Milagros en el descubrimiento de América

Tanto en la preciosa obra de Antoine-François-Félix Conde Roselly de Lorgues “Historia de Cristóbal Colón y de sus viajes”, traducido por Mariano Juderías y publicado por Eduardo Gautier en 1858 en Cádiz, como en las “Vidas de los héroes y heroínas católicos de América” escrito por el médico católico irlandés John O’Kane Murray, publicado por James Sheehy, en Nueva York en 1882, encontramos numerosos prodigios tras levantar la santa Cruz en el Fuerte Concepción en La Española.

Comenzaba abril de 1495 y por segunda vez Colón visitaba la Plaza Real, donde el año anterior se había detenido para, junto a sus soldados, admirar y bendecir a Dios por darles a conocer tierras tan hermosas. Presentado Guarionex, el jefe de esa parte del país, el almirante había recibido autorización – en términos de un tratado – para construir un fuerte a la entrada de esa región.

Con el ferviente deseo de honrar el signo de la Salvación en ese lugar fantástico, ordenó a su compañero Don Alonso de Valencia que, tomando una tropa de veinte hombres – principalmente marineros y carpinteros – como escolta, cortase un hermoso árbol que había marcado para hacer de él una Cruz. Cortado como viga que hiciese de eje, del árbol se tomaron las ramas más fuertes para hacer el travesaño de los brazos del crucifijo. Se eligió una colina en la base de las montañas para levantar esta gran Cruz, de uno dieciocho o veinte palmas de altura, para que así fuese visible para todos.

Mientras se ejecutaban los trabajos, sin sacerdotes o iglesia a mano, el Almirante hizo sus oraciones diarias ante esta Cruz. Á sus pies, mañana y tarde, se reunieron todos, obreros y soldados. Bajo esa santa forma hacía su trabajo diario y fue allí- Fuerte Concepción en La Española – donde pasó más tiempo. Es más, se propuso santificar este lugar privilegiado construyendo una iglesia para la celebración diaria de tres misas.

Cuando el descubridor del nuevo mundo, en recompensa por sus méritos, fue arrancado de su gobierno y enviado a España cargado de cadenas, los españoles siguieron su ejemplo y continuaron reuniéndose en ese lugar para decir sus oraciones.

La perseverancia en la devoción dio frutos: ante la Cruz comenzaron a obrarse milagros. Invocada con la fe honesta y simple de los cristianos, algunos se curaron de fiebre con sólo tocarla. Otros, atraídos por ella, se encomendaron y muchos fueron curados. El crucifijo fue llamado Verdadera Cruz, porque se distinguía por hacer milagros.

La fama de su nombre y maravillas se extendió. Los indios, oprimidos por los españoles del cruel Bobadilla, habían observado el respeto de sus amos al sagrado símbolo. Se confabularon y decidieron destruirla.

Llegaron por la fuerza y la tomaron por asalto. Atando fuertes cuerdas de fibra retorcida al eje de la Cruz, intentaron derribar el simple madero, pero a pesar de su gran número, todos sus esfuerzos fueron inútiles. La Cruz desafió la fuerza del asalto indígena y permaneció inmóvil. Furiosos por el fracaso, los indígenas trataron de reducir la sencilla cruz de madera a cenizas. Puestos en obras, recogieron grandes fardos de maleza seca y por la noche la rodearon con enormes pilas del material inflamable y le prendieron fuego. Las enormes llamas estallaron con violencia. La Cruz, ante sus ojos satisfechos por el crimen, desapareció en el fuego y el humo. Los idólatras con sus sacerdotes, los Bohutis, se retiraron triunfales. Pero a la mañana siguiente vieron a la Verdadera Cruz de pie, perfectamente preservada entre los montones de cenizas humeantes. ¡Ni siquiera el color de la madera cambió! El único sigo visible de su fechoría estaba ahí, a los pies del madero, con huellas ennegrecidas como si se le hubiera aplicado una vela encendida.

Desalentados y luego consternados por la manifestación milagrosa del verdadero Dios, los indígenas huyeron temblando, temiendo que hubieran incurrido en el la ira y resentimiento de la Cruz, de la cual habían sido persuadidos de que venía del mismo Cielo.

