Navidad junto a la Sagrada Familia

El nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, su venida al mundo según la carne, acaeció en opinión de algunos el año 5228 después de la formación de Adán y, en opinión de otros, el 6000. Eusebio de Cesárea en sus Crónicas afirma que tuvo lugar en 5199, siendo Octavio Emperador de Roma. La fecha del año 6000 la puso en circulación Metodio, basándose más en supuestos místicos que en criterios cronológicos.

Cuando el Hijo de Dios encarnó, la tierra se hallaba sometida bajo la autoridad del emperador de los romanos, que lo era a la sazón Octavio; así se llamaba este hombre cuando comenzó a gobernar; pero posteriormente asumió el nombre de César en recuerdo de su tío, Julio César; más tarde el de Augusto, por la expansión y prosperidad que bajo su mandato experimentó la república y, finalmente, el de Emperador, título superior al de Rey que ningún gobernante había llevado antes que él, y con el que se pretendió significar la altísima dignidad y supremos poderes concentrados en su persona y su supremacía sobre los demás reyes sometidos a su jurisdicción.

César Augusto, presidente de todo el orbe, quiso saber cuántas provincias, ciudades, poblaciones, campamentos y personas vivían bajo su autoridad. Esa fue la razón de que promulgara un edicto, ordenando, como dice la Historia Escolástica, que todos cuantos socialmente estaban considerados como cabezas de familia se empadronasen en el lugar de donde eran oriundos y que cada uno de ellos entregase al gobernador de su provincia de origen un denario de plata, equivalente a diez monedas corrientes (de ahí el nombre de denario), en calidad de tributo y en testimonio de su condición de súbdito al emperador de Roma. Las monedas llevaban grabada en una de sus caras la efigie y el nombre del César.

Este acto de presentación personal para la confección del censo implicaba dos cosas distintas: la profesión de fidelidad al imperio, y el empadronamiento. La profesión se realizaba de esta manera: cada cabeza de familia, antes de entregar al presidente de la provincia el denario del tributo en nombre propio y en nombre de los demás individuos a quienes representaba, colocaba la moneda sobre su frente y en voz alta y delante del pueblo, se declaraba súbdito del imperio romano. De la expresión latina “propio ore fassio” (reconozco con mis propios labios) derivó posteriormente la palabra profesión. A esto seguía el empadronamiento, que consistía en que se anotaba en una lista el número de personas en cuyo nombre el cabeza de familia había ofrecido el tributo.

Cirino, presidente de Siria, fue el primero que en su provincia introdujo la práctica del empadronamiento.

Esa expresión, el primero, que hallamos en la Historia Escolástica, ha de entenderse en relación con Cirino, pero puede interpretarse de diversas maneras, principalmente de estas tres:

a) Que comenzase a hacerse, antes que en ningún otro sitio, en Judea, por la razón de que Judea, como vulgarmente se dice, está situada en el ombligo, o sea, en el centro de la tierra habitable, y que esta práctica se hubiese extendido posteriormente a otras regiones vecinas y más tarde la hubieran adoptado todos los gobernadores de las demás provincias.

b) Que este empadronamiento fuese el primero de carácter universal, sin perjuicio de que hubiese habido anteriormente otros de índole regional o local.

c) Que fuese el primero hecho por cabezas de familias en presencia del presidente de la localidad, distinto por tanto de los que se hacían a nivel de región y por ciudades en presencia de un legado del César; y de los que a nivel mundial y por regiones, se efectuaban en Roma, en presencia del propio emperador.

José vivía en Nazaret, pero como descendía de David tuvo que ir a empadronarse a Belén. No podía saber de antemano si tardaría poco o mucho en regresar; el alumbramiento de María era inminente; no quería él dejar aquel riquísimo tesoro que Dios le había confiado en manos extrañas; prefería custodiarlo por sí mismo con exquisita diligencia; por eso llegó a su esposa consigo.

Llegaron José y María a Belén. Como eran pobres y los alojamientos que hubieran podido estar al alcance de sus menguados recursos ya estaban ocupados por otros, venidos como ellos de fuera y por idéntico motivo al no encontrar donde hospedarse tuvieron que cobijarse bajo un cobertizo público, situado, según la Historia Escolástica, entre dos casas. Tratábase de un albergue o tenada que había a las afueras del pueblo en un sitio al que acudían los habitantes de Belén a divertirse los días de fiesta, y si hacía mal tiempo se refugiaban bajo su techumbre para merendar o charlar.

