Los pecados contra el Espíritu Santo

Los hombres pecan de tres formas: por flaqueza y fragilidad, por ignorancia, o por pura malicia. Los pecados de flaqueza, miseria y desliz decimos que se oponen contra el Eterno Padre, porque a este Señor atribuimos el poder. Y porque a Dios Hijo atribuimos la sabiduría, los pecados de ignorancia que estamos obligados a vencer decimos que militan en Su contra. Al Espíritu Santo, por otra parte, se le atribuye la bondad, y así, los pecados cometidos con pura malicia, se dice que se perpetran contra esta tercera persona de la Santísima Trinidad.

El primer pecado contra el Espíritu Santo es el de la presunción, con la cual el hombre, posponiendo todo el temor de Dios, de tal manera se fía de la divina misericordia, que desenfrenadamente cae en muchos vicios, diciendo que la bondad divina es grande. De esta forma se deja pudrir en sus mismos vicios, con la vana esperanza, tal vez, de que allá en la vejez se arrepentirá.

También, como desatados torrentes, se desenfrenan desde hace siglos los herejes, diciendo y enseñando que basta la fe de Cristo, y que no se necesitan hacer obras buenas. Y así, se entregan a todo vicio. Contra éstos clama la Escritura, diciendo: “La fe sin obras es muerta. Haced frutos dignos de penitencia”. Y “Haced cierta vuestra vocación por medio de vuestras buenas obras. Obrad con temor y con temblor en beneficio de vuestra salvación”. Y el Espíritu Santo dice: “No te asegures, ni vivas sin temor del pecado perdonado, ni añadas pecados a pecados. No digas: la misericordia del Señor es grande, y se apiadará de mí, aunque sean muchos mis pecados; porque la ira y la misericordia, ambas proceden de Dios, y la justicia vuela contra los pecadores”.

El segundo pecado es el de la desesperación. Es muy peligroso, anticipándose el pecador la sentencia de su condenación, y rompiendo el freno para darse a todo vicio, diciendo. “Si ya no tengo remedio, quiero gozar de esta vida. Como no iré al Cielo, quiero lograr los deleites de la tierra”. Con esto entran en un abismo de maldades, que es lo que lloraba San Agustín. Este fue el pecado de Caín, cuando dijo: “Mayor es mi maldad que la divina misericordia”. Y el de Judas, cuando se ahorcó despechado.

Contra este pecado claman los Profetas y toda la Escritura, porque mientras vive el homrbe, hay lugar para el arrepentimiento, y siempre le espera la divina bondad, como esperó y perdonó a la Magdalena, al buen ladrón, y a otros innumerables.

El tercer pecado contra el Espíritu Santo es la contradicción a la verdad conocida. La palabra verdad no da a entender cualquier ‘verdad’, sino aquella que toca al divino culto, intentando pervertir y depravar la pureza y sinceridad de la Fe. De este modo pecaron los fariseos, contradiciendo a Nuestro Señor Jesucristo, aún hallándose convencidos de sus milagros, profecías y maravillas. Y por esto había profetizado de ellos el Salmista, que se asentaron en la cátedra infernal de la pestilencia. También los llama San Pedro ‘Maestros falsos’, porque introducían sectas de perdición. Y el Apóstol los denomina herejes, hombres de entendimientos corruptos, engañados por el espíritu de error, condenados y pervertidos por su mal juicio. Todo esto encierra este gravísimo pecado.

El cuarto pecado es la envidia de la caridad y gracia que Dios ha comunicado a otros, como cuando uno se entristece porque Dios ha repartido misericordiosamente algunos dones espirituales a sus prójimos. Es propiamente diabólico este pecado, por la envidia rabiosa que concibió Luzbel luego que vio los favores que Dios había hecho al hombre, y las gracias con que le había adornado. El también el pecado de quienes comprendiendo se opusieron a la predicación del Evangelio, deseando con depravada malicia y envidia frustrar la gracia divina.

El quinto pecado es la obstinación en la culpa y el mal, no queriendo apartarse del vicio ni por consejos, ni por ruegos o persuasiones, menospreciando las promesas del Cielo, y los temores y amenazas del Infierno. Bien mostró esto el Faraón, quien rebelde ante las plagas con que le castigaba Dios, acabó en la tiranía de perseguir al Pueblo de Dios. Los obstinados se hacen los sordos a las voces de la Iglesia y su doctrina inmutable.

El sexto y último pecado es la impenitencia final, que es cuando el hombre se encuentra ante las puertas de la muerte, sin querer arrepentirse de sus culpas, y queriendo obstinadamente morir en ellas. De tal tipo de muerte dijo David: “La muerte de los pecadores es pésima. Y con su despecho prácticamente dicen estos desdichados: considerados estamos con la muerte y tenemos hecho pacto con el Infierno”.

Estos son los llamados pecados contra el Espíritu Santo, porque se oponen a Su bondad y misericordia, cometiéndose, como hemos dicho, por pura y terca malicia. Estos pecados se llaman irremisibles, porque dijo Cristo que el que peca contra el Espíritu Santo no será perdonado en este siglo, ni en el venidero; ni en esta vida, ni en la eterna. Pero no por esto debemos entender que no se pueden perdonar, porque el valor de la Sangre de Nuestro Señor se extiende a todos los que se arrepienten.

Se les llama irremisibles para que por la negación del perdón concibamos la grave malicia de estas culpas, y decir que no han de ser perdonadas es dar a entender que es dificultoso su perdón, y raras veces se consigue, porque la pura malicia con que se cometen hace a los sujetos indignos del perdón, y los obstina para que no se arrepientan, aunque algunas veces se han arrepentido, y entonces Dios misericordioso los ha perdonado. De suerte que por su naturaleza y por la dificultad con que se perdonan se llaman así.

Explica esto Santo Tomás con el ejemplo de una llaga o enfermedad, a la cual por ser de naturaleza mortal, llamamos incurable. Aunque por algún acontecimiento natural, o porque Dios así lo quiere, puede sanar el que la padece. Pero esto no quita que sea considerada incurable. Del mismo modo decimos que estos pecados son irremisibles, porque según la naturaleza grave de su malicia, es dificultoso el perdón.

Sin embargo, la excepción la hace la impenitencia final, que es el último pecado y jamás se perdona, porque al no corregirse ni hacer penitencia el pecador en esta vida, ya no puede hacerlo después de la muerte. Y por esa razón este pecado se llama ‘absolutamente irremisible’.

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