no hallé fe tamaña en Israel” (Mt. VIII, 10).

A esta altura, su pacifismo se contradice con el deseo de luchar por su ideal y acabar con lo que considera “cosas tan erradas que deberían suprimirlas de todos los medios de comunicación”. Nosotros no podemos sino elogiar ese espíritu de combate por la ortodoxia. Dirá, como tantos en la historia, que es el mismo Cristo quien expresa “En verdad os digo que no resistáis al mal, sino si alguien abofetea vuestra mejilla derecha, ofreced también la otra” (Mt. V, 39).

Como en todo estudio serio y reposado de la doctrina y las Sagradas Escrituras, debe ser considerado el punto en forma completa. Nuestro Señor lo dice cuando, interrogado por el pérfido Anás, uno de los soldados que escoltaban a los rabinos se acerca y abofetea a Jesucristo. Pero, observe bien usted, que el Señor no le ofrece la otra mejilla, sino que por el contrario interpela al agresor: “Si hablé mal, muestra lo que Yo dije mal; pero si hablé bien, ¿por qué me hieres?” (Jo. XVIII, 23).

El Divino Salvador, que es la Justicia misma, es el modelo supremo perfecto de equilibrio. Es el mismo que en el Monte de las Bienaventuranzas nos dice que son “Bienaventurados los pacíficos, pues serán llamados hijos de Dios” (Mt. V, 9) y “Pone tu espada en su lugar, porque los que tomaren la espada morirán a espada” (Mt. XXVI, 52), pero que contrapone su santa cólera cuando vemos que “Jesús entró en el templo de Dios, expulsó a todos los que vendían y compraban; derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas” (Mt. XXI, 12-13 y Mc. XI, 15-17, Lc. XIX, 45-46).

Este equilibrio es el que rompen tanto los belicistas, que deforman el espíritu combativo, y los pacifistas, que pervierten el espíritu pacífico. El Cardenal Lara compiló, a propósito de las objeciones que otro muchísimo antes que usted, las enseñanzas papales de Celestino III, Inocencio III, Honorio III, Inocencio IV y San Gregorio X al respecto. No podemos contradecir la Voz de Pedro sin caer en cisma o herejía.

«Celestino III hace ver cómo combatir por la Tierra Santa es servir a Cristo, a lo que están obligados sus seguidores: “quien ahora no se declare por Jesucristo será, según proclama con autoridad la doctrina del Evangelio, su enemigo”.

Las Bulas de Inocencio III que tratan de este tema son muy numerosas y la finalidad no se aparta de la línea tradicional: la Cruzada existe “para destruir la barbarie de los paganos, guardar la herencia del Señor y vengar la injuria hecha al Crucificado, en la defensa de la tierra en que Nuestro Señor nació”

Incluso Inocencio III prefiere un terreno más concreto y nos da nueva fórmula a las tradicionales motivaciones, colocando la obligación de los cristianos de participar en la Cruzada en un plano casi jurídico: el deber de vasallaje que liga a los cristianos a su Rey, Jesucristo.

“En una epístola al Rey de Francia lo explica: así como sería un crimen de lesa majestad para un vasallo no ayudar a su señor expulsado de su tierra y tal vez cautivo, “de modo semejante, Jesucristo, Rey de los reyes y Señor de los señores (…) te condenaría por el pecado de ingratitud y como reo del crimen de infidelidad, si estando Él expulsado de la tierra que compró con precio de Su Sangre, y retenido como un esclavo por los sarracenos, donde se asentó el madero de la Cruz, tu descuidaste venir en Su ayuda”.

Honorio III resalta la injuria y la deshonra que caen sobre Cristo y los cristianos en consecuencia de la posesión de la Tierra Santa por los impíos y blasfemos sarracenos. Esto es un motivo suficiente para tomar las armas (…).

Inocencio IV considera la liberación de la Tierra Santa como obra estrictamente eclesiástica, a la cual están principalmente obligados los prelados, una vez que conllevará a un gran incremento de la Fe católica (…).

Gregorio X confesaba que no anhelaba sino la liberación de la Tierra Santa, lo que considera el principal objetivo de su pontificado»

No son menos enfáticos los papas modernos. San Pío X enseña que “Es lícito quitar la vida del prójimo: durante el combate en guerra justa; cuando se ejecuta por orden de la autoridad suprema la condena a muerte en castigo por algún crimen; y finalmente cuando se trata de necesaria y legítima defensa de la vida, en el momento de una injusta agresión”.

San Agustín nos dice que “Entre los verdaderos adoradores de Dios hasta las guerras son pacíficas, pues no se hacen por codicia o crueldad, sino por amor a la paz, es decir, para reprimir a los malvados y socorrer a los buenos”.

Podríamos tratar largamente las condiciones de la guerra justa, pero lo encontrará muy bien explicado en Santo Tomás de Aquino, que las expone con precisión, claridad y ortodoxia.

Finalmente queda la cuestión de si los santos condenarían todo lo que usted ataca. Veamos. Sería una lista tan larga, tan extensa en tiempos, circunstancias y profesiones, tan llena de piadosos ejemplos que sobrepasaría este espacio.

El punto que sí queremos remarcar es que si la condición militar fuera, por sí misma, poco propia para la santidad, no serían todos esos santos tan numerosos. Recuerde usted que en los primeros siglos de la era cristiana, desde el legendario San Jorge hasta San Sebastián (256-286), San Mauricio (s. III), y sus compañeros de la famosa Legión Tebana (también conocida como los Mártires de Agaunum), legión romana de seis millares de hombres que se convirtieron al catolicismo y fueron martirizados juntos, todos ellos eran militares y portentosos guerreros.

En el siglo VI tiene usted a San Elesbaán, el emperador negro de Etiopía que armó una cruzada y atravesó el Mar Rojo para combatir a perseguidores de la fe católica en Arabia; en la época de las Cruzadas, San Luis IX (1214-1270), rey de Francia, que organizó y comandó dos expediciones militares que fueron a Oriente con la intención de reconquistar el Santo Sepulcro y en la misma época, San Fernando III (1199-1252) , rey de León y Castilla, que pasó toda su vida en continua lucha contra los moros que habían invadido la Península Ibérica.

La lista de reyes santos, de nobles militares, de jueces y soldados, de guerreros y combatientes contra herejías e invasiones, insistimos es demasiado amplia. En todos ellos resplandece la caridad cristiana, el equilibrio de la justicia con el temor de Dios, y esa enemistad con la que comienza la historia entre los hijos de la Virgen y los hijos del Demonio. Esa enemistad irreconciliable y combativa, terminará cuando Ella aplaste con sus pies a la antigua serpiente.

Esperamos haber reforzado su fe, animándole a continuar su lucha por la verdadera ortodoxia y fidelidad al pensamiento y ejemplo de los santos y los Papas. Nos encomendamos en sus oraciones. Cuenta usted con las nuestras, así como todos nuestros cooperadores, amigos y lectores.

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