Nuestra Señora del Buen Consejo

A pocas millas de la ciudad de Roma descansa Genazzano, una ciudad rica en historia y bendecida con la presencia de una pintura milagrosa de la Virgen Bendita que tiene una historia impresionante. Los orígenes de Genazzano datan de los tiempos de los emperadores romanos. Debido a su proximidad a roma, la ciudad fue elegida por muchos patricios y cortesanos imperiales como un sitio de villas campestres. Los vastos jardines que rodean estas villas frecuentemente servían como lugar para las perversas fiestas, juegos paganos y rituales idólatras en honor de los dioses a los que los romanos atribuían la fertilidad de sus campos. Una de esas celebraciones se llevó a cabo cada 23 de abril en honor de la diosa Flora o Venus. Para este evento, gente de todas las clases sociales, hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos se reunían para una gran fiesta. La práctica se disolvió gradualmente y los templos cayeron en ruinas cuando el aire vital del Cristianismo regeneró a la gente en Europa.

En el siglo tercero, fue dada una orden de construir sobre las ruinas de los templos romanos un santuario dedicado a la Madre de Dios bajo la tierna invocación de Madre del Buen Consejo.

Los años fueron pasando, la ciudad se volvió más populosa y el santuario creció en fama. Alumbrando la Edad Media, los Franciscanos y los Agustinos fundaron monasterios cerca. A través de los años, el primitivo templo erigido en honor de la Madre del Buen Consejo empezó a mostrar signos de deterioro. Además, el santuario era pequeño, los fieles construyeron iglesias más grandes y ricas para sus funciones solemnes.

En 1356, cerca de un siglo antes de la aparición de la pintura milagrosa que introduciría a Genazzano en los anales de las maravillas en las iglesias, Prince Pietro Ginrdan Colona, cuya familia tenía señoría sobre la ciudad, asignó la iglesia más antigua de la ciudad y su parroquia al cuidado de la orden de los Ermitaños de San Agustín. Los fieles tendrían por eso la asistencia pastoral necesaria, y las reparaciones serían hechas sobre la vieja iglesia.

Aunque las oraciones de los fieles se intensificaron, las dificultades financieras impidieron la necesaria y urgente restauración del antiguo templo. Pero la Madre que da sabios consejos en todas las circunstancias y atentamente provee para las necesidades de los hombres eligió una Agustina de Orden Tercera, Petruccia de Nocera, para realizar un prodigio sobrenatural que lograría traer la tan deseada restauración.

Petruccia había recibido una pequeña fortuna tras la muerte de su marido en 1436. Viviendo sola, dedicaba la mayor parte de su tiempo en oraciones y servicios en la Iglesia de la Madre del Buen Consejo, la apenaba ver el estado deplorable del sagrado establecimiento, y rezaba fervientemente para que lo repararan. Finalmente, resolvió tomar la iniciativa. Después de obtener el permiso de los frailes, donó sus bienes para iniciar la restauración con la esperanza de que otros ayudarían a completarlas una vez que hubiesen comenzado.

Un plan fue trazado para la construcción de una magnífica iglesia. Sin embargo, una vez que el arduo cometido había empezado, Petruccia, que ya tenía ochenta años entonces, encontró que su generoso ofrecimiento escasamente era suficiente para completar la primera fase de la construcción. Para peor, nadie vino a ayudarla como ella había esperado.

Para su consternación, la construcción fue duramente levantada tres pies cuando tuvieron que parar debido a la carencia de recursos. Sus amigos y vecinos comenzaron a ridiculizarla, y detractores la acusaron de imprudencia. Otros la reprendieron severamente en público. Para todos, ella respondía: “Mis queridos hijos, no den mucha importancia a esta aparente desgracia. Yo les aseguro que antes de mi muerte la Virgen Bendita y nuestro santo padre Agustín terminarán la iglesia empezada por mí”.

El 25 de abril de 1467, el día de fiesta del patrón de la ciudad, San Marcos, una solemne celebración empezó con una Misa dicha con la acostumbrada grandeza y pompa. Era sábado, y la multitud empezó a reunirse en frente de la iglesia de la Madre del Buen Consejo. La única nota discrepante dentro de la celebración era el trabajo sin terminar de Petruccia. Pero alrededor de las cuatro de la tarde, todos oyeron los acordes de una hermosa melodía que parecía venir del cielo. La gente miró arriba hacia las torres de las iglesias y vio una nube blanca que brillaba con miles de rayos luminosos; gradualmente se fue acercando a la estupefacta multitud el sonido de una excepcionalmente bella melodía. La nube descendió sobre la iglesia de la Madre del Buen Consejo y se posó sobre la pared de la capilla sin terminar de San Biagio, que Petruccia había comenzado. De pronto, las campanas de la vieja torre empezaron a sonar solas, y las otras campanas de la ciudad sonaron al unísono milagrosamente. Los rayos que emanaban de la peque ña nube fueron apagándose y la nube misma gradualmente se desvaneció, revelando un hermoso objeto a la encantada vista de los espectadores. Era una pintura que representaba a Nuestra Señora sosteniendo tiernamente a su Divino Hijo en sus brazos. Casi inmediatamente, la Virgen María comenzó a curar a los enfermos y otorgó incontables consolaciones, la memoria de esto fue mantenida para la posteridad por la autoridad eclesiástica local.

Las noticias de la pintura y sus milagros se propagaron a través de la provincia y más allá, atrayendo multitudes. Algunas ciudades formaron procesiones entusiastas para bullir ante la pintura que la gente llamaba la Señora del Paraíso debido a su entrada celestial en la ciudad. Numerosas almas donaron, con una respuesta a firme la confidencia que Nuestra Señora había inspirado en Petruccia.

