Los paganos y la edad de oro

Estabais sin Dios: estabais muertos.
Eph. II, 1, 5, 12; cf. Rom. I, 21,25

Destaca entre los muchos puntos que conservaron los paganos de la religión primera y natural, el estado de inocencia original. Esta intuición no desapareció entre las formas a veces absurdas y en otras casi maravillosas que profesaron quienes hacían de los hombres, los animales o de las fuerzas naturales, sus dioses y su religión.

Pese a la comprensible confusión que los vicios y pasiones, junto con virtudes naturales, producen en las mentes humanas con los reflejos perennes de un Dios verdadero, los paganos conservaron más aquí y menos allá, gran parte de las verdades que luego serían limpiadas y perfeccionadas por el Cristianismo. Sin duda muchas veces chocó la luz con la tiniebla seductora que el Infierno había sembrado entre el paganismo, no pocas veces con imperio total de sus mentiras e ilusiones.

Sus relatos míticos divinizaban vicios y virtudes o atribuían las miserias humanas a sus divinidades. Otros, más primitivos, espiritualizaban lo incomprensible y lo semejante, permaneciendo en una mente casi infantil hasta que la santa fe llegó hasta ellos. Sus bestias o dioses, los fenómenos naturales o los apetitos humanos, se enlazaban fuertemente en espiritualidades que en algún punto se rechazaban mutuamente pero que, la mayoría de las veces, eran incorporadas como quien suma a sus visiones las ajenas por hermanar intuiciones.

La luz primera

Abstrayéndonos de las particularidades de las religiones paganas, la luz clara de un estado primero en el hombre, salido de las manos del Creador, habla a todos de una posición más elevada y espiritualmente pura que fue perdida por infidelidades y pecados de los hombres primitivos. Esta unión íntima con el Cielo, en unión y trato cercano con la Divinidad, forman la llamada “Edad de Oro” que prácticamente todos los pueblos conservan desde sus primeras memorias,  sea en sus poemas o en su arte y relatos.

Junto con el recuerdo mítico de esta Edad de Oro se guarda el sentimiento de culpabilidad. Esta conciencia de nuestras faltas es un hecho notorio para quienes estudian en profundidad las religiones y les comparan. Y asombra, naturalmente, esta marca común en todos. Resaltan el Paraíso y el pecado original como huella indeleble y permanente a lo largo del mundo y en sus historias tan distintas y normalmente tan alejadas unas de otras.

Como ecos más o menos fieles al pecado de nuestros primeros padres, las religiones paganas recuerdan aquella falta a la Divinidad y la irrupción de males y miserias en la tierra junto a las pérdidas de los beneficios del trato íntimo con Dios. Perdida la luz y la inteligencia, este recuerdo perpetuado en la memoria colectiva transmitiéndose de padres a hijos, fue perdiendo brillo y oscureciéndose con las manchas de los pecados y vicios propios de cada pueblo.

Dos visiones en el Cristianismo

Los primeros no admiten verdad ni nada bueno en el paganismo. Todo, sostienen, tiene su origen en la perversidad de Satanás. Todo en el pagano es repudiable, condenable y debe ser rechazado. Le niegan, por este supuesto, aptitudes o capacidades para la doctrina cristiana.

La tierra a evangelizar fue querida para los cristianos que hicieron del mandato evangélico de ir y predicar a todas las naciones, con esas fabulosas conquistas apostólicas de tierras y corazones paganos. Esa misma tierra, para estos que condenan al infierno a los paganos como inaptos para el cristianismo, fue regada por la sangre de los pobres salvajes. El protestantismo hizo tantas veces víctimas casi animalizadas de los hombres llamados a recibir la gracia y la luz evangélica. Donde los católicos veían hermanos que salvar, los protestantes bien les esclavizaban o bien les exterminaban. América escribió su historia con esta pluma.

Los otros sostienen que en el paganismo es comprensible entre los exiliados del Paraíso, necesario en el desarrollo de la humanidad que no accedía a la luz de Dios, pero le ven como grados anteriores a la perfección humana. En los paganos ven un terreno fértil para la Santa Fe y anhela fervientemente atraerlos a los beneficios y luces gloriosas del cristianismo. En el paganismo ve tantos puntos de los cuales puede servirse para elevarles al Cielo, y tantos otros que enmendar y corregir. Lo falso y criminal les incita a ser demostrado hasta su condena y abandono. Y lo virtuoso debe ser revestido de la gracia superabundante que se derrama por el bautismo.

¿Una tercera vía?

El lector podría objetar que, a dos caminos tan distintos podría levantarse uno tercero, que ni condena a los paganos ni pretende evangelizarlos. Pero, respondemos, este no sería un camino cristiano. Si el primer camino peca de riguroso e inflexible, contrario a la caridad, este tercer camino peca por contrario a la fe, anticristiano y pestilentemente herético. Cristo murió para que todos los hombres alcancen la perfecta ortodoxia y se salven, y nos dio a la Santa Iglesia para erigir monumentos de cultura y civilización que tomen lo mejor de cada pueblo, con todas sus particularidades y matices propios.

Quien sostuviese esta “tercera vía”, inexistente ante los ojos de quien ama a Dios y desea la salvación de todos porque anhela su eterna felicidad, ofende en grado sumo a Dios y odia, por consecuencia, a todos los hombres pues le niega las luces y medios de alcanzar el Cielo. Desprecia, de paso, a todos los sabios que desde el paganismo intuyeron y esperaron acceder a la Verdad completa y a todos los héroes de la fe que dieron sus vidas y recorrieron la tierra, incansables, para llevar la salud a todos los hombres.

La segunda senda, que bien puede derivar en esta tercera posición, se limita por la conciencia evangélica que condena como contraria a Dios y falsa la religión pagana, y les llama a penitencia y a mudar de vida.

Despojarse del hombre antiguo y revestirse del nuevo es el mandato, y reconquistar por medio de la fidelidad a la santa doctrina regeneradora, los rasgos y estado primitivo.

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