Se sabe hoy que cuando nacía un hijo a una familia judía, en aquel entonces, era grande la alegría. Se avisaba normalmente al pueblo o al barrio, del dichoso acontecimiento, advirtiéndoles que pronto, según la antigua costumbre, se celebrarían regocijos, a los que serían convidados allegados, amigos y vecinos. Evidentemente, no fue este el caso de la Sagrada Familia, que se encontraba lejos de sus familiares y amigos, y sin alojamiento disponible.

Bien fuese que José preparara un pesebre para dar de comer a su asno y a un buey que había llevado consigo, o bien, como opinan otros, que estuviese allí ya de antes, a disposición de los campesinos de la comarca para apiensar sus ganados cuando acudían a Belén con ellos los días de mercado, el caso es que en dicha tenada había un pesebre.

Hay quienes creen que José y María llegaron a Belén un domingo, en tanto que otros se inclinan en creer que fue el sábado. Aquel mismo día, al punto de la media noche, la Bienaventurada Virgen dio a luz a su Hijo, y lo reclinó sobre el heno del pesebre. Dice la Historia Escolástica que el buey y el asno respetaron el heno en que el Hijo de Dios estuvo reclinado, que se abstuvieron de comerlo y que años después fue llevado a Roma, reverentemente, por Santa Elena.

Las costumbres respecto al nacimiento tenían sus normas de acuerdo con la Ley antigua. En ningún caso debía el padre asistir al nacimiento, sino esperar a que viniesen a anunciárselo. Apenas se le avisaba al padre normalmente se le colocaba en las rodillas al recién nacido, esa era la señal del reconocimiento oficial del niño, de la legitimidad. Si un abuelo del bebé estaba presente, se le dejaba el privilegio. Una vez bañado, frotado con sal para darle firmeza a la piel, envuelto en pañales, el recién nacido podía mostrarse a los familiares. Así eran los primeros momentos de la vida de todos los niños y niñas judíos.

En relación con el nacimiento de Cristo debemos comentar principalmente estas tres cosas: primera, que fue un hecho milagroso; segunda, que todas las criaturas concurrieron maravillosamente para notificarlo a los hombres; y tercera, que su divulgación reportó al género humano suma utilidad.

I. El nacimiento de Cristo fue un hecho milagroso

Milagroso en cuanto a la generante, en cuanto al engendrado y en cuando al modo de producirse la generación.

Milagroso en cuanto a la generante: Porque María fue Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Todo esto se ve en cinco elementos:

Primera: Por la profecía de Isaías, que en su capítulo 7 dice: “He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, etc.”.

Segunda: Por los símbolos que lo prefiguraron: la vara de Aarón y la puerta de Ezequiel. De la vara de Aarón se dice que “florecerá sin asistencia humana alguna”. De la puerta de Ezequiel se asegura que “siempre permanecerá cerrada”.

Tercera: Por la calidad del custodio, que fue San José, a cuyo cuidado fue María confiada. Este solícito guardián constituyó por sí mismo un testimonio de la virginidad de su esposa.

Cuarta: Por el reconocimiento experimental que unas mujeres practicaron a la recién parida, según una tradición de la Iglesia. En la Compilación de San Bartolomé, probablemente inspirada en el Libro de la Infancia, se dice que al presentársele a María los primeros síntomas del parto, José, aunque no dudaba de que era Dios quien iba a nacer de una virgen, ateniéndose a las costumbres de la época requirió la asistencia de dos comadronas. Una de ellas se llamaba Zebel y la otra Salomé. Zebel, después de examinar cuidadosamente a la parturienta, al comprobar que conservaba íntegra su virginidad, exclamó: “¡Ha parido una virgen!”. Salomé se resistió a creerlo y quiso verificar por sí misma mediante el tacto de su mano, si era verdad lo que su compañera proclamaba; mas al intentar hacerlo, su brazo se le secó. Momentos después se le apareció un ángel, le indicó que tocara con su mano seca el cuerpo del niño recién nacido, hízolo así la incrédula partera y en aquel preciso instante su brazo quedó sano. Sin embargo estos sucesos son están corroborados, y hay quienes sostienen que María y José se encontraban solos en el momento del alumbramiento.

