No vemos hasta que no sabemos

El alma, creada por Dios para amarle, aspira a tales perfecciones y alturas que le alcancen por reflejo máximo. Ni el más alto y sublime de los pensamientos humanos alcanza la indescriptible superioridad de Dios. Sin embargo podemos intuirle a medida que ascendemos en la contemplación virtuosa, desprendida de todo apego material y humano. Pensar como los ángeles no sólo nos hace semejantes sino que nos hermana en las felicidades inalterables del Paraíso.

En su contrario, desde las inclinaciones infernales, incrustándose en la carne y emponzoñando el espíritu, oscureciendo la mente y torciendo la voluntad, se nos quiere bajar la mirada; primero a lo más inmediato del cielo, luego hacia el frente con el prójimo y finalmente endureciendo el cuello volcándonos a lo más terreno y material posible. La lucha entre lo sublime y lo prosaico es la lucha en la cultura de toda la historia. Cómo se nos conduce a lo peor o se nos eleva a lo superior es, por excelencia, uno de los puntos fundamentales de la espiritualidad.

La pedagogía del alma

Del mismo modo que quien aprende de economía suele interpretar y explicar el universo y sus relaciones a través de este prisma, o el geólogo contempla formaciones donde el poeta ve belleza o el granjero y el leñador tierras laborables, el pintor un tema a retratar, el político áreas de dominio, y el turista una opción de descanso, así son las fuerzas que despliega un determinado conocimiento o estado de espíritu que modelan la visión del universo.

Sin la debida instrucción espiritual, de las íntimas y superiores relaciones de las cosas, es difícil el ascenso necesario para la perfección del alma y su salvación. Es deber de los pastores tanto como de los fieles –obligados por los mandamientos de la misericordia- instruir adecuadamente a las almas según sus condiciones, deberes y derechos conforme a sus estados particulares.

Una educación espiritual ausente, centrada en lo terreno y humano, demagógica y sensiblera, tan prosaica como inmediatista, impide a las almas comprender la trascendencia de sus actos, sentimientos y pensamientos en relación con su propia salvación y el bien de todas las almas.

Por el contrario, la instrucción y cultivo de los conocimientos necesarios para la elevación de las almas cambia la visión del mundo, sus relaciones, sentidos y fines. Así, una cultura católica verdadera educa sobre lo mejor, lo más hermoso, justo y verdadero, sobre el apetito de las cosas mejores y óptimas tanto para el cuerpo como para el alma, elevando a toda la sociedad hacia la virtud. ¿No se subsanarían las dolencias humanas, sus carencias y dolores, si todos cumpliesen efectivamente sus deberes de estado, los santos mandamientos, buscando reflejar en cada acto, sentimiento y pensamiento, las perfecciones de Dios posibles en cada acto?

Jueces justos, agentes del orden y administración, representantes y mandatarios virtuosos, o artistas que promueven lo bello y saludable para el alma, familias inflamadas por la caridad en respetuoso servicio y obediencia, relaciones humanas en todo orden y nivel, actividades necesarias para el sostenimiento del alma y del cuerpo, todas ellas ordenadas por la caridad, ¿no sería un preámbulo del Cielo? La virtud alabada y promovida y el vicio y el pecados condenados y castigados, ¿no son medios eficaces para remediar los problemas de los hombres sobre la tierra?

Nada de esto sería posible sin una visión de lo sobrenatural en lo cotidiano, donde se alabe y promueva la virtud. Lo contrario es la tolerancia con el vicio y el error, la alabanza al pecado y el desvío a los problemas inmediatos derivados del pecado original como la enfermedad, la inclinación al crimen, la ignorancia, la pobreza o el trabajo arduo.

La espiritualidad católica debe comenzar por la educación del alma para elevar y mejorar su visión sobre el universo, enseñándole a ver lo que los simples ojos de la carne no ven y que tuercen por las inclinaciones de la carne, el mundo y el demonio.

También requiere la valentía de denunciar al error, el vicio, el pecado y el crimen, y con ello a los propagandistas del mal, los tolerantes del vicio y autores de los delitos. Todo ello con la caridad exquisita del evangelio, la promoción de las buenas costumbres, la cultura elevada y el premio al bien y la virtud, haciéndoles deseables, aspirables y dignos de elogio aquí en la tierra y premiados luego en el Cielo.

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