Oración a Nuestro Señor, Luz del mundo

Yo os adoro, oh Jesús mi Salvador, como la verdadera luz del mundo, como el esplendor de la gloria de vuestro Padre, que ilumináis a todos los hombres que vienen a la tierra, y como a sol de justicia que habéis aparecido en la plenitud de los tiempos para alumbrarnos.

Nosotros vivíamos en este mundo como en una profunda noche, después que nos apartamos de Vos, que sois la verdadera luz de todos los espíritus cristianos.

El error, la ignorancia y la ceguedad eran nuestra herencia. Y en este funesto estado, cuanto más caminábamos, más nos extraviábamos y caíamos en nuevos y más profundos precipicios. Engañaados y seducidos, o por el falso esplendor de las cosas presentes, o por los prestigios y preocupaciones de los mundanos, o por las débiles luces de una razón corrompida. Mirábamos todo lo que se presentaba a nuestros sentidos como unos bienes cuyo goce o posesión nos debía hacer felices. Nosotros no juzgábamos las cosas por lo que efectivamente eran, sino por lo que parecían ser.

Ya es tiempo de salir de este profundo adormecimiento, y de caminar a favor de esta divina luz que se ha levantado sobre nosotros, y que ha aparecido para disipar nuestras tinieblas.

En vano he trabajado mientras la noche del pecado, porque yo no sabía ni lo que hacía, ni por qué lo hacía. Y por una ceguedad aún más grande, yo no quería verlo ni conocerlo. Yo he sido del número de aquellos a quienes Vos condenáis con tanta justicia, porque han amado más las tinieblas que la luz. ¡Ay de mí! Ellas pudieron habermnme desengañado de mis errores y sacado de mis ilusiones, si yo hubiera querido acercarme a ella. Pero ¡infeliz de mí! yo la he huido, porque amaba mis sueños y temía ver el día por no salir de ellos.

Mas al fin, Señor, Vos me habéis sacado de mi ceguedad, haciendo sobre los ojos de mi alma lo que hicisteis sobre los ojos del cuerpo del ciego de nacimiento. Y así he venido a ser por vuestra gracia hijos del día y de la luz del Evangelio.

Haced por vuestra misericordia que yo no haga jamás obras de tinieblas, y que no duerma cona quel sueño peligroso, que por tanto tiempo me ha engañado por las ideas y fantasmas de placeres y grandezas humanas.

Que vuestra palabra sea en adelante la lámpara que alumbre todos mis pasos. Que la fe y vuestra gracia sean las antorchas de mi entendimiento y corazón. Yo conozco, oh mi adorable Maestro, que queda aún en mí un gran fondo de error e ignorancia, y que muy fácilmente me engañaré en mis juicios y sentimientos, si vuestra luz me abandona.

Dádmela continuamente, a fin de que con el auxilio de esta luz, yo juzgue de todo lo que se me presente, de los bienes y de los males, de las humillaciones y de los consuelos, de los sentimientos y de las opiniones de los hombres, de las máximas de los mundanos y de los buenos, de mis propias luces y de las de los otros, de mis pensamientos, de mis designios, de mis deseos, de mis acciones, y que yo descubra por su gran claridad lo que hay en todas las cosas de bueno o de malo, de peligroso o de seguro, de dudoso o de cierto, de verdadero o de falso.

¡Oh luz de vida, luz siempre inmutable, siempre santa, siempre amable a un alma que os busca! ¿Cuándo mis almas, mi entendimiento, mi corazón y todas mis acciones estarán penetradas de ti? Vos, Cordero santísimo, sois la antorcha que me alumbrará desde ahora y hasta el fin de mis días, por cuyo resplandor quienes os sigamos veremos la luz substancial en vuestra unidad, oh Dios mío, y en la adorable Trinidad de vuestras divinas Personas. Amén.

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