Las visiones de Santa Perpetua

“Pocos días después de haber recibido la sentencia, estando todos juntos en oración, se me ocurrió nombrar a Dinocrates, a cuyo hecho quedé asombrada, por considerar que hasta entonces jamás me había venido al pensamiento; de lo que inferí desde aquel momento, que él tenía necesidad de que rogasen a Dios por él. Así en efecto lo principié a hacer suspirando en presencia del señor; y en la misma noche tuve la siguiente visión:

Vi a Dinocrates que salía de un lugar lúgubre, donde quedaban otros muchos excesivamente abrasados, y sedientos: su semblante oscuro, su complexión pálida, con la herida misma de que había muerto, en la edad de siete años en su rostro; y el mismo por quien yo había rogado a Dios. Entre él y entre mí parecía mediar una distancia grande, de tal suerte que era imposible a ambos aproximarse. Cerca de él había un vaso lleno de agua, cuyos bordes eran de la altura de un infante; y aunque pretendía beber de él; y veía cerca de sí el agua, no podía alcanzar a tocarla.

Esto me causó tan fuerte dolor y compasión, que me hizo despertar la pena. Conocí después en esto que mi hermano estaba sin duda penando, bien que confiaba en que mis oraciones le habían de sacar de sus tormentos; por tanto principié a rogar encarecidamente a Dios por él, pidiendo a este Señor llena de lágrimas que me concediese esta gracia, y así continué hasta que nos removieron a la prisión de la campaña, donde íbamos destinados a servir de espectáculos en los juegos públicos de Geta, el Cesar.

De día nos tenían en las estacas (Nota: se trata de una forma de tortura), y en ellas tuve esta visión: el lugar que antes se me había presentado oscuro, lo vi luminoso y claro; y a Dinocrates también con su cuerpo resplandeciente, puro y bien vestido, como refrigerándose con su dicha, y en su rostro no ya la herida antigua, sino una sola señal cicatrizada. Visto lo cual desperté y conocí que ya había salido de sus penas”.

Actas, escritas por Santa Perpetua hasta el día anterior a su martirio. Cit. Tertuliano lib. de nima, cap. 55; y San Agustín Serm. 280-283-294.

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