En medio del entusiasmo general causado por la pintura, Nuestra Señora deseó divulgar el verdadero origen del maravilloso fresco a sus devotos. Dos extranjeros llamados Giorgio y De Sciavis entraron en la ciudad entre un grupo de peregrinos que habían venido desde Roma. Vestían extrañas ropas y hablaban un idioma foráneo, diciendo que habían llegado a Roma más temprano ese año desde Albania. Mientras la mayoría de la gente rehusaba creer su historia, ésta tenía un significado especial para los habitantes de Genazzano.

Enero de 1467 vio la muerte del último gran rey albanés, George Castriota, mejor conocido como Scanderberg. Criado como musulmán en la corte del sultán Murad II, a quien había sido entregado como rehén por su padre, un jefe albanés, el abdicó al sultanato para ubicarse a la cabeza de su propia gente y abrazar el cristianismo. Posteriormente, Scanderberg infligió asombrosas derrotas al ejército turco, y ocupó fortalezas en toda Albania.

Una vez muerto el rey, la armada turca, finalmente libre del Fulminante León de Guerra, se desparramó por toda Albania, ocupando todas sus fortalezas, ciudades y provincias con excepción de Scutari, en el norte del país.

Sin embargo, la capacidad de resistencia de la ciudad era limitada, y su captura era esperada en cualquier momento. Con su caída, la Albania cristiana sería derrotada. Encarados a esta perspectiva, aquellos que deseaban practicar su fe en tierras cristianas comenzaron su triste éxodo. Giorgio y De Sciavis también estudiaron la posibilidad de huir, pero algo los mantenía en Scutari; era una pequeña iglesia, considerada el santuario de todo el reino albanés, donde una pintura de Nuestra Señora era venerada. La pintura había descendido misteriosamente de los cielos doscientos años antes.

Según la tradición, había venido del este. Habiendo concedido innumerables gracias sobre toda la población, esta iglesia se volvió el principal centro de peregrinación en Albania. Scanderberg mismo había visitado el santuario más de una vez para pedir ardientemente por la victoria en la batalla. Ahora, el santuario estaba amenazado con la inminente destrucción y profanación.

Los dos albaneses habían llorado por la idea de dejar el gran tesoro de Albania en las manos de los enemigos para huir del terror turco. En su perplejidad, fueron a la vieja iglesia a pedirle a su Madre Bendita el buen consejo que necesitaban.

Esa noche, el Consuelo de los Afligidos los inspiró mientras dormían. Ella les mandó prepararse para dejar su país, al que nunca volverían a ver. Agregó que el fresco milagroso también iba a salir de Scutari para escapar a la profanación en manos de los turcos. Finalmente, les ordenó que siguiesen la pintura a donde sea que fuese.

A la mañana siguiente, los dos amigos fueron al santuario. En ese mismo momento vieron que la pintura se desprendía sola de la pared sobre la que había sido colgada por dos centurias. Dejando su nicho, se mantuvo suspendida por un momento y luego súbitamente quedó envuelta en una nube blanca a través de la cual la imagen continuaba visible.

La pintura peregrina dejó la iglesia y los parajes de Scutari. Viajó lentamente a través del aire a una altura considerable y avanzó en la dirección del mar Adriático a una velocidad que permitía seguirla a los dos caminantes. Tras cubrir unas veinticuatro millas, alcanzaron la costa. Sin parar, la pintura dejó la tierra y avanzó sobre las aguas mientras los fieles Giorgio y De Sciavis continuaron siguiéndola, caminando sobre las olas como su Divino Maestro había hecho en el Lago Genesareth. Cuando la noche llegó, la nube misteriosa, que los había protegido con su sombra del calor del sol durante el día, los guió durante la noche con luz, como la columna de fuego en el desierto que guió a los judíos en su éxodo de Egipto.

Viajaron día y noche hasta alcanzar las costas italianas. Allí, continuaron siguiendo a la milagrosa pintura, trepando montañas, bordeando ríos y caminante a través de valles. Finalmente, llegaron al vasto llano de Lattio donde pudieron ver las torres y cúpulas de Roma. Llegando a las puertas de la ciudad, la nube de pronto desapareció ante sus decepcionados ojos. Giorgio y De Sciavis empezaron a registrar la ciudad, yendo de iglesia en iglesia a preguntar si una pintura había descendido allí. Todos sus intentos de encontrar la pintura fallaron, y los romanos miraron con incredulidad a los dos extranjeros y su extraño cuento.

Poco después, increíbles noticias llegaron a Roma: una pintura de Nuestra Señora había aparecido sobre los cielos de Genazzano con el sonido de una hermosa música y había llegado a descansar sobre la pared de una iglesia que estaba siendo refaccionada. Los dos albaneses se precipitaron a buscar al amado tesoro de su país, milagrosamente suspendido en el aire junto a la pared de la capilla donde permanece hasta hoy.

Algunos habitantes encontraron la historia difícil de creer y cuidadosas investigaciones posteriores probaron que los dos estaban contando la verdad y que la imagen era la misma que bendecía el santuario de Scutari.

De este modo fue que la Santísima María, con la humilde participación de una Agustina de Orden Tercera por un lado del Adriático y dos fieles albaneses por el otro lado, transportó su misterioso fresco de la infeliz e infortunada Albania a la pequeña ciudad muy cercana al corazón de la Cristiandad. Comenzando su histórico viaje desde aquel pequeño santuario albanés, que Ella no había elegido por casualidad, viajó a través del mar para derramar sobre el mundo un nuevo torrente de gracias bajo la invocación de Madre del Buen Consejo.

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