Meditación Cuaresmal

Consideremos hoy cuál es el precio de la sangre adorable de Jesucristo: esto es justamente lo que vale nuestra salvación. Tal es el precio de la salvación de nuestra alma. Dios es la Bondad misma: Jesucristo ha merecido el Cielo para nosotros; su muerte por los hombres nos da derecho a su gloria. Y si Dios es bueno, ¿por qué nosotros somos tal manos? Dios es bueno, ¿por qué entonces lo ofendemos? Jesucristo ha muerto para salvarnos, ¿y por qué rehusamos trabajar en nuestra salvación?

Puesto que no hay verdadera gloria ni bien real sin la salvación, y que la salvación es la posesión de Dios mismo, ¿podrá creerse excesivo cualquier precio que se le dé? ¿Qué idea debemos formarnos de ella? ¿Qué caso debemos hacerle? ¿Es mucho cambiar cualquier bien del mundo por comprar este tesoro? ¿Es mucho sacrificarlo todo para obtener esta perla? (Mat. 13). ¿Qué bien nos faltará cuando poseamos a Dios? ¿Qué faltará a nuestra dicha si nos salvamos? ¿Qué objeto puede ser más digno de nuestra ambición? ¿Qué gloria mas brillante? ¿Será falta de fe o de buen sentido el no comprender esta verad? Ciertamente es ambas cosas.

Cesemos en este momento de ser tan poco cristianos y tan poco sabios. Concibamos una idea justa de nuestra salvación, y obremos conforme a esta idea. No emprendamos nada sin haber consultado este plan. Pesemoslo todo en el peso de nuestra salvación: midámoslo todo por esta regla. Asuntos, empresas, comercio, viajes, establecimiento, condición, fortuna, cargos, empleo: refiramos todo a Dios, ordenemos todo a la salvación. No hagamos nada, siguiendo el consejo del Apóstol, que no nos sirva para la otra vida.

Digamos a nuestros vicios y debilidades: Este placer ilícito, este empleo mal adquirido, esta hacienda mal habida, todo esto ¿vale mi salvación? Y la posesión de todo esto, que durará sólo hasta la muerte, ¿me indemnizará de la pérdida de mi alma? ¡Qué pocas faltas se cometerían; qué poco habría de qué arrepentirse si se pensase así!

Tengamos presente el aprecio que han hecho los santos de su salvación y de todo lo que podía contribuir a merecerles una eternidad bienaventurada. ¿Por qué otra fortuna han suspirado? Y para hacerse acreedores de esta felicidad verdadera, ¡cuántos sacrificios, combates y victorias! Recorramos todas las edades y todos los estados, ¡y cuántos grandes ejemplos encontraremos de virtud, de modestia y mortificación! ¡qué excelentes modelos de todas las condiciones!

Todos estos grandes santos a quienes nos parecemos tan poco, han sido sabios en no haber sido tan cobardes e imperfectos como nosotros. ¿Somos nosotros igualmente sabios en no ser tan devotos, humildes y sacrificados como ellos? ¿Nos atreveríamos a pensar que hacemos bastante para merecer la misma recompensa que ellos? Es visible que nosotros llevamos un camino muy diferente del de ellos. ¿Llegaremos entonces al mismo término? Y si nuestro destino es tan diferente al suyo, como nuestra vida difiere de la de estos grandes modelos, ¿en qué nos convertiremos?

Pasemos al menos un cuarto de hora meditando sobre estas verdades del todo prácticas, reflexionando lentamente en todo esto. Que la vida cotidiana, con sus quehaceres y diversiones, no ocupen todo nuestro tiempo hasta impedirnos pensar en lo que más nos conviene. Pensemos entonces, y luego reformemos nuestras costumbres. Domemos nuestras pasiones, pongamos en práctica estas instrucciones, y comencemos desde hoy a llevar una verdadera vida cristiana.

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