Las desigualdades sociales

¿Quiere Dios las desigualdades sociales o debemos comprometernos en una lucha en contra? Siendo fuentes de dolor y de injusticia, parecería justo y necesario combatirlas hasta lograr la igualdad perfecta y “evangélica”.

El católico, que conoce la santa doctrina y la ama ardientemente, sabe que en todo cuanto su mente o corazón difiera de la enseñanza de la Iglesia, debe ajustarse a la Iglesia y no Ella a sus protestas.

¿Qué quiere, siente y manda la Esposa de Cristo respecto a las desigualdades sociales?

La doctrina es simple, contínua y universal: la sociedad auténticamente cristiana se fundamenta y progresa sobre clases desiguales que, como hermanas, buscan a un mismo tiempo tanto su propio bien como el común, en mutua y armónica colaboración.

Podrían objetarse los derechos que, en cuanto hombre y criatura de Dios, pueden vulnerarse cuando por vicios desatados tales desigualdades se tornan inhumanas. Tal es el caso de, por ejemplo, de la codicia protestante, las castas en el paganismo o el odio fundamental del socialismo. Ante esto la Iglesia es inalterable en su condena pues en cuanto hombres estamos hechos a imagen y semejanza del Creador y por nuestra naturaleza los derechos de criaturas son iguales entre todos.

En su encíclica ‘Quod apostolici muneris’, del 28 de diciembre de 1878, Su Santidad León XIII, de santa memoria, reafirma la doctrina bimilenaria de la Iglesia al respecto:

“Por más que los socialistas, abusando del propio Evangelio para inducir más fácilmente al mal a los incautos, se hayan habituado a desvirtuarlo según su parecer, existe, sin embargo, una divergencia tan grande entre su perversa teoría y la purísima doctrina de Jesucristo, que no la hay ni puede haberla mayor. Porque ¿qué consorcio hay entre la justicia y la iniquidad? o ¿qué sociedad hay entre la luz y las tinieblas? (II Cor. VI, 14). Realmente, como hemos dicho ya, no cesan ellos de repetir que todos los hombres son iguales entre sí por naturaleza, y por eso pretenden que no se debe honra ni veneración a la autoridad, ni obediencia a las leyes, a no ser a las que ellos mismos sancionan a su gusto.

“Por el contrario, según las enseñanzas de los Evangelios, la igualdad entre los hombres está en que, al tener todos la misma naturaleza, están todos llamados a la misma dignidad excelsísima de hijos de Dios; bien como en que, por haber sido todos designados para el mismo y único fin, cada uno será juzgado según la misma ley, recibiendo según sus méritos el castigo o la recompensa. Esto no obstante, la desigualdad de derechos y de poder procede del propio Autor de la Naturaleza, de quien toda paternidad, en el Cielo y en la Tierra, toma su nombre (Ef. III, 15)”

Y agrega: “Quien creó y gobierna todas las cosas las ha dispuesto con su providente Sabiduría de tal forma que las más pequeñas por medio de las medianas y las medianas por medio de las mayores lleguen todas a su fin. Por consiguiente, así como quiso que en el propio Reino celestial los coros de los Ángeles fueran distintos y estuvieran sometidos los unos a los otros; así como en la Iglesia instituyó varios grados de órdenes y diversidad de ministerios, para que no todos fueran Apóstoles, ni todos Doctores, ni todos Pastores (I Cor. XII); así también constituyó en la sociedad civil muchas categorías diferentes en dignidad, derechos y poder, sin duda para que la sociedad civil, al igual que la Iglesia, fuese un solo cuerpo compuesto de muchos miembros, unos más nobles que otros pero todos recíprocamente necesarios y preocupados por el bien común”

Concluye con un énfasis categórico:

“La sabiduría católica, apoyada en los preceptos de la ley divina y de la ley natural, vela también con singular prudencia por la tranquilidad pública y doméstica mediante los principios que mantiene y enseña respecto al derecho de propiedad y a la distribución de los bienes adquiridos para las necesidades y utilidad de la vida. Los socialistas, en realidad, al presentar el derecho de propiedad como una pura invención humana que repugna a la igualdad natural entre los hombres, aspiran a la comunidad de bienes, y opinan que no puede soportarse con paciencia la pobreza, y que se puede violar impunemente las posesiones y los derechos de los ricos.

La Iglesia, mucho más acertada y provechosamente, reconoce la desigualdad entre los hombres, naturalmente diferentes por las fuerzas del cuerpo y del espíritu, y también por sus posesiones, y ordena que el derecho de propiedad y de dominio, que proviene de la propio naturaleza, permanezca intacto e inviolable en manos de quien lo posee”

Años más tarde, avanzando sobre las ideologías perversas que propugnan igualdades como formas políticas bajo el nombre de democracias, San Pío X en su carta apostólica Notre chargue apostolique, del 25 de agosto de 1910 declara:

“Le Sillón, llevado por un mal entendido amor a los débiles, ha incurrido en el error.

“En efecto, le Sillón se propone el restablecimiento y regeneración de las clases obreras. Ahora bien, los principios de doctrina católica sobre esta materia ya han sido fijados, y ahí está la historia de la civilización cristiana para atestiguar su bienhechora fecundidad. Nuestro Predecesor de feliz memoria, los recordó en magistrales páginas que los católicos ocupados en las cuestiones sociales deben estudiar y tener siempre ante sus ojos. Enseñó especialmente que la democracia cristiana debe ‘mantener la diversidad de clases propia, ciertamente, de la ciudad bien constituida, y querer para la sociedad humana la forma y carácter que Dios, su autor, ha impreso en ella’. Condenó ‘una democracia que llega al grado de perversidad de atribuir al pueblo la soberanía de la sociedad y perseguir la supresión y nivelación de las clases’”

Continuando, enfatiza:

“Aunque Jesús fue bueno para con los extraviados y pecadores, no respetó sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los amó a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si llamó junto a Sí, para consolarlos, a quienes padecen y sufren, no fue para predicarles la envidia de una igualdad quimérica; si enalteció a los humildes no fue para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia”

¿Con qué palabras iluminaría la Santa Iglesia el mundo que daba a luz las siniestras revoluciones de comienzo del siglo XX, con el aroma a pólvora en el aire y los puños crispados?

El 1 de noviembre de 1914, Benedicto XV afirma en su encíclica Ad beatissimi:

‘‘Contra aquellos que han sido favorecidos por la fortuna o han alcanzado alguna abundancia de bienes con su trabajo, se levantan encendidos en malevolencia los proletarios y obreros, porque, aun cuando participan de la misma naturaleza, no se encuentran, sin embargo, en la misma condición. Evidentemente, una vez infatuados como están por las jaladas de los agitadores a cuya influencia suelen someterse totalmente, ¿quién los convencerá de que del hecho de que todos los hombres son iguales por naturaleza no se sigue que todos deban ocupar igual situación en la sociedad, sino que, a no ser que algo lo impida, cada uno tendrá la situación que haya alcanzado para sí mediante su comportamiento? Así, los pobres que luchan contra los ricos como si éstos se hubieran apoderado de bienes ajenos, no solo actúan contra la justicia y la caridad, sino también contra la razón, sobre todo considerando que, si quieren, pueden alcanzar para sí una fortuna mejor mediante su honesta competencia en el trabajo. No es necesario declarar cuáles y cuántas calamidades engendra esta odiosa rivalidad entre clases, no sólo para los individuos sino también para el conjunto de la sociedad”

Y prosigue:

“Ciertamente no tendrá fuerza ese amor para hacer desaparecer las diferencias de condición entre las diversas clases sociales, así como no es posible hacer que todos los miembros de un cuerpo viviente tengan la misma función y dignidad; sin embargo, conseguirá que quienes están en situación superior desciendan, en cierto modo, hasta los inferiores, y que se comporten con ellos no sólo con justicia, como conviene, sino también benigna, amable, pacientemente. Alégrense por su parte los inferiores de la prosperidad de aquellos y tengan confianza en su auxilio, así como el menor de los hijos de una familia descansa en la protección y amparo del mayor”

