Las gracias y la Visitación

Si bien la fiesta de la Visitación de María tradicionalmente corresponde al 2 de julio, es piadosa costumbre finalizar el mes de mayo meditando en las glorias de la Santísima Virgen, bien como Reina y Señora de todo lo creado o bien en los misterios celestiales de Su vida. Proponemos el ejercicio espiritual de meditación en este aspecto para mayor provecho del alma colmada de la presencia mariana durante este mes consagrado a su culto, devoción y veneración sagrada.

Con razón se ha llamado a la Visitación de María la fiesta de Nuestra Señora de la Gracia. Los prodigios que obró el Señor por medio de la Santísima Virgen en favor de la casa de Zacarías manifestaron bien claro que Ella es la dispensadora de la gracia, y que la derrama sobre todos los que se lo piden con devoción y confianza.

Tan pronto como la Santísima Virgen supo por el Arcángel Gabriel que su prima Isabel se hallaba en el sexto mes de su embarazo, iluminada interiormente por las luces del Espíritu Santo, supo que el Verbo Eterno, que había encarnado en sus entrañas, quería empezar a mostrar al mundo las grandezas de su divina misericordia, derramando sus primeras gracias sobre aquella piadosa familia.

Inmediatamente abandonó María su retiro y partió para ir a visitar a Isabel. Esta visita de la Santísima Virgen no fue como una de esas visitas mundanas. A las primeras palabras de María quedó Isabel llena del Espíritu Santo, y Juan Bautista, santificado en el vientre de su madre, lo manifestó inmediatamente con un movimiento de alegría en el seno de aquella, como lo declaró Isabel.

Estos primeros frutos de la redención pasaron por María, que fue el canal por donde se comunicó la gracia al Bautista, y el Espíritu santo concedió a Zacarías el don de profetizar y dispensó otras bendiciones a su familia. Tales fueron las primeras gracias que sepamos fueron concedidas por el Verbo Eterno después de Su Encarnación, lo cual no deja duda de que Dios quiso que María fuese desde entonces el conducto universal por donde debían pasar todas las gracias que Él quisiera concedernos.

Con razón, pues, se ha llamado a la Madre de Dios el Tesoro, la Tesorera y la dispensadora de las gracias divinas, y se la ha figurado por el campo de que habla el Evangelio, en el que se halla encerrado el tesoro de Dios que es Jesucristo, y que se debe comprar a cualquier precio. “La voluntad suprema del Señor universal – dice San Bernardo – es que todas las gracias se concedan por la intercesión de María”.

Quien dice ‘todo’, nada exceptúa. Pero como para obtener alguna cosa es necesario tener la firme confianza de que se obtendrá, nosotros debemos procurar tener estas disposiciones siempre que nos dirijamos a la Santísima Virgen, y convencernos de que se dignará escuchar las súplicas que le hagamos con verdadero fervor.

Nuestra Señora nos explica por sí misma la razón de que Dios haya puesto en sus manos todas las misericordias que nos quiere conceder. “Es – nos dice por boca de la Sabiduría – a fin de que yo pueda enriquecer a los que me aman” (Prov. 8); y la Iglesia, al aplicarle estas palabras lo hace con el objeto de manifestarnos que las gracias, las bendiciones y los beneficios de toda clase que Dios ha colocado en el seno de la Santísima Virgen se conservan en su poder para que los distribuya a los que los reclaman.

San Bernardo añade a esto que “Dios quiso que María fuese el canal universal de la misericordia, para que por Ella descendieran sin cesar las gracias que se conceden a los hombres”. Y después, investigando la razón por la cual el Ángel, después de hallar a María llena de gracia, le dijo que el Espíritu santo, cubriéndola con su sombra, la colmaría de abundantes bendiciones, dice que maría está llena de gracia para sí, pero que “el Espíritu santo le dio una medida superabundante para que proveyese a todas nuestras necesidades”.

Reanimemos, pues, nuestra confianza en María siempre que recurramos a Ella, y recordemos constantemente las dos grandes cualidades de esta Madre incomparable: su deseo de hacer el bien, y el poder que tiene por su Hijo de obtener todo lo que pide. Para conocer bien el deseo que Ella tiene de sernos útil y propicia, basta considerar el misterio de la Visitación.

Para comenzar desde entonces a ejercer su alta misión de Dispensadora de gracias, y guiada sólo por ese espíritu de caridad que abrasó siempre su corazón, se decidió a hacer un largo y penoso viaje. Contenta con la idea de poder ser útil, transportada de alegría al pensar en el bien que iba a hacer, y ocupada en su obra de caridad, partió sin tardanza.

María, al subir al Cielo, no ha perdido ese espíritu de caridad para con los hombres, sino que, por el contrario, ha aumentado en Ella, porque conoce mejor nuestras necesidades, compadece más nuestras miserias, y experimenta un deseo de socorrernos mayor aún del que nosotros tenemos de ser socorridos. Por oficio y por inclinación, esta tierna Madre pide siempre gracias, las distribuye sin cesar, y enriquece abundantemente a sus fieles siervos. El no pedirle nada es ofenderla.

El venerable Tomás de Kempis hace hablar así a la Santísima Virgen: “Yo os invito a todos a recurrir a mí; a todos os espero, a todos os deseo; jamás desprecio a ningún pecador, por grandes que sean sus epcados y su desesperacíon, cuando implore mi socorro”.

Todo el que la invoca la encuentra siempre dispuesta a socorrerle y a obtener para él, con su intercesión poderosa, todas las gracias que conducen a la salvación.

El Salvador se complace en que Su Santa Madre ruegue por nosotros, porque todas las gracias que concede las otorga más por Ella que por nosotros. Y sus ruegos le son tan agradables que nada puede rehusarle.

Si deseamos obtener alguna gracia, dirijámonos a María, que por sí misma reveló a Santa Matilde que el Espíritu Santo, al llenarla de toda su dulzura, la había hecho tan agradable a Dios que cualquiera que pidiese alguna gracia por su intercesión la obtendría. Y esto es porque los ruegos de la Santísima Virgen, como los ruegos de Madre, tienen más fuerza que los nuestros.

No nos separemos nunca de los pies de esta misericordiosa Reina, visitémosla con frecuencia, honrémosla de todas las formas, y amémosla con todo nuestro corazón. Esperémoslo todo de su poderosa intercesión, y no tardaremos en convencernos de que es la tesorera de todas las gracias, y de que cualquiera que recurre a Ella con confianza y fervor, consigue la gracia que espera.

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