Pero el odio idólatra, animado por sus chamanes, ardió pronto en sed de venganza. Volvieron al ataque para tratar de destrozar la madera con sus hachas de piedra afilada y los cuchillos que obtuvieron de sus intercambios con los españoles. La madera provenía de un árbol tan común como los que ellos conocían desde siempre y fue cortada ante su vista sin ningún tratamiento especial. Atacaron el santo signo con violencia, pero la madera ofrecía una extraordinaria resistencia. Pero eso no era todo: apenas arrancaban un fragmento, ante su vista el madero se llenaba de inmediato. Más violentos, reanudaron su ataque infructuoso con furia pero se encontraron una y otra vez ante el mismo prodigio de resistencia y reconstrucción.

Las maravillas, de las que habían sido protagonistas y testigos, tocaron sus corazones. Pese a sus fuerzas y odio reunidos, todo había sido inútil contra la Cruz. No pudieron quemarla, derribarla, dañarla y ni siquiera moverla. Habían visto a los cristianos respetarla con devoción: los indígenas se postraron ante ella.

A los anteriores otro prodigio, patente para todos, se verificaba año tras año: construida con una madera que nada tenía de particular, sin revestimiento de alquitrán o tratamientos químicos, desafiaba la humedad y el calor que normalmente descomponían las construcciones de madera del lugar. La sencilla Cruz, como podían ver todos sus visitantes, permanecía sin fisuras, deformaciones ni se veía carcomida. Parecía recién creada. Cincuenta y ocho años después de haber sido erigida, estaba tan perfecta como el primer día.

Otro efecto maravilloso de la Cruz causó una profunda impresión en la gente de aquella zona: vieron el humilde crucifijo de pie, seguro, intacto a pesar de los terribles huracanes y los tornados que habían arrancado de su lugar y arrojado a la tierra árboles y casas levantadas alrededor.

Los milagros aumentaron en número y notoriedad. Oviedo, gobernador de Santo Domingo, aunque hostil, como hemos visto, a Colón, atestiguó que la Cruz milagrosa, que en el momento en que escribió (1535), estaba dentro de la catedral y que había sido erigida por el mismo Colón en Fuerte Concepción.

En 1553 la Catedral fue derribada por un huracán y sólo la capilla de la Verdadera Cruz escapó de las ruinas. Todo el pueblo había sido reducido a un montón de ruinas… excepto el convento franciscano. Lo maravilloso comenzó a circular entre los habitantes: muchos de los vecinos que tenían en sus casas o consigo mismos una reliquia de la Verdadera Cruz, no resultaron dañados.

La población tuvo que buscar otro hogar y de la Verdadera Cruz ya no se escuchará hablar. Roma nunca sancionó públicamente sobre la devoción a esta Verdadera Cruz, pero una razón totalmente suficiente sería el deseo de la Santa Sede de evitar que pudiese evitar el choque de reivindicaciones con la más antigua y sacra verdadera Cruz del Salvador. Las curaciones milagrosas y otros prodigios de ésta, la del nuevo Mundo, están sólidamente certificadas.

Tagged with:     , , ,

About the author /


Boanerges | Resistencia Católica. Para instruir en la sana doctrina y contradecir a quienes la niegan. "Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam" | www.elboa.org

Related Articles

Suscríbase a la Resistencia

Suscríbase a la Resistencia

Únase a nuestro apostolado y reciba gratis en su correo todas nuestras actualizaciones, libros y novedades. Rezaremos por todos nuestros suscriptores, familias y actividades.

Galerías Visuales

    BOANERGES | Resistencia Católica

    Para defender la sana doctrina y combatir a quienes la contradicen | Salve, Roma! In te aeterna stat historia, Inclyta, fulgent gloria Monumenta tot et arae. Non praevalebunt horrendae portae infernae, Sed vis amoris veritatisque aeternae.

    Sitio Certificado y Verificado

    elboa.org Webutation
    A %d blogueros les gusta esto: