Libertad de Conciencia

La expresión “libertad de conciencia” es una de las muchas ideas que corrieron y corren aún por las tierras cristianas desde las primeras revoluciones hasta las modernas. No sólo herejes y revolucionarios pregonaron este engaño sino aún hoy escuchamos esta idea de los labios más variopintos si es que no se le convierte aún en… ley.

Se la quería presentar como moderna, contrastada con las sociedades orientales o en las antiguas e incluso entre las paganas más primitivas, donde no se le encuentra. Hoy se le presenta como una idea “clásica” frente al caos contemporáneo.

Veamos un poco de qué se trata esta idea y por qué, ante los ojos del cristiano y aún de cualquier hombre racional, es una locura o una perversión.

La libertad es la facultad que el hombre tiene de hacer o no hacer algo. Si no gozásemos de esa libertad seríamos esclavos o autómatas como una máquina o un electrodoméstico.

De aquí que la libertad de conciencia viene a ser, siguiendo la sana filosofía y la más simple lógica, la facultad de nuestro proceder  de un modo o de otro en conformidad a lo que dicte nuestra conciencia. Aquí es donde debemos prestar atención. Debería ser así, como en muchos otros campos, en conformidad al bien y a la recta razón. Pero sabemos bien que no suele ser así y menos en tiempos donde el bien se relativiza y la razón se pierde a pasos agigantados.

Los poderes de la tierra, con sus coros de intelectuales o quienquiera que tenga voz proclaman las excelencias de la libertad de conciencia. Y el resultado es siempre el mismo: los cristianos son amordazados y prohibidas sus manifestaciones públicas de fe o su capacidad de expresarse en términos católicos claros y rotundos. ¿Sería concebible hoy, amparados en la libertad de expresión, de culto y de conciencia, que los católicos repudien el aborto o la eutanasia, las aberraciones sexuales, sociales, políticas o económicas, o incluso practiquen el culto tal y como desea y manda la Santa Iglesia desde tiempos inmemoriales? Esto es, amparados en todas las libertades modernas, podríamos practicar libremente nuestro culto y opiniones? Las pruebas están por donde miremos, bajo formas de sanciones, persecuciones o de repudio y ridiculizaciones.

La libertad de conciencia, entre otras libertades modernas, amparan todo lo posible menos lo único de que debería ser posible. En nombre de la libertad de conciencia no podemos, bajo penas de multas, repudio, proscripciones e incluso cárcel, asociarnos libremente para cumplir como mejor nos parezca con lo que nuestra religión prescribe o aconseja. En sus extremos se nos prohíbe incluso con los deberes de caridad como enseñar libremente, corregir, asistir a los desvalidos, defender la vida o formar familias cristianas.

Los celosos defensores de la libertad de conciencia prohíben a los padres de familia oficiar como tales, a patrones y obreros relacionarse cristianamente, a los líderes católicos defender o combatir según dicta su conciencia, a las mujeres católicas decidir sobre ellas mismas o sus hijos, a los gobernantes, funcionarios, profesores, jueces, médicos, farmacéuticos, militares o abogados católicos actuar según su conciencia. Estas persecuciones tiránicas en nombre de la libertad de conciencia no son cosa de culturas bárbaras sino, casi se diría que por sobre todo, en naciones llamadas a sí mismas avanzadas y modernas o, incluso, a niveles internacionales o de organismos y leyes de control mundial.

Una contradicción tan monstruosa se comprende en tanto tiene en común el proscribir lo católico en favor de sus enemigos o de errores que, por muy demostrados por los hechos sean sus desastres, tienen derecho y poder sobre la fe cristiana. No les importa ser inconsecuentes o monstruosos. Tan sólo les ocupa perseguir a la fe sobre la tierra.

De esta verdad evidente, innegable, tan antigua como los tiempos de las revoluciones, se comprende la consecuencia de los malos en su actuar sobre los buenos. Esa forma de entenderse entre ellos, sacrificando a veces intereses particulares en favor de un odio común. No nos dejemos engañar por sus aparentes diferencias o conflictos de intereses: les une un solo juramento y es el aplastar la fe católica.

Sin embargo, lo verdaderamente horroroso, lo nauseabundo, es que si esto es una perfidia en nuestros enemigos, con mucha frecuencia vemos a quienes se llaman a sí mismos como católicos lo consienten y aun lo defienden. Ellos repiten los discursos de nuestros enemigos y claudican como nuevos Judas ante la pasión renovada de Nuestro Señor en estos tiempos. Bien se podría decir que son ellos nuestros peores enemigos, pues militan de nombre en nuestras filas y trabajan para el enemigo común siguiendo sus intereses. Bien Lenin, el criminal rojo, les llamaba “tontos útiles”. En las palabras del Señor los términos serían mucho más fuertes y aterradores. Ellos dan su voto a los enemigos, defienden sus intereses y confunden a las gentes sencillas que les siguen por instinto natural.

Es irritante, intolerable, que pongamos en manos de ellos lo más sagrado, noble y sublime como es la santa fe. Y que ellos, quienes odian y persiguen una vez más a Dios, determinen los medios y vías para salvar nuestras almas y la de nuestros semejantes o que dicten las restricciones para hacer de la tierra una antesala del Cielo.

¿Permitiremos indefinidamente que se nos imponga tal yugo? ¿Reaccionaremos y resistiremos hasta dar la última fuerza de la última fibra de nuestro cuerpo y alma para defender los derechos de Dios y de los hombres  para alcanzar el Cielo?

Nuestra Señora, quien nos dio en vida y tras su elevación a los Cielos tantos ejemplos y fuerzas para militar santamente en la fe, nos ampare, guíe y fortalezca. Y que ese triunfo sea el de Ella.

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