Nuestra Señora de Liesse

En el año 1134, tres caballeros franceses de la Orden de San Juan de Jerusalén, salieron desde León (España) para Tierra Santa y cayeron prisioneros de los musulmanes en Bersabé. Los condujeron al Cairo, donde el Jefe Soldán procuró hacerlos abjurar de la fe. Pero como nada consiguiera ni con los castigos, procuró seducirlos por intermedio de su hija Ismeria, de una sin igual belleza.

Ella rehusó la villanía, pero fuertemente amenazada por su padre, simuló hacerlo. Cuando llegó al calabozo encontró a los caballeros prisioneros, haciendo oración, invocando a María. Ismeria se interesó por saber quién era esa Reina de los Cielos, invocada tan fervorosamente por los cristianos. Ellos se lo explicaron detalladamente. Entonces les pidió le hicieran una imagen de Ella, para los cual les trajo un trozo de madera y cinceles, pero ninguno de ellos era capaz de dar una cincelada artística…

La hermosa carcelera les prometió que si la complacían ella se comprometía a hacerse cristiana de corazón y de alma.

¿Qué hacer? No había más que encomendarse a la Santísima Virgen…

Se quedaron profundamente dormidos… Al amanecer despertaron, y encontraron una hermosa imagen de María Santísima, perfectamente tallada… verla y caer en éxtasis, todo fue un mismo instante.

Cuando llegó al calabozo Ismeria, encontró la estancia profusamente iluminada y a los prisioneros de rodillas arrobados en la contemplación de la sagrada imagen de María, milagrosamente tallada en aquella noche en esa prisión de los sarracenos.

Impresionada grandemente, Ismeria cumplió la promesa, tocada por la gracia se hizo cristiana. Se entregó por entero Cristo, confesando ‘Soy cristiana, creo’.

La princesa mora y los prisioneros se postraron ante la imagen de María, que la denominaron Nuestra Señora de Liesse (de la alegría).

La bella musulmana se llevó consigo la hermosa imagen, decidida interiormente a pedirle a la Virgen la libertad de los prisioneros. Luego, ordenó la libertad de los prisioneros y les hizo conducir a orillas del Nilo, para facilitar que pudieran embarcarse.

El cansancio los rindió y se durmieron profundamente a orillas del río. Al despertar, tanto los cautivos como la princesa Ismeria no supieron donde estaban. Era un país extraño, y preguntaron a unos campesinos dónde se encontraban.

¡Qué sorpresa! Estaban en Francia, cerca del castillo de sus propios feudos. Sus parientes los estaban esperando. ¿quién les habría avisado de su regreso?

Ya en el palacio, reintegrados en sus hogares, rindieron el merecido homenaje a la Virgen, su celestial libertadora, levantaron un templo en el sitio mismo que Ella indicó y que existió hasta el siglo XV. Hoy es el magnífico Santuario de Liesse, que eleva sus torres al cielo en acción de gracias al Señor.

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