¡No podemos callar!

El amor, el amor verdadero y real, no puede ser callado. La caridad, amor supremo por el supremo fin, no puede ser callada ni puede sufrir censuras ni reparos. Quien ama a Dios le proclama no sólo con palabras sino, principal y fundamentalmente, en actos.

¿Es la caridad un sentimiento tormentoso como el que proclaman los romances de películas o novelas? Por ser su principio y fin Dios mismo, no se compara ni se asemeja a los vaivenes sentimentales que se dan entre los hombres, que como tumultuosas tormentas golpean o decrecen con el paso del tiempo o circunstancias, que tantas veces no pasa sino por caprichos temporales.

El amor de Dios se eleva hasta el Creador y desde Él desciende sobre todas las criaturas iluminando y purificando los afectos, haciéndoles rectos, superiores y sublimes, desinteresados y generosos. Es la caridad perfecta que soporta toda prueba y contradicción, que no conoce ni tiempo ni límite alguno. La caridad está, por tanto, limpia y depurada de todo afecto humano. Se dirige, desciende y culmina en Dios.

Esta caridad, en tanto no es un sentimiento, es una contemplación activa tanto como es una acción contemplativa. Con Dios como centro, se irradia a toda la Creación, procurando ver en ella las perfecciones divinas y reflejar tales perfecciones infinitas a través de sus acciones y obras. Por caridad procuramos que en toda la Creación resplandezca la gloria de Dios, extendiéndolas a la sociedad, la cultura y todas las formas posibles de desplegar esa belleza, jerarquía, equilibrio, santidad, bondad y verdad. Y por esa contemplación de las criaturas y de toda la creación comprendemos las verdades que conocemos por la fe y que la
Santa Iglesia nos enseña.

Es por esa fe, en virtud de la caridad ardiente, que se operan los grandes milagros morales y las bellezas incomparables que obra la santa religión. Allí hablan los monumentos de amor de Dios de quienes cuidan a los enfermos que repugnan a todos, a los pobres que parecen olvidados, que instruye a quienes no tenían esperanza, con una voluntad a toda prueba pues no nace de intereses materiales ni de sentimentalismo, sino de la base serena y ardiente de la fe. Es un amor que refleja en forma más o menos perfecta el amor de Dios según la criatura hace un olvido de sí para hacerse reflejo del amor de Dios.

En tanto el hombre no es sólo espíritu sino también cuerpo, y no es sólo sentimiento sino también razón, esa fe y esas obras materiales precisan una guía luminosa. La Santa Iglesia, que en tanto docente nos propone las verdades inmutables de la fe, aquello que debemos creer y asentir sin lugar a duda ni modificaciones, haciendo de su aceptación un acto de amorosa humildad, también se hace pensante, obligándonos a todos por amor a la misericordia, a enseñar a quienes no saben, corregir a quienes yerran, aconsejar a quienes lo necesitan y consolar a los que sufren, entre otros mandamientos de amor.

Esta visión sobrenatural de las cosas, que libera a los hombres del peso de la vida a veces miserables dotándole de una luz superior, que para los incrédulos hace insufrible la miseria de todo orden hasta la locura del suicidio, en el creyente se hace un acto de amor. Los males del alma, superior en todo, eterna por su naturaleza, aparecen como mucho más graves, terribles y dañinos. Son mucho más serios que los del cuerpo que con la muerte tienen un fin. ¿No es deber de la caridad ocuparse primero de lo primero? ¿No sería insensato, malvado y hasta criminal atender tan sólo de las miserias materiales que, hoy en día, tienen tantos medios para ser aliviados en una civilización que quiere prometer el fin del sufrimiento carnal? La fe nos obliga a mirar primero lo espiritual, atender a sus necesidades, acompañar y alentar, instruir y corregir en lo que principal y primeramente importa y ante esto, todos los hijos de Dios, cada bautizado en su medida y jerarquía, estamos obligados y no, no podemos callar.

Ante la visión de la eternidad, la misericordia, el amor de Dios, el amor al prójimo nos obliga a procurar su felicidad. Falso amor sería aquel que no atiende a la felicidad del otro y menos aún si olvida la felicidad eterna. Sería odio al prójimo si no agotamos la caridad que no conoce límites para procurar su salvación, condenando el pecado, el vicio y el error, señalando los peligros y hasta destruyéndoles y aplastándoles en tanto fuese posible.

Nuestro Señor Jesucristo no vino al mundo ni murió en la cruz para salvar nuestros cuerpos sino nuestras almas. La Santa Iglesia procura ante todo el bien de las almas sin descuidar, por consecuencia de la caridad, el bienestar material, pero no hace de éste bienestar el centro de sus obras ni preocupaciones primeras. El Divino Redentor pagó por nuestras culpas e instituyó los sacramentos para el bien de nuestras almas. Es la sociedad iluminada por el resplandor del catolicismo quien debe procurar tanto esplendor y felicidad material como sea posible según los medios y circunstancias. Y también bienes del alma como la cultura o leyes justas y benévolas. Si atendemos al cuerpo es por amor a las almas. Pero los hijos de Dios no vemos ignominia en el sufrimiento sino que hacemos de estas incomodidades y dolores un medio de penitencia, reparación y amor de Dios. Por la fe vemos en el sufrimiento consentido por Dios un medio para salvar nuestras almas.

Si en verdad nos dolemos por los sufrimientos del prójimo, materiales y espirituales, no podemos ver otra salida que no sea la construcción de un Reino de Cristo y para Cristo, único remedio y única salida verdadera. Si en verdad amamos a Dios y por Él amamos a sus criaturas, debemos trabajar y luchar sin descanso ni cuartel por un Reino modelado según el corazón de Su santísima madre. Un Reino de María, un Reino de Cristo, un Reino de las verdades inmutables de los Evangelios donde la Santa Iglesia ilumine la tierra y los tiempos como un diamante perfecto derramando luces sobre todo lo creado.

Si hemos de horrorizarnos por los males materiales es por ser éstos consecuencias de males morales si ésa es su causa o bien deberíamos aceptarlos con santa paciencia y amor de Dios. Si hemos de dolernos por dolores no procurados o consentidos por Dios y odiamos los males materiales extendidos hasta lo inaudito es por la crisis moral que supura una cultura anticristiana. Los males pueden permanecer sin privados de soluciones materiales, pero los males del alma no pueden permanecer privados de fe, justicia y verdad.

Ante eso, ¡no podemos callar!

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