Milagro del soldado de Cristo

San Sebastián (+288) vivió en el tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano, enemigos acérrimos de Jesucristo. Era un soldado noble, valeroso y discreto. Cuando aún no era sabido que él era cristiano, ayudaba a los que estaban encarcelados y los socorría, animándonos y dándoles fortaleza en medio de sus tormentos y martirios, ganando así para Dios las almas que el demonio le quería quitar.

Dos caballeros romanos, los hermanos Marco y Marceliano se hallaban presos por la fe de Jesucristo. San Sebastián los visitó y persuadió para que no temiesen la muerte por amor a Cristo, que es verdadera vida eterna. Los ayudó mucho a reforzar su confianza, pero llegado el momento fue tan fuerte el ataque y las conminaciones que recibieron, que el santo temió que flaqueasen y se diesen por vencidos. Entonces se volvió a los hermanos y delante de todos les dijo: “Oh valerosos soldados, y fortísimos capitanes del rey de los reyes Jesucristo, tened fuerza en esta dura pelea, y no os dejéis vencer y de tantos y tan grandes enemigos… porque no puede sentir daño sino falso y aparente el que obedece a su Creador, ni tener cuenta con la honra de la tierra el que aspira a la gloria y bienaventuranza sempiterna. Mostrad a todos estos vuestros amigos y deudos, según la carne, que el verdadero soldado de Cristo, con el escudo de la viva fe y el arnés de la caridad, fácilmente resiste a todos los golpes blandos del regalo y a los duros del tormento, y a la ferocidad y el espanto de la misma muerte cuando pretenden apartarle del amor de su Señor”.

Y así continuó hablando San Sebastián, hasta que se vio de improviso una luz resplandeciente que causó gran admiración, temor y alegría a todos los que estaban presentes. Y en medio de ella aparecieron siete ángeles, y delante de ellos el Señor de los ángeles, a quien ellos hacían reverencias, el cual, acercándose a San Sebastián, le dio el ósculo de paz y le dijo. tú serás siempre conmigo.

Sucedió esto en casa de Nicóstrato, a donde habían llevado presos a los santos hermanos. Y Zoa, la esposa del dueño de casa, era muda desde hacía seis años. Escuchó y vio lo que acabamos de relatar, y con señas dio a entender que quería ser bautizada. El santo entonces, después de saber de su enfermedad, le dijo: Si yo soy siervo de Jesucristo y es verdad todo lo que he dicho, el mismo señor Jesucristo te sane y desate tu lengua y te haga hablar. Y diciendo esto, hizo la señal de la cruz sobre la boca de la muda, que al momento recobró perfectamente el uso de la palabra y alabó al Señor y a San Sebastián por la merced recibida.

(“La leyenda de oro”. Tomo I. 1855.)

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