Quinta: Por un milagro que ocurrió. Lo refiere Inocencio III de esta manera. Para conmemorar la tranquilidad de que Roma había disfrutado a lo largo de doce años seguidos, los romanos construyeron un templo magnífico dedicado a la Paz, colocaron en él una estatua de Rómulo, y preguntaron a Apolo (a través de un oráculo) cuánto tiempo duraría aquella simulación. Como Apolo les contestara que hasta que una virgen pariera, ellos comentaron: En ese caso durará eternamente, porque es imposible que una virgen para. Por eso grabaron sobre la puerta principal del templo esta inscripción: “Templo de la paz eterna”. Pero durante la noche en que la Virgen dio a luz a su hijo, el templo misteriosamente se derrumbó. Sobre su antiguo solar se alza actualmente la iglesia de Santa María la Nueva.

El nacimiento de Cristo fue un hecho milagroso en cuanto al modo de su generación. Efectivamente, la concepción del Señor se produjo superando las leyes naturales, puesto que una virgen, sin menoscabo de su virginidad, concibió; superando la capacidad de comprensión de la razón humana, puesto que esa virgen engendró a Dios; superando la condición de la humana naturaleza, puesto que parió sin dolor; y superado lo normal y corriente, puesto que concibió, por inseminación de varón, sino por intervención espiritual divina, por obra del Espíritu Santo, puesto que el Espíritu Santo, de la purísima y castísima sangre de la Virgen tomó los elementos necesarios para formar el cuerpo del Hijo. De ese modo Dios demostró que había un cuarto procedimiento, admirable, para producir la vida humana. Con razón escribe san Anselmo que Dios ha podido producir y ha producido de hecho la vida humana de cuatro modos diferentes: sin varón ni hembra: así creó a Adán; con varón, pero sin hembra: así creó a Eva; con el concurso de varón y hembra, que es el sistema común; y con hembra, pero sin varón, como en el caso maravilloso de Cristo.

II. El nacimiento de Cristo fue un hecho milagroso, en cuanto que todos los tipos de criaturas intervinieron en la notificación del mismo a los hombres

Varios son los tipos de criaturas. Entre ellas algunas, como las sustancias meramente corpóreas, por ejemplo, las piedras, no tienen más que ser; otras, como los vegetales y árboles, tienen ser y vida; otras tienen ser, vida y sensibilidad, como los animales; otras, como los hombres, tienen ser, vida, sensibilidad y discernimiento; y otras, finalmente, y tal es el caso de los ángeles, tienen ser, vida, sensibilidad, discernimiento e inteligencia. Pues bien, todos estos órdenes de criaturas intervienen en la publicación del nacimiento de Cristo. Veamos cómo:

Primero: Las criaturas del primero de esos órdenes, es decir, las meramente corpóreas, se dividen en tres grupos: unas son opacas, otras diáfanas y otras luminosas.

Las opacas contribuyeron a notificar al mundo el nacimiento de Cristo, mediante el desmoronamiento del templo de los romanos de que antes hemos hablado, y el de muchas estatuas que, en diferentes partes de la tierra, en aquella ocasión, repentinamente cayeron de sus pedestales y por sí mismas se deshicieron. A propósito de esto leemos en la Historia Escolástica que, después de la muerte de Godolías, el profeta Jeremías presentóse en Egipto y anunció a los reyes del país que, tan pronto como una virgen pariera, se descompondrían las imágenes de sus ídolos, y que para evitar que esto ocurriera, los sacerdotes paganos egipcios colocaron en un lugar secreto del templo la efigie de una virgen con un niño en su regazo, a la que adoraban disimuladamente cuando nadie los veía, y que, al preguntarles en cierta ocasión el rey Tolomeo por qué adoraban aquella imagen, le respondieron que se trataba de un secreto relacionado con un hecho misterioso que, según comunicó a sus antepasados un santo profeta, había de ocurrir en el futuro.

