Nuestra Señora del Rosario de la Naval

(Quezon, Manila, Filipinas)

Esculpida por un artista chino no católico que más tarde se convirtió gracias a la intercesión de la Santísima Virgen, esta imagen fue comisionada en 1593 por el gobernador español de Filipinas, Luis Pérez Dasmarinas, que quería una estatua en memoria tanto de su padre como de su propio régimen. La figura fue confiada a los Dominicos de Manila y consagrada en la iglesia de Santo Domingo, donde recibió gran devoción del pueblo.

Quince años más tarde, en marzo de 1646, mientras los españoles todavía gobernaban las islas, y eran enemigos acérrimos de los holandeses, la gente quedó impactada al saber que la flota de cinco buques de guerra de Holanda estaban llegando a Manila. Con la triple amenaza de la conquista, el pillaje y el protestantismo holandés, el enemigo escogió un momento en que los barcos españoles no podían defenderse.

Dos galeones comerciales, el Rosario y el Encarnación, fueron donados por sus dueños para prepararlos rápidamente para la batalla. Mientras se colocaban en posición para la confrontación, los hombres rezaron el rosario y se consagraron a La Naval, “Nuestra Señora del Santo Rosario”. 

Los cinco buques holandeses estaban bien equipados con cañones, armas de fuego y marinos entrenados. Los dos barcos de carga hispano-filipinos estaban pobremente equipados con unas pocas armas. Al final del día, parecía increíble que los holandeses huyeran de la zona, mientras los defensores de la ciudad regresaron a su hogar gloriosos, alabando a Nuestra Señora por su protección. 

Los siguientes cuatro meses, los dos barcos de carga patrullaron las aguas. Luego, en julio, descubrieron que habían sido atrapados en un estrecho paso no por cinco, sino por siete barcos de guerra holandeses. Como su posición no les permitía un ángulo apropiado para luchar, rezaron y esperaron. Temerosos de ser atacados, hicieron el voto de que si salían victoriosos peregrinarían descalzos a la iglesia de Santo Domingo para agradecer a Nuestra Señora del Rosario. 

A través de la intercesión de La Naval, los dos barcos de carga no fueron vistos, aunque estaban en medio de ellos y los distinguían claramente, y los buques protestantes giraron hacia Manila sin dispararles. Los dos barcos españoles los persiguieron y encerraron. Al amanecer del día siguiente, los holandeses se retiraron derrotados. Tan pronto como los victoriosos llegaron a su hogar, cumplieron agradecidos su voto. 

Después de la siguiente batalla, la gente de Manila empezó a llamar a los barcos de carga “los galeones del milagro”. Tras la cuarta confrontación y victoria, el nombre fue confirmado, si bien la flota holandesa reapareció una quinta vez para luchar. Ansiosos por defender su honor y restaurar su orgullo, los holandeses resolvieron ganar a cualquier costo. La ventaja era definitivamente suya cuando encontraron a los dos barcos de carga anclados con el viento en contra. Incapaces de moverse, los dos barcos españoles lucharon donde se encontraban y vencieron al enemigo, que tuvo que huir para nunca regresar. 

Nuestra Señora del Rosario y los hombres de los dos barcos de carga vencieron a quince barcos de guerra bien equipados. Esta victoria en Manila es similar en muchos sentidos al gran triunfo naval de Lepanto, que también se debió a la intervención de Nuestra Señora y el poder de su Santo Rosario. En ambos casos, la Virgen defendió milagrosamente, y concedió la victoria a los marinos que pusieron su confianza en Ella. 

Dieciséis años después de la exitosa defensa de Manila, un concilio eclesiástico fue convocado en Cavite para estudiar los aspectos inusuales de las cinco victorias navales. El concilio consistí de teólogos, canonistas y religiosos prominentes. El 9 de abril de 1662, después de estudiar todos los testimonios escritos y orales de los participantes y testigos, el concilio declaró que las victorias fueron “concedidas por el Soberano Señor a través de la intercesión de la Santísima Virgen María y la devoción de su Rosario; que los milagros debían ser celebrados, predicados y festejados, considerados entre los milagros forjados por la Señora del Rosario por la gran devoción de los fieles de la Santísima Virgen María y su santo rosario”. Este decreto fue firmado por los ocho miembros del concilio eclesiástico. 

Antes de las victorias, pero más especialmente desde entonces, el pueblo filipino había prodigado a La Naval una amorosa devoción y reverencia. El mayor tributo fue dado a Nuestra Señora cuando su estatua fue coronada el 5 de octubre de 1907, por el delegado apostólico de Filipinas, Monseñor Ambrosio Agius.

Cuando la iglesia de Santo Domingo fue bombardeada en 1941, la estatua fue escondida para protegerla, y más tarde la transfirieron a la capilla de la Universidad de Santo Tomás. Allí miles de devotos de Nuestra Señora visitaron la imagen milagrosa en observancia del tercer centenario en 1946. Cuando el santuario de la nueva iglesia de Santo Domingo fue completado en 1954, La Naval fue llevada en un carro con forma de barco durante una procesión solemne en la que iba la jerarquía filipina, funcionarios públicos, sacerdotes, monjas y miles de fieles. Durante el Año Mariano de 1954, los obispos filipinos declararon que la iglesia de Santo Domingo de Quezon era el santuario Nacional de Nuestra Señora del Rosario. Y otro honor se confirió a Nuestra Señora cuando fue reconocida como la patrona de la capital de las Filipinas.

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