¿Lucha o misericordia?

Con triste frecuencia el católico moderno es puesto en una contradicción, ¿luchar o ser misericordioso? La misericordia es un mandato, un deber hacia el cual todos los cristianos estamos sujetos. El problema quedaría, por tanto, resuelto. Si cada uno de nosotros debemos ser misericordiosos, nadie podría ni debería luchar. Todo quedaría resuelto por los dulces mandatos de la caridad. Sería, cumpliéndose en todos y sin más, el paraíso terrenal.

Esta idea estupenda contradice el énfasis que los católicos hacemos por el entusiasmo en la lucha, en la fortaleza y fuerza puesta al servicio del bien, la justicia y la verdad. ¿Dónde está, entonces, el problema?

El romanticismo – el defecto de los sentimientos revestidos como ideas – tiene una parte importante en el problema. La otra parte la lleva la estrategia socialista de desarmar al enemigo haciéndole sentir culpa por reaccionar y defender. Siendo la corrupción de lo óptimo lo pésimo en grado sumo, el romanticismo religioso será el peor de todos y el socialismo religioso su par de iniquidad.

Ambos, romanticismo y socialismo, impregnan y moldean los ambientes psicológicos junto a las expresiones culturales, de modo tal que tenemos toda una forma de ser romanticista o socialista que apreciamos en sus gestos, preferencias y arte así como en sus odios y rechazos.

Tanto uno como el otro desfiguraron a tal punto el catolicismo que para cualquier nacido antes – desde los primeros cristianos hasta los padres de los últimos – de esta revolución el rostro de la cristiandad sería irreconocible. El mismo Cristo y Su Madre, el papado y los esplendores de la Iglesia se destruyeron para hacerles pasar por reformadores de “progresos sociales” de quienes se puede incluso dudar de su historicidad o idoneidad. Se les quiere rebajar tanto como para que cualquier asociación filantrópica sea aún superior por sus ideales y, mayor blasfemia aún, que los gurúes sociales les superen en “humanitarismo”. Los santos Evangelios, de esta forma, se vuelven sospechosos y precisan “aclaraciones” de cara a los “nuevos tiempos”.

Los más radicales inventan una historia a su gusto y reescriben tanto la historia de la Salvación como las Escrituras “a imagen y semejanza” de sus perfidias. Para los menos audaces la idea sería algo así como un Cristo liberador de los rigores del mundo antiguo y fundador de una sociedad liberal y socialista, donde los ideales y mandatos de los antiguos tiempos desaparecieron para dar paso a una sociedad hippie, ecuménica y pacifista, si bien con islotes de moralistas en desaparición. No hay para ellos el temor de Dios, ni su santidad reflejada en las instituciones terrenas o el deber de la lucha contra los enemigos de la Iglesia, que son los que odian a la humanidad en su esplendor.

Sin lugar a dudas, la venida del Salvador inauguró una era de gracias y misericordia infinitas, medios de salvación en la Iglesia y doctrinas luminosas. Esto, sin embargo, no niega que ciertos hechos por su gravedad y trascendencia superen el manantial de misericordia divina con que se nos perdona y se nos manda perdonar.

Nuestro Señor Jesucristo predicó el perdón e hizo de la misericordia un monumento colosal en María Santísima. Pero no enseñó – jamás lo haría y sería una blasfemia tan violenta como las negaciones de Nestorio – que el mal se mantenga sistemáticamente impune. Esto sería una aberración contra Dios mismo. Equivaldría a suponer que para Dios el pecado – por el que murió – es indiferente y puede mantenerse un estado de cosas que le violenta hasta el odio perfecto. El bien y el mal son irreconciliables en una lucha y odio eternos, como la luz y la oscuridad. El protoevangelio parte la historia de la Salvación con la enemistad entre Satanás y la Virgen Inmaculada que aplastará su cabeza, Ella y su estirpe, contra quienes el Enemigo acechará para destruirles.

Si Jesucristo aparece siempre haciendo el bien, siempre compasivo y perdonando, es verdad también que en Su equilibrio perfecto figura también amenazando, castigando y condenando. Lo propio del católico es esforzarse en asemejarse a Él en el equilibrio de alma, donde armoniosamente conviven todas Sus virtudes. Por consecuencia habrán circunstancias en las debemos perdonar con perfecta negación de todo rencor, malicia o engaño. Un perdón heroico y misericordioso donde no sólo olvidamos la ofensa sino que avanzamos más allá de los paganos y hacemos tanto bien como podemos y, de ser posible, pediremos la gracia de hacer más bien aún. En otras situaciones será necesario reprender y castigar. Es la sabiduría la que nos indica cuando, pese a que deberíamos castigar perdonamos, y en cuales estamos obligados a castigar pues sería pecado perdonar. En esto tenemos como modelo al mismo Cristo que nos mostró en su Vida admirable cuándo se precisa del perdón y cuándo del castigo.

El católico no odia al pecador sino al pecado, no hace justicia por sí sino que se hace parte de la Justicia castigando al mal que amenaza. En la propia vida espiritual debemos odiar todo cuanto sea malo en nosotros y no nos hace bien y esa lucha es la que nos santifica por amor a todo lo bueno a lo que podemos aspirar. Como sociedad, extensión en unión de todas las almas, el principio opera en mucho mayor grado, amando todo el bien posible, estimulándolo y favoreciéndolo por todos los medios posibles. Pero el mal debe ser avisado, castigado, reprendido y combatido con todas las fuerzas sociales posibles, en sus leyes e instituciones, en toda su cultura, por amor  de Dios y por los hombres, como un reflejo en la tierra de las perfecciones celestiales de la Sabiduría Encarnada.

“Militia est vita hominis super terram, et sicut dies mercenarii dies ejus” (Job VII:1), nos dice las Sagradas Escrituras. Y es verdad eterna que “milicia es la vida del hombre sobre la tierra y como días de mercenario son su días”.

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