Modo de honrar al santo de nuestra devoción en su fiesta

Hemos de ponernos ante su imagen si la tenemos, en la iglesia o en casa en caso de no encontrarla, y empleamos media hora o el tiemmpo que podamos en los siguientes afectos:

“Altísimo Señor de todo lo creado, a quien respetan humildes los ángeles, obedecen sumisos los arcángeles y rinden obsequioso vasallaje los serafines y santos, yo os adoro como a centro de todas las perfecciones, autor de todo bien y fuente inagotable de toda santidad.

(Haga cada cual suyos estos afectos repitiéndolos interiormente, por ejemplo, diga aquí algunas veces: Os adoro, Señor, os adoro con profundo respeto)

Gracias os doy, Señor, por los muchos y señalados dones de naturaleza y gracia con que enriquecisteis en este mundo a vuestro fidelísimo siervo San N. y por la sublime gloria a que le habéis elevado en el cielo.

(Repetimos con la misma gratitud, que si estos dones fueran tuyos: Gracias, infinitas gracias, Señor)

Al verme tan vil y miserable criatura y lo que es peor todavía, tan grande pecador, gózome, gloriosísimo Santo, de que hayas tú sabido domar las pasiones, merecer tan sublimes prerrogativas y elevarte a tan alta santidad.

(Nos regocijamos interiormente de ello)

Mas ¡cuánto me avergüenzo de ser tan desemejante a ti, oh amable Protector mío! ¿Y cómo no te avergonzarás? ¡El Santo tan fervoroso, y yo tan tibio! ¡Él tan dado a la oración, y yo tan poco amante de ella! ¡Él de una fortaleza invencible, hasta verter su sangre por Jesucristo; yo tan cobarde, que una ligera contradicción me abate, un qué dirán me retrae del camino de la virtud!

Os doy gracias por los admirables ejemplos que nos dejásteis, y por los señalados favores que yo y tantos devotos vuestros hemos recibido del Cielo por vuestra poderosa intercesión.

(Le damos ese agradecimiento muy afectuoso)

Y Vos, oh Trinidad beatísima, peritid que desde el profundo abismo de mi miseria, alce los ojos a Vos y os ofrezca el corazón amante de vuestro Siervo escogido, y la caridad ardentísima con que os amó y sirvió en la tierra, y ahora os alaba y engrandece en la gloria.

(Se lo ofrecemos interiormente)

Admitid, oh amabilísimo Jesús mío, su fervor en sumplemento de mi tibieza, sus abundantes méritos en satisfacción de mis culpas, sus heroicos ejemplos en reparación de mis escándalos… Sí, admitidlo, Señor.

Os ofrezco, oh dulce abogado mío, el culto y honra que hoy se os tributa en todo el universo, y os presento las fervorosas súplicas que vuestros devotos os dirigen en todo el mundo…

Uno a ellas mis tibias oraciones, y os suplico me alcancéis que os imite en el ejercicio de las virtudes en que tanto resplandecisteis, en particular…

(Pedimos la gracia que deseamos)

Alcanzadme, amoroso Protector mío, alcanzadme del Señor esta gracia, si me conviene, añadiendo a ella la de la victotia de mis pasiones, para que así goce de vuestra dichosísima compañía en la gloria. Amén.

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