Los Gozos de la Santísima Virgen

El glorioso mártir Santo Tomás, Arzobispo de Canturia, acostumbraba saludar todos los días a la Virgen con siete Avemarías en conmemoración de los siete gozos que sintió estando en la tierra, a saber: primero, la santa dilatación de su corazón cuando vino el ángel Gabriel en la Anunciación; segundo, en la Visitación de su prima Santa Isabel; tercero, en el parto; cuarto, en la adoración de los magos; quinto: en el hallazgo del Niño perdido en el templo; sexto, en la gloriosa resurrección; y séptimo, en la ascensión triunfante de Jesucristo.

Fue tanto el gusto que tuvo la Santísima Virgen por esta devoción, que se le apareció un día y le dijo: “Querido y amado Tomás, en premio del gran obsequio que me haces con la memoria de los Siete Gozos que tuve en este mundo, vengo a decirte que no pierdas el mérito de hacer memoria de los otros siete, que ahora tengo en la Gloria, porque me darás tanto gusto – y también quienes practiquen esta devoción con reverencia – que les ofrezco visitarlos en la hora de la muerte, darles consuelo y gozo, llevarles ante el tribunal de mi Hijo y no dejarlos hasta ponerles y colocarles en la silla del descanso eterno”.

Santo Tomás respondió que con muchísimo gusto cumpliría este deber, “pero, Madre mía, yo no sé qué Gozos sean esos, ni jamás los he oído nombrar: ¿cómo haré memoria de ellos?”. “Hijo muy querido, Yo te los diré ahora. Atiéndeme. Yo me gozo (y es el primero) porque después de la Santísima Trinidad tengo la honra más preeminente sobre toda criatura. Segundo, también me gozo porque con la aureola de mi inmaculada virginidad, me adelanto a los coros de los ángeles y santos. Tercero, me gozo también porque la luz de mi gloria es tan grande que como sol ilustra toda la Corte Celestial. Cuarto, me gozo porque todos los bienaventurados del Cielo me veneral y respetan como a la Madre de Dios. Quinto, me gozo porque me ha concedido mi Hijo poder alcanzar y conseguir lo que pidiere. Sexto, me gozo también porque viviendo allá en la tierra, me fue a mí concedida inmensa gracia, y a mis devotos mi Hijo les tiene preparada una gran gloria. Séptimo, y finalmente, me gozo porque mi honra y gloria cada día va creciendo, y crecerá hasta el día del Juicio”.

Siguiendo las instrucciones que nuestra amorosa Madre le había dado, continuó Santo Tomás con esta devoción toda su vida, recibiendo singulares mercedes con demostraciones de indecible cariño del Cielo.

La forma de rezar estas oraciones es diciendo cada frase, seguida por un Avemaría: “Me congratulo, oh santa Señora, de que debajo de la Santísima Trinidad no hay ninguna simple criatura a quien no excedas en gloria. Me congratulo de que la corona de tu inmaculada virginidad se aventaja a la de todos los órdenes, así de los ángeles como de los hombres. Me congratulo de que los resplandores de gloria que salen de tu rostro celestial, iluminan cual hermoso sol a la santa Sión. Me congratulo de que todos los ciudadanos del Cielo te reconocen y honran como a la digna Madre de Dios. Me congratulo del poder que tienes sobre la voluntad de Tu amado Hijo, de quien nunca eres mal despachada. Me congratulo del medio que tienes de adelantar a tus fieles siervos. Me congratulo de que tu gloria recibe y recibirá siempre algún aumento en el discurso de los siglos y de que de el honor que recibes en la ciudad de los bienaventurados durará tanto como la eternidad”.

Cuenta San Anselmo (Lib. Miracul. Cap. 22) sobre un clérigo devoto de la Virgen tenía costumbre de rezar cada día ciertas devociones a sus gozos. Llegado el tiempo de la muerte, comenzó el clérigo a sentir los temores y congojas de aquel paso, que el horror y los espantos de la muerte trae consigo. Y estando así de turbado y temeroso se volvió con confianza hacia la Virgen y le pidió socorro en tan fuerte trance. Acudió luego la piadosa Señora a socorrer a su devoto, y apareciéndosele con rostro afable y amoroso, le dijo: “¿Por qué temes tanto la partida, habiéndome ofrecido la memoria de mis gozos tantas veces? Pierde el temor, que yo estoy contigo para librarte de cualquier mal, y hacerte participante de mis gozos en el Cielo, por la devoción que has tenido con ellos en la tierra”. Dejó con esto el enfermo sus temores y tristezas, convirtiéndolos en alegre esperanza, y después de haber dado humildes gracias a la Virgen por sus favores, salió el alma del cuerpo con gran demostración de regocijo, hacia la posesión gloriosa de los gozos eternos.

(“Excelencias de la Santísima Virgen. P. José de Jesús María. 1698 / “Finezas de la gran Reina del Cielo”. Tomo II. P. Esteban Dolz del Castellar. 1851 )

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