Meditación Navideña

¡Oh eterno Dios, enviad al que habéis de enviar. Mostrad a nuestros ojos el ramo de la piedad y concedednos la salud que nos habéis prometido! Éste era el grito general de la naturaleza enferma y agonizante, y el clamor de todos los siglos hasta que vino a la tierra el Dios de toda consolación, y tomando sobre sus hombros el peso de nuestras iniquidades, pagó el inocente las culpas de los reos.

Desde su entrada en el mundo este cordero inmaculado se sacrifica voluntariamente al remedio de nuestra salud, y dice a su eterno Padre las palabras del profeta: Señor, en la cabeza del libro está escrito de mí que tengo que hacer en todo vuestra voluntad santísima. Así lo quiero, Dios mío, y vuestra ley imperiosa estará siempre grabada en medio de mi corazón. Las víctimas que hasta aquí se os han ofrecido han sido desagradables a vuestros ojos. Para suplir su defecto me habéis revestido de un cuerpo mortal que debe ser inmolado a vuestra gloria. Ved aquí la víctima de vuestra justicia, y la reconciliación de los hombres.

En efecto, nosotros vemos a este Dios hecho hombre en un estado de sufrimiento y de expiación, a quien el Padre ya no sabrá negar sus piedades. Nosotros vemos sus infantiles miembros temblando y tiritando por el rigor de la estación, sus labios aplicados a los pechos de la madre, sus ojos bañados de lágrimas, su boca abierta a los sollozos.

Él, que sufre lo que nosotros merecemos… Pero sufre como Dios y de una manera propia para atraernos las misericordias de Dios, y que le distingue enteramente de los otros hijos de los hombres. Los otros lloran por enfermedad, Él gime por caridad. los otros con sus sollozos piden socorro, Él nos lo da con sus suspiros. En los otros la naturaleza es la que siente, en Él la bondad es la que se compadece. En los otros las lágrimas son desahogo de la flaqueza humana, en Él los llantos son efusiones de su gracia, que por sus ojos como por dos canales sagrados se reparte sobre todos los hombres, les restituye la justicia y les reconcilia con Dios.

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