Los frutos del Espíritu Santo

Son doce los frutos del Espíritu Santo, y así se llaman por el Apóstol cuando dice que el alma feliz en quien habita como en su templo el Espíritu Santo, se hace caritativa, pacífica, dilatada de corazón, liberal, benigna, fuerte en la fe, alegre y gozosa, paciente, buena para Dios, para sí y para sus prójimos, mansa, modesta, pura y casta (Gal. 5:22).

Es el primero la Caridad. El espíritu de Dios es caritativo, y el del demonio es cruel y tirano. Al espíritu del Señor sigue la caridad sin ficción ni engaño, como dice San Pablo.

Segundo, Paz. Quien tiene espíritu del Señor, tiene paz en su corazón, y es pacífico con sus prójimos: esta es la prudencia del espíritu verdadero que se junta con la vida y la paz, según el Apóstol (Rom. 8:6).

Tercero, Longanimidad. El Espíritu Santo dilata el corazón humano, y así le comunica la longanimidad, que es condición nobilísima de Dios para hacer bien a todos, como dice el profeta David (Salm. 108:8).

Cuarto, Benignidad. El espíritu de Dios es benigno, como se dice en el libro de la Sabiduría, por lo cual el alma que tiene espíritu de Dios no es áspera, sino benigna.

Quinto, Fe. Quien tiene espíritu verdadero de Dios, está bien fortalecido en la fe, con la cual se vencen las tentaciones del demonio, y todas las dificultades (1 Pet. 5:9).

Sexto, Continencia. Es fruto del Espíritu Santo, porque nadie le puede tener perseverante, si el espíritu de Dios no se lo concede (Sap. 8:11).

Séptimo, Gozo. Este fruto del Espíritu Santo, numera expresamente San Pablo, y Cristo Señor Nuestro nos manda que no estemos tristes, como los hipócritas, sino modestamente alegres para alabar a Dios y edificar a los hombres (Gal. 5:22).

Octavo, Paciencia. En silencio y esperanza está nuestra fortaleza, dice el profeta Isaías; y el Señor nos dice que en paciencia verdadera tomaremos la feliz posesión de nuestras almas. Este es el fruto saludable del espíritu de Dios.

Noveno, Bondad. El apóstol San Pablo pone la bondad por fruto del Espíritu Santo; y Dios nos dice que le busquemos en bondad y sencillez del corazón (Sap. 1:1), porque su Divino Espíritu huye de las ficciones y dobleces.

Décimo, Mansedumbre. Esta pone el Espíritu Santo en el alma: igan los mansos de corazón, y alégrense que el santo Profeta Rey los convida para alabar a Dios (Salm. 33:3).

Undécimo, Modestia. Todos los Santos han sido muy modestos, porque el Espíritu Santo habita en ellos (Filip. 5). La alegría de los siervos de Dios siempre va junto a la Modestia.

Duodécimo, Castidad. El Espíritu Santo es purísimo, y así es fruto suyo la pureza y castidad. Santa Lucía dijo al tirano que los que viven piadosa y castamente, son templo del Espíritu Santo.

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