También los cuerpos diáfanos comunicaron al mundo el nacimiento del Salvador: La noche del domingo en que Cristo nació, la obscuridad nocturna trocóse en diurna claridad. Orosio y el papa Inocencio III dicen que aquella noche las aguas de una fuente que había en Roma se convirtieron en aceite, que fluía a chorros, se desbordó, formó arroyos por las calles y desembocó en el Tíber; el fenómeno no fue momentáneo, sino que duró todo el día siguiente. Ya la Sibila había anunciado que cuando de una fuente de Roma brotara óleo en vez de agua, nacería el Salvador.

Los cuerpos luminosos estuvieron representados en esta ocasión por los astros del firmamento. He aquí lo que decía una antigua leyenda citada por el Crisóstomo: “El día en que nació Cristo estaban unos magos orando en la cima de una montaña. De pronto vieron como una estrella tomaba figura de un niño hermosísimo sobre cuya cabeza resplandecía una cruz. En seguida la estrella habló y les dijo: Id a Judea; allí hallaréis un niño recién nacido”. Ese mismo día en Oriente aparecieron en el cielo tres soles que al poco rato se convirtieron en uno, dando a entender, o bien que pronto el mundo tendría noticia de que Dios era uno y trino, o bien que había nacido alguien en cuya persona coexistían el alma, el cuerpo y la divinidad. Según la Historia Escolástica esos tres soles no surgieron en el cielo el día de la Natividad del Señor, sino antes, a raíz de la muerte de Julio César; y no solo una vez, sino varias, durante algún tiempo; así es como relata también este hecho Eusebio en su Crónica. Por su parte, Inocencio III cuenta lo siguiente: El emperador Octavio, tras someter al mundo entero a la autoridad del Imperio Romano, se granjeó el aprecio de los senadores de tal modo que éstos trataron de tributarle honores divinos. Augusto, que era hombre prudente y cuerdo y sabía que su naturaleza, como la de los demás humanos, era mortal, no quiso aceptar honras propias de los seres inmortales. No obstante, a instancias del Senado, accedió a preguntar a la profetisa Sibila, si alguna vez, en cualquier parte del mundo, nacería alguien superior a él. El mismo día precisamente de la Natividad de Cristo, encerróse con la Sibila en una cámara del palacio imperial y le hizo la referida pregunta. La profetisa, antes de responderle, trató de interpretar los signos de los oráculos. De pronto, a la hora del mediodía, surgió alrededor del sol un círculo de oro y dentro de él la imagen de una virgen hermosísima con un niño en su regazo. La Sibila hizo que el César contemplase aquella misteriosa aparición. Mientras Augusto, admirado, tenía sus ojos clavados en la efigie, oyó una voz que le decía: – Esta es el altar del cielo. Entonces la Sibila comentó: – Este niño que ves en el regazo de esa doncella tiene más categoría que tú, adóralo. Por eso la sala en que el emperador y la Sibila se encontraban posteriormente fue dedicada a Santa María y llamada estancia de Santa María Ara coeli, o sea, Santa María, Altar del cielo. El emperador, comprendiendo que aquel niño le aventajaba en dignidad, lo adoró, le ofreció mirra, y a partir de aquel día no consintió que a él, mero hombre, se le tuviera por dios. Orosio cuenta algo que sin duda guarda relación con lo que acabamos de referir. Dice éste autor que, en tiempos de Octavio, un día, hacia la ora de tercia, estando el cielo claro, limpio y sereno, apareció en lo alto de él un enorme círculo, a modo de arco iris, rodeando el disco solar, cual si por este fenómeno quisiera darse a entender que había nacido el que por sí mismo había creado el sol y el mundo entero y tenía, por naturaleza, potestad para gobernar el universo. El relato que precede se encuentra también referido en una obra de Eutropio, y el historiógrafo Timoteo asegura que él leyó en historias antiguas de los romanos que Octavio, en el año trigésimo quinto de su reinado, subió al capitolio y con verdadero interés rogó a los dioses que le dijeran quién gobernaría en la tierra cuando él faltara, y que oyó una voz que respondía a su pregunta de esta manera: “Un niño celestial engendrado enteramente de la esencia de Dios vivo, sin mancilla alguna, nacerá muy pronto de una virgen inmaculada, y ese será quien reine en el mundo”. Sigue diciendo Timoteo que el emperador, tras de esta revelación, mandó erigir en aquel mismo lugar un altar con esta inscripción: “Este altar está dedicado a Dios vivo”.

Segundo: Las criaturas que tienen ser y vida, como las plantas y los árboles, colaboraron igualmente en la publicación del nacimiento de Cristo. San Bartolomé, en su Compilación, refiere que, durante la noche de la Natividad del Salvador, las viñas de Engadia, que producen bálsamo, florecieron, fructificaron y destilaron vino.

Tercero: He aquí como contribuyeron a la divulgación del extraordinario hecho los animales, es decir, las criaturas que tienen ser, vida y sensibilidad: En su viaje a Belén con María encinta llevó consigo José un asno, para que la Virgen hiciese el trayecto montada en él; y además, un buey para venderlo, así se supone, en el mercado, y obtener recursos para pagar el censo y hacer frente a otras necesidades. Pues bien, el buey y el asno, dándose milagrosamente cuenta de la calidad del recién nacido, se arrodillaron y le rindieron adoración. A más de éste, podemos aducir otro dato: Eusebio en su Crónica cuenta que, poco antes del nacimiento de Cristo, en la época de la arada, durante varias jornadas y repetidas veces cada día, mientras araban, unos bueyes dijeron a sus gañanes: “Los hombres fallarán, las cosechas prosperarán”.

Cuarto: Los hombres, criaturas que tienen ser, vida, sensibilidad y discernimiento, intervinieron también en la propagación de la noticia, a través de los pastores y del César. Veamos primeramente la intervención de los pastores. La noche en que Jesús nació, varios pastores permanecían en vela guardando sus ganados, como hacían habitualmente en las dos temporadas del año en que las noches son más largas o más cortas. Los antiguos gentiles, en el solsticio de verano, que ocurre hacia la fiesta de san Juan, y en el invierno, que cae cerca de Navidad, solían permanecer en vigilia durante la noche para dar culto al sol. Esa costumbre estaba muy arraigada entre los judíos, que acaso la copiaron de los paganos con quienes convivieron mucho tiempo. A algunos de esos pastores que estaban en vela se les apareció un ángel, les comunicó que el Salvador había nacido, y les dio pistas suficientes para que pudieran encontrarlo. A continuación, multitud de espíritus celestiales comenzaron a cantar a coro: “Gloria a Dios en las alturas, etc.”. Los pastores, siguiendo las indicaciones recibidas, corrieron en busca del recién nacido y lo hallaron tal y como el ángel les había dicho. Veamos ahora como cuenta Orosio la intervención de César Augusto en la notificación al mundo del nacimiento de Nuestro Señor. El emperador ordenó que no se diese culto divino a su propia persona en cuanto supo que había nacido un niño extraordinario. ¿Cómo supo esto? Posiblemente dedujo que había venido al mundo alguien de más categoría que él y por eso no permitió que en adelante le llamaran ni Dios ni Señor, al ver aquella imagen de que ya hemos hablado, alrededor del sol, al recordar la ruina del templo y al enterarse de que una fuente de Roma, en lugar de destilar agua, destiló óleo. En algunas crónicas se lee que, pocos días antes del nacimiento de Cristo, Octavio hizo construir en todas las provincias del imperio multitud de calzadas públicas y perdonó a los romanos las deudas que tenían contraídas con la corona imperial. A la intervención de los pastores y de Octavio, podemos añadir una más: la de los sodomitas, de quienes se dice que en la misma noche en que el Salvador nació, perecieron cuantos a la sazón había. Comentando Jerónimo el pasaje “Lux orta est”, escribe que la intensísima luminosidad repentinamente surgida en aquella noche cegó con sus rayos y causó la muerte a cuantos practicaban este vicio; y que Cristo permitió que sucediera esto para desarraigar de entre los hombres, cuya naturaleza había asumido, una lacra tan antinatural. San Agustín, por su parte, afirma que Dios, al considerar la extensión que semejante pecado, contrario a la naturaleza, había alcanzado en la especie humana, estuvo a punto de encarnarse.

Quinto: Finalmente, intervinieron también en la publicación del nacimiento de Cristo los ángeles, criaturas que tienen ser, vida, sensibilidad, discernimiento e inteligencia. Ellos fueron, precisamente, quienes, como ya hemos dicho, anunciaron a los pastores que el Salvador había nacido.

III. La noticia de que Cristo había nacido fue muy útil para nosotros, los hombres, por las siguientes razones:

Primera: Porque los demonios quedaron confundidos y a partir de entonces perdieron la prevalencia que venían teniendo sobre el alma humana. A propósito de esto, he aquí algunos casos significativos:

Leemos en un libro que un año, en la vigilia de la Natividad del señor, san Hugo, Abad de Cluny, vio a la Virgen Santísima con su Hijo en los brazos y oyó que le decía: “Hoy es el día en que los oráculos de los profetas tuvieron su cumplimiento. ¿Dónde está aquel enemigo que antes se ufanaba de la potestad que ejercía sobre los hombres?”. Al oír estas palabras el diablo salió de las entrañas de la tierra para desmentir a la Señora; pero fracasó en su intento inicuo, porque aunque recorrió todas las dependencias del monasterio pretendiendo alardear de que todavía conservaba influencia sobre los monjes, de todas ellas fue arrojado por las virtudes que en las mismas se practicaban: en el oratorio halló devoción; en el refectorio, lectura sagrada; en los dormitorios, camas muy austeras y en el capítulo, penitencia.

En el libro de Pedro Cluniacense leemos también que otro año, en la vigilia de la Natividad del Señor, aparecióse la Bienaventurada Virgen María al Abad san Hugo. Llevaba Nuestra Señora en sus brazos al Niño Jesús y jugueteaba con Él. San Hugo oyó que el Niño decía a su Madre: “Fíjate, Madre: mira con cuánto júbilo celebra hoy la Iglesia la fecha de mi nacimiento. ¿Dónde está ahora aquella fuerza que el demonio antes tenía? ¿Qué dirá a todo esto? ¿Qué podrá hacer en adelante?”. De pronto el diablo salió de debajo del suelo y exclamó: “¡Ya que no puedo entrar en el templo, porque los monjes están celebrando en él el oficio divino, entraré en el capítulo, en los dormitorios y en el refectorio”. Más adelante lo intentó, pero en vano, porque la puerta del capítulo era tan estrecha y él tan grueso, que no pudo pasar por el reducido hueco de ella; las de los dormitorios resultáronle excesivamente bajas para su estatura; la del refectorio no logró abrirla, porque los servidores de la mesa la habían cerrado por dentro con cerrojos, movidos por su caritativo deseo de que nadie entrara en aquel lugar a molestar a los religiosos que, mientras comían y bebían parca y sobriamente, prestaban atención a la lectura que un monje hacía para todos. Entonces el demonio, corrido de vergüenza por su fracaso, se desvaneció y desapareció.

Segunda: Por la confianza que produjo en nosotros de que nuestros pecados nos serían perdonados.

En un libro de ejemplos leemos que una mujer, tras de abandonar su anterior vida lúbrica y arrepentirse de ella, creía que no podría ser nunca perdonada. Si pensaba en el juicio, persuadíase de que ella, tan inmunda en otro tiempo, jamás podría ser recibida en el paraíso, y que sería arrojada a las penas infernales; si pensaba en la pasión de Cristo, convencíase de que era una ingrata; mas un día, meditando en la infancia de Jesús y considerando cuán fáciles son de contentar los niños, invocó la misericordia de Nuestro Señor apelando a los méritos de su Natividad y su niñez, y oyó una voz que le aseguraba que todos sus pecados estaban ya perdonados.

Tercera: Porque constituye un remedio para nuestras necesidades.

A propósito de esto, veamos lo que dice san Bernardo: “El género humano padecía tres calamidades: una en el comienzo de su vida, otra durante ella y otra al final de la misma; es decir, que el hombre estaba rodeado de miserias al nacer, a lo largo de su existencia y al morir. Su nacimiento era inmundo, su vida perversa y su muerte peligrosa; pero vino Jesucristo a la tierra y trajo remedio para cada una de esas necesidades: también Él nació, vivió y murió. Su nacimiento purificó el nuestro, su vida dio sentido a nuestra vida y su muerte destruyó nuestra muerte”. Hasta aquí, san Bernardo.

Cuarta: Porque su nacimiento humilló nuestra soberbia. Considerando las siguientes palabras de san Agustín: “La humildad del Hijo de Dios, tan claramente puesta de manifiesto en el misterio de su Encarnación, es para nosotros un ejemplo, un sacramento y una medicina. Como ejemplo, nos reporta suma utilidad si los imitamos; como sacramento, rompió las ligaduras que nos amarraban al pecado; como medicina, constituye un remedio eficacísimo para ablandar la dureza de nuestra soberbia”. Esto escribió san Agustín. Y escribió bien, porque los efectos de la soberbia del primer hombre quedaron neutralizados por la humildad de Cristo. Obsérvese cuán convenientemente la humildad del Salvador se contrapone a la soberbia del prevaricador: la soberbia del primer hombre se alzó contra Dios, hasta Dios y por encima de Dios. Contra Dios, porque se rebeló contra su prohibición de que comiera del árbol del bien y del mal; hasta Dios, porque creyendo al diablo, que le dijo que “serían como Dioses”, pretendió igualarse a Él; por encima de Dios, porque queriendo, dice san Anselmo, lo que Dios no quería que el hombre quisiese, puso su voluntad por encima de la voluntad de Dios. Pero el Hijo de Dios, advierte el Damasceno, se humilló, no contra los hombres, pero sí a favor de los hombres; se puso a la altura de ellos al nacer como ellos nacen; y por encima, por las diferencias que hay entre nuestro modo de nacer y el suyo, porque aunque su nacimiento se asemejó al nuestro en que nació de mujer tras la gestación, como mediante parto y tras la gestación nacemos nosotros, se diferenció del nuestro en otras cosas, por ejemplo, en que nació de María por obra del Espíritu Santo.

Una visión del Nacimiento

La Ven. Ana Catalina Emmerick, entre sus innumerables visiones, relata con gran belleza el magno momento de la Natividad:

“En cuanto se puso el sol, antes de terminar el Sábado, José volvió a Belén, donde compró los objetos más necesarios: una escudilla, una mesita baja, frutas secas y pasas de uva, volviendo con todo esto a la gruta. Fue a la gruta de Maraha y llevó a María la del pesebre, donde María se sentó sobre sus colchas, mientras José preparaba la comida. Comieron y rezaron juntos. Hizo José una separación entre el lugar para dormir y el resto de la gruta, ayudándose de unas pértigas de las cuales suspendió algunas esteras que se encontraban allí. Dio de comer al asno que estaba la izquierda de la entrada, atado a la pared. Llenó el comedero del pesebre de cañas y de pasto y musgo y por encima tendió una colcha. Cuando la Virgen le indicó que se acercaba la hora, instándole a ponerse en oración, José colgó del techo varias lámparas encendidas y salió de la gruta, porque había escuchado un ruido a la entrada. Encontró a la pollina que hasta entonces había estado vagando en libertad por el valle de los pastores y volvía ahora, saltando y brincando, llena de alegría, alrededor de José. Este la ató bajo el alero, delante de la gruta y le dio su forraje. Cuando volvió a la gruta vio, antes de entrar en ella, a la Virgen rezando de rodillas sobre su lecho, vuelta de espaldas y mirando al Oriente. Le pareció que toda la gruta estaba en llamas y que María estaba rodeada de luz sobrenatural. José miró todo esto como Moisés la zarza ardiendo. Luego, lleno de santo temor, entró en su celda y se prosternó hasta el suelo en oración.

He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada en su lecho, con la cara vuelta hacia el Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor en torno de ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la tierra, y aparecieron con toda claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada sobre la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.

Vi a Nuestro Señor en forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis miradas; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi que el Niño se movía, y lo oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma, y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para adorarlo.

Cuando habría transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, prosternándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del cielo.

María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. “¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!”.

He visto que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con pajas, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en la roca, ala derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba allí hacia el Mediodía. Cuando hubieron colocado al Niño en el pesebre, permanecieron los dos a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza”.

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