Lo que realmente vale

La unión de los fieles con la Esposa de Cristo es de tal naturaleza que no se pueden distinguir mayores diferencias que las que tienen los miembros de un mismo cuerpo. No es posible apartarse de lo que Ella quiere, enseña y manda sin separarse del cuerpo mismo. Y, por tanto, debemos querer, hacer y desear lo que Ella nos propone y manda, tal y como Ella lo desea y en el grado y jerarquía que Ella nos enseña.

Es una naturaleza de amor y pertenencia que supera cualquier otra forma de unión entre los hombres y sociedades. La naturaleza superior de cualquier vínculo humano radica en su fin sobrenatural. Y de éste comprendemos los deberes y la psicología católica que conforma ese vínculo o naturaleza.

Quien peca ofende a Dios, pero quien niega lo que la Iglesia enseña en el más mínimo de sus principios o aspectos hiere a Cristo mismo, Verdad, Camino y Vida. El pecado tanto como la herejía acarrean consecuencias morales, sociales y hasta metafísicas.

Un árbol que se tuerce al crecer, si no se le corrige, cada vez empeora más hasta que se derrumba. Del mismo modo el alma del hombre se inclina por sus vicios hasta caer al final de sus días sin alcanzar el Cielo, fin último del hombre.

La Caridad, esa caridad que no conoce límites en el bien que procuramos, nos ordena con sus mandamientos de amor también con obras de misericordia espiritual. La vida sobre la tierra no se reduce a las obras del bien del cuerpo sino, por su naturaleza eterna, también a las del alma.

Por Caridad no sólo debemos dejarnos reprender y corregir, enseñar y consolar aún cuando el orgullo nos rebele las potencias del alma y hasta las de la carne si esas enseñanzas contradicen nuestras pasiones rebeldes. Por esa misma caridad ardiente debemos llevar a todos los hombres la verdadera ortodoxia y procurar su salvación aún a costo de nuestra propia vida, pues quien salva el alma del prójimo salva la suya y ambas brillarán para siempre en la Eternidad. Por esa Caridad también debemos enseñar, aconsejar e incluso corregir a quienes yerran o pecan.

Cristo Nuestro Señor murió por todos los hombres y cada alma que se pierde es Sangre Preciosa derramada sin que se alcance la salvación de esa criatura. Debemos preocuparnos mucho más de las almas y sus fines ultraterrenos que por las necesidades materiales, que si bien son importantes y urgentes en tanto el alma se une al cuerpo, jerárquicamente son inferiores a las del espíritu.

Amamos a los pecadores no por su pecado, al que debemos aborrecer, odiar y combatir sin cansancio, sino porque ellas están llamadas al Cielo. Debemos procurar su salvación, su felicidad eterna, su gloria para siempre. Y el pecado debemos denunciarlo hasta hacerle odioso y repugnante, iluminando su hediondez con la luz que de la Iglesia emana.

Este celo hecho de caridad y de humildad no nos hace jueces de los hombres sino siervos del Cielo, celosos fieles de tan Magnífico y Celestial Rey. ¿Qué clase de hermanos seríamos si somos indiferentes a la condenación de nuestros hermanos o qué clase de hijos seríamos si somos indolentes ante las ofensas que se dirigen a Dios, a Su Gloriosa Madre o a Su Santísima Esposa?

El ideal de la Cristiandad es la unión armoniosa de inteligencias y voluntades de los pueblos regidos por las leyes del Evangelio, perfeccionadas en sus formas y fines por la Santa Iglesia, en torno a Ella y con Ella por fin último, pues tiene como fin a Dios mismo en una celeste jerarquía. Luchar por los santos ideales, combatir por el buen combate, es procurar hacer de la tierra una antesala de Cielo que no se tiene como fin a ella misma sino hace de todo un reflejo que nos habla de lo que realmente importa, de lo que verdaderamente vale, que es el Cielo mismo, la gloria de Dios, nuestro principio y fin. 

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