Meditación para Adviento, de San Alfonso María de Ligorio

“Cuando vino el cumplimiento del tiempo, envió Dios a su Hijo” (Galat. 4:4)

Considera cómo Dios, después del pecado de Adán, dejó pasar cuatro mil años antes de enviar a la tierra a su Hijo para redimir al mundo. Y mientras tanto, ¡oh! ¡qué tinieblas de ruina ocupaban la tierra! El veradero Dios no era conocido ni adorado sino en un ángulo del mundo apenas. Por todo reinaba la idolatría, siendo adorados por dioses los demonios, las bestias y las piedras.

Pero admiremos en esto la sabiduría divina, que difirió la venida del Redentor para hacerla al hombre más digna de agradecimiento. La difirió para que conozca mejor la malicia del pecado, la necesidad del remedio y la gracia del Salvador. Si luego de haber pecado Adán hubiese venido Jesucristo, se habría estimado poco la grandeza del beneficio.

Agradezcamos, pues, la bondad dce Dios por habernos hecho nacer después que ya se ha cumplido la grande obra de la Redención. Ved llegado ya el tiempo dichoso que fue llamado la plenitud de todos ellos, por el lleno de la gracia que el Hijo de Dios vino a comunicar a los hombres por medio de la Redención.

El Ángel embajador es enviado a la ciudad de Nazaret a la Virgen María, para anunciarle la venida del verbo, que quiere encarnarse en su seno; la saluda, la llama llena de gracia, y la bendita entre las mujeres. Ella, la elegida por Madre del Hijo de Dios, la humilde Virgen se turba al oír estas alabanzas; mas el Ángel la anima, y le dice que ha hallado gracia delante de Dios, esto es, aquella gracia que traía la paz entre Dios y los hombres, y la reparación de la ruina ocasionada por el pecado. Le advierte después el nombre de Salvador, que debe imponerle a este su Hijo, y que era al mismo tiempo Hijo de Dios, que debía redimir al mundo y reinar sobre los corazones de los hombres. Miremos finalmente cómo María ascepta el ser Madre de tal Hijo al pronunciar aquellas palabras: “Hágase en mí según tu palabra”. Fiat mihi secundum verbum tuum. “El Verbo eterno toma carne y se hace hombre”. Et Verbum caro factum est.

Demos gracias a este Hijo, y démoslas también a esta Madre, que al aceptar serlo de un tal Hijo, acepta al mismo tiempo ser madre de nuestra salvación, y jungamente Madre de dolores, resignándose desde luego al anuncio de los que había de padecer, por ser madre de su Hijo, que venía a padecer y morir por los hombres.

Afectos y súplicas

¡Oh Verbo divino, hecho hombre por mí! Aunque os vea tan humillado, y formado pequeño infante en el vientre de María, yo os confieso y os reconozco por mi Señor y Rey, pero Rey de amor. Mi amado Salvador, ya que habéis venido a la tierra a vestiros de nuestra carne para reinar sobre nuestros corazones, venid a establecer vuestro reino sobre mi corazón, que algún tiempo ha estado dominado por vuestros enemigos. Pero ahora es vuestro, como lo confío; y quiero que siempre lo sea, y que de hoy en adelante seáis Vos su único Señor. Domina en medio de tus enemigos, os diré con David.

Los otros reyes reinan con la fuerza de las armas; pero Vos venís a reinar con la fuerza del amor, y por esto no venís con pompa regia, no vestido de púrpura ni de oro, no adornado de cetro ni de corona, ni rodeado de ejércitos y soldados. Venís a nacer en un establo, pobre, abandonado, y a ser colocado en un pesebre sobre un poco de heno, porque así queréis comenzar a reinar en nuestros corazones.

¡Ah, mi Rey niño! ¿y cómo he podido yo rebelarme tantas veces contra Vos, y vivir tanto tiempo enemigo vuestro, privado de vuestra gracia, cuando para obligarme a amaros habéis depuesto vuestra majestad divina, y os habéis humillado tanto, hasta comparecer ahora de niño en una gruta, luego de adulto en un taller, y después reo sobre la cruz? ¡Feliz de mí si ahora que he salido, como espero, de la esclavitud del pecado, me dejara dominar siempre de Vos y de vuestro amor!

¡Oh mi rey Jesús! que sois tan amable y tan amante de nuestras almas, tomad posesión total de la mía, a Vos la entrego toda. Aceptadla para que os sirva por siempre, pero por amor. Vuestra majestad merece ser temida; pero más merece ser amada vuestra bondad Vos, Rey mío, sois y seréis mi único amor; y el único temor que tendré en esta vida, será el de disgustaros. Así lo espero. Ayudadme con vuestra gracia. Amada Señora mía María, Vos me habéis de alcanzar el ser fiel a este amado Rey de mi alma.

(“Meditaciones para todos los días de Adviento”)

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