Con la revolución soviética atizando las brasas que los infiernos habían encendido en los corazones de la entreguerra, Su Santidad Benedicto XV se dirigía a Mons. Marelli, Obispo de Bérgamo, en su carta Soliti Nos, del 11 de marzo de 1920, en estos términos:

“Quienes son de inferior posición social y fortuna, entiendan perfectamente esto: que la variedad de categorías existentes en la sociedad civil proviene de la naturaleza y de la voluntad de Dios. En conclusión, debe repetirse: porque Él mismo hizo al pequeño y al grande (Sb. VI, 8), sin duda para mayor provecho de cada uno y de la comunidad. Que ellos mismos se persuadan de que, por más que mediante su esfuerzo y favorecidos por la fortuna hayan alcanzado situaciones mejores, siempre restará para ellos, como para todos los hombres, una parcela no pequeña de padecimientos; por lo cual, si son juiciosos, no aspirarán en vano a cosas más altas que las que puedan, y soportarán con paz y constancia los inevitables males, en la esperanza de los bienes eternos.”

Luminosas serán, en tiempos de oscurantismo igualitario y nauseabundas herejías las santas palabras de S.S. León XIII en Humanum genus, del 20 de abril de 1884:

“Que todos los hombres, sin excepción, son iguales entre sí, es cosa que nadie duda, si se considera que el origen y la naturaleza son comunes, que cada uno debe alcanzar el mismo fin último, y que de aquí emanan naturalmente los mismos derechos y obligaciones; pero, una vez que no pueden ser iguales las cualidades naturales de todos, y cada uno es diferente del otro – sea por las facultades espirituales, sea por la fuerza física -; y que son muchísimas las diferencias de costumbres, gustos, y maneras de ser; nada repugna, pues, tanto a la razón como pretender reducir todas estas cosas a una misma medida y trasponer esta igualdad tan absoluta a las instituciones de la vida civil”

¿Qué dirá el Pastor Angélico, S.S. Pio XII, en los dolorosos días de la Segunda Guerra? En su radiomensaje de Navidad de 1942, nos recuerda:

“Si la vida social supone unidad interior, no excluye, sin embargo, las diferencias que la realidad y la naturaleza favorecen. Pero cuando se apoyan firmemente en Dios, supremo Legislador de todo aquello que se refiere al hombre, tanto las semejanzas como las diferencias entre los hombres encuentran su adecuado lugar en el orden absoluto del ser, de los valores y, por consiguiente, también de la moralidad. Por el contrario, minado este fundamento, se abre entre los diversos campos de la cultura una peligrosa discontinuidad, aparece una incertidumbre e inseguridad de contornos, de límites y de valores”

El 31 de octubre de 1948 el Santo Padre de la postguerra se dirige a los trabajadores de la Fiat con estas palabras:

“La Iglesia no promete aquella absoluta igualdad que otros proclaman, porque sabe que la convivencia humana produce siempre y necesariamente toda una escala de graduaciones y diferencias en las cualidades físicas e intelectuales, en las disposiciones y tendencias interiores, en las ocupaciones y responsabilidades; pero, al mismo tiempo, asegura la plena igualdad dentro de la dignidad humana, bien como en el corazón de Aquel que llama a Sí a todos los que están fatigados y agobiados”

Luego, el 4 de junio de 1953 a un grupo de fieles de la parroquia de Marsciano, Perusa, Italia, en medio de la guerra fría y la propaganda y agitación soviética:

“Es necesario que os sintáis verdaderamente hermanos. No se trata de una simple alegoría: sois verdaderamente hijos de Dios, sed, pues, realmente hermanos entre vosotros.

“Ahora bien, los hermanos no nacen ni permanecen todos iguales: unos son fuertes, otros débiles; algunos inteligentes, otros incapaces; tal vez alguno sea anormal o llegue a volverse indigno. Es, por tanto, inevitable una cierta desigualdad material, intelectual y moral dentro de una misma familia. (…) Pretender la igualdad absