Meditación del Sagrado Corazón

Muchos cristianos se parecen a los judíos, los cuales no consideraban en la persona de Jesucristo sino lo externo que se les presentaba a la vista. Infinitamente más provechoso es considerar lo que pasaba en lo íntimo de su corazón, y meditar sus sentimientos: el celo en que ardía de la divina gloria, el desprecio con que miraba todo lo que no se refería a Dios; su caridad para con los hombres, su paciencia, su resignación en los trabajos. Nos admira el oír la doctrina que este Dios hecho hombre enseña en su Evangelio; pero ¿hasta qué punto no llegaría nuestra admiración si nos aplicáramos a descubrir la santidad del corazón, que es la vertiente de tal doctrina? Todos los cristianos están estrechamente obligados a esta consideración, puesto que todos deben aplicarse continuamente a ser mansos y humildes de corazón como Jesús: ni pueden ser del número de los predestinados si no procuran conformar sus corazones a la imagen que se les presenta en el adorable corazón de Jesucristo.

Pero si todo cristiano está obligado a hacer conforme su corazón con el de este Dios salvador, lo están aún en modo más especial los que profesan una devoción particular a este divino corazón. Jamás deben estos olvidar lo que dice San Agustín, que la mejor alabanza es la imitación de lo que se alaba. Uno de los más eficaces medios para conseguir esta necesaria imitación, y la felciidad que San Pablo deseaba a los de Galacia de expresar a Jesucristo en sus corazones, es la meditación. Pero la meditación no como se quiera, sino seria y frecuente, con que se procuren conocer las virtudes del corazón de este divino maestro, sus santas disposiciones, sus perfecciones, todos sus movimientos para conformarse con ellos en cuanto fuere posible.

Se lee en la vida de Santa Gertrudis que un día en que se le apareció San Juan Evangelista le preguntó, ¿por qué habiéndose recostado la noche de la cena sobre el pecho de Jesucristo no había después dejado escrito nada para nuestra instrucción de los movimientos de su sagrado corazón? Y que el santo le respondió estas memorables palabras: “Mi incumbencia era de manifestar a la Iglesia acabada de nacer la palabra del verbo de Dios Padre; pero Dios reservó el dar a conocer la suavidad de los impulsos de aquel corazón a los tiempos de la decrepitud del mundo, para volver a encender la caridad, que se entibiará notablemente”.

¿Y qué? ¿No estamos ya en aquellos tiempso de que hablaba a esta Santa el amado Discípulo? El fuego de la caridad está apagado casi en todos los corazones. Se debe esperar que la devoción al corazón adorable de Jesús, servirá en efecto para volver a encender la caridad. Pero entre todas las prácticas propias de esta devoción, una de las más a propósito para volver a su actividad a tantos corazones entibiados, y aún dar vida a tantos corazones muertos a la gracia, es el meditar las virtudes del corazón del hombre Dios, el cual quiere que se hagan obsequios a su corazón. Pero el primer obsequio que pide es del corazón, y de un corazón formado por el modelo del suyo.

“Si queréis encenderos en el amor divino – decía antiguamente el Padre Diego Alvarez de Paz – procurad con todas vuestras fuerzas penetrar con una seria meditación en el corazón de Jesús, el ma´s puro, el más santo de todos los corazones. Procurad entrar en aquel corazón para contemplarlo como es, para formar el vuestro a semejanza del suyo”. Y poco después, pidiendo para sí esta conformidad de afectos, exclama: “Oh Jesús, Salvador de los hombres, en cuya imitación consiste toda la perfección nuestra, abridme vuestro corazón sagrado, puerta de la vida, y fuente de las aguas de la gracia, para que por medio de este corazón divino entre yo en el conocimiento de mí mismo, y beba las aguas dulces y saludables de la verdadera virtud, que apagan la sed de todas las cosas temporales”.

Se ve en los escritos de Santa Margarita que sus instrucciones vertían principalmente sobre este estudio de las virtudes del Sagrado Corazón de Jesucristo. A una persona le dice: “no perdáis tiempo en buscar nuevos medios de perfección. Acordaos de que toda vuestra perfección consiste en conformar vuestra vida, y vuestras acciones, a las máximas santas del Corazón de Jesús, y sobre todo a su dulzura, a su humildad y a su caridad”, y a otra persona le dice: “Sed manso, condescendiente, caritativo con el prójimo, como lo era el corazón de Jesús entre los hombres… Ah! Si pudierais comprender cuán provechosa cosa es el pensar en este Sagrado Corazón, dentro de poco despreciaríais todo lo demás”. El venerable Tomás de Kempis había dicho antes: “Si hubieras una vez entrado en el corazón de Jesús, no te cuidarías en adelante de lo que te pueda dar contento o disgusto”.

Proponed, pues, cristiano devoto del Sagrado Corazón de Jesús, meditar con frecuencia en las virtudes y perfecciones del divino objeto de vuestra devoción. ¿Cuáles eran los sentimientos y los impulsos de aquel corazón adorable cuando Jesús vivía en la tierra? Mientras más los consideráreis, más maravillados estaréis. Y ¿podréis admirarlos sin imitarlos? Si el corazón de Jesús oraba, ¿de qué afectos de reverencia para con la majestad divina no se sentiría penetrado? Si se afligía, ah! que no era sino por als ofensas que se cometen contra Dios. No se alegraba si no es cuando se procuraba, crecía o se reparaba la divina gloria. No se comunicaba sino a corazones abrasados de amor de Dios, o a corazones penitentes, que lloraban sus ingratitudes para con Dios.

Si aquel corazón padecía, ¡oh, con qué paciencia, y con qué constancia! Arpended de aquí cuales deban ser las disposiciones de vuestro corazón en las diversas circunstancias de la vida en que os podéis encontrar. Aprended sobre todo en estas meditaciones a conocer lo que merece o no vuestro amor: en quiénes y hasta qué punto lo debéis o no emplear. Examinad cuáles sean los objetos de las aficiones de vuestro corazón, y sin son aquellos mismos que Jesús juzgaba dignos de las aficiones del Suyo.

Si halláis que vuestro corazón no se aparta del divino modelo que se le ha propuesto en orden a los objetos de su amor, examinad si se aparta en cuanto a los motivos y a la manera de amar: si lleno de celo de la gloria de Dios, se busca tal vez a sí msmo; si lleno de caridad para con el prójimo, afloja tal vez en el fervor de esta caridad por alguna consideración del amor propio, de falsa prudencia o de respeto humano. El mismo Señor fue el que sugirió esta práctica a Santa Lutgarda, le mostró su Corazón Sagrado, y convidándola a meditarlo, le dijo: “Estudia continuamente este corazón. Aprenderás en él lo que debes amar y cómo lo debes amar”, prometiéndole también que allí encontraría una fuente de delicias.

Oración (Para pedir la gracia de imitar las virtudes del Sagrado Corazón de Jesús)

Vos me convidáis, oh Señor, a penetrar en vuestro sagrado Corazón, para estudiar sus sublimes virtudes, y para aprender a formarme según vuestro corazón. ¡Oh, cuán rico es de perfecciones este corazón divino! ¡Cuán nobles y generosos son sus sentimientos!

Virtudes que excitan la admiración y virtudes que arrebatan los afectos, todo se halla en él en sumo grado. Amor infinito para con Dios, amor infinito para con los hombres, su alimento y su vida.

Oh Salvador mío, que movido de vuestro tierno amor me habéis descubierto este tesoro de riquezas inefables, hacedme la gracia de enriquecerme de los bienes que os dignáis ofrecerme. Haced que con vuestra gracia yo siempre lleve a imitación vuestra la ley de Dios esculpida en medio de mi corazón. Que así como vuestro alimento y el anhelo de vuestro corazón fue siempre el cumplir la voluntad de Dios, así los afectos, los deseos del mío no aspiren a otra cosa sino al cumplimiento de esta misma voluntad.

Que en modo particular yo copie en mí con un trato apacible y humilde aquella amable dulzura, y sincera humildad de que vuestro Sagrado Corazón es el más perfecto original. En una palabra, que yo viva todos los días y todos los instantes de mi vida con los mismos sentimientos que animaron a este divino corazón, y con las disposiciones que el mismo vivió.

Poned mi corazón sobre el vuestro como un sello para que reciba de él todos sus lineamientos y caracteres. Yo quiero fijar mi morada en el lugar más escondido de este Corazón adorable. Sus méritos purificarán cada día más mi corazón, y sus llamas me encenderán más y más.

Haced, Divino Jesús, que yo no me aparte jamás de vuestro Corazón, para hacer cada día mayores progresos en esta dichosa conformidad de mi corazón con el vuestro, y para permanecer así en vuestro amor hasta el último suspiro de mi vida.

Amén.

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