Meditación de la Natividad de la Santísima Virgen

El nacimiento de la Santísima Virgen es uno de los puntos de mayor consuelo que pueden derivarse de una meditación. Nada debería producirnos mayor confianza, ternura, devoción y espeto a la Madre de Dios que los privilegios de su glorioso nacimiento. Si consideramos a Nuestra Señora desde la misma cuna, su elección, sus gracias, sus virtudes, su santidad, sus méritos, su gloria y sus dones, todo es objeto de admiración, veneración y amor para los mismos Ángeles.

Entonces, ¿qué efecto han de tener estas consideraciones en el entendimiento y el corazón de los hombres? Si la consideramos respecto a nosotros, ella es nuestra reina, abogada, corredentora, buena madre y esperanza. San Agustín la llama nuestra fiadora con Dios. San Bernardo a su vez la reconoce medianera con el soberano Mediador. San Buenaventura la nombra remedio de todos nuestros males. San Efrén le dice nuestra paz, nuestra alegría y nuestro consuelo. Y la Santa Iglesia la considera como nuestra gloria, nuestra corona y nuestra vida.

Aunque aún no es la Madre de Dios, esto ya se encuentra en los decretos eternos, formado como idea en la divina mente, a la cual todo es presente en la eternidad. Y por eso fue concebida sin mancha, y nació toda santa y pura, predestinada a ser la Madre de Nuestro Señor.

Entre todos los días que componen nuestras vidas, sólo el del nacimiento es el que todos los años se celebra con fiestas y regalos. Esta antiquísima costumbre acredita el amor y el respeto que se profesa a un príncipe, a quien se le honra desde su mismo nacimiento. Mucho más justos son nuestras alegrías, veneración, respeto y culto en el nacimiento de María.

Nació Ella colmada de merecimientos, y sabemos que habría de colmar al mismo mundo de bendiciones y dichas. Nació para ser madre de Dios, y por consiguiente para serlo de los hombres. Es nuestra soberana señora, nuestra esperanza, nuestro asilo, nuestro refugio y nuestro consuelo. ¿Es posible que los cristianos no corramos a tributarle homenajes, veneración y culto a esta soberana Princesa desde el mismo instante en que llega al mundo? No dejaron de tributarle vasallaje todas las inteligencias celestiales desde el mismo momento en que se dejó ver en la tierra, reconociéndola por reina de todos los espíritus bienaventurados.

Por lo tanto, nuestras ansias, felicidad, votos y afectos han de ser inmensos con esta dulcísima Emperatriz, en el día de su alegre nacimiento. Y si en las costumbres antiguas los grandes solían festejar sus cumpleaños otorgando todas las gracias que les pidieran en ese día, ¿podemos imaginar a nuestra Madre menos generosa y dulce en el día dichoso de su nacimiento?

No, Virgen Santísima, no lo pensamos así. Sería un pensamiento indigno de vuestra augusta dignidad, de ese corazón tan benéfico, dudar del gran amor que nos tenéis, en particular en este solemnísimo día. Resueltos estamos, con la gracia de Dios, a no hacernos indignos de vuestros favores en un día tan precioso.

Jaculatoria de la Santa Iglesia: “Tu nacimiento, oh Virgen Madre de Dios, colmó de alegría a todo el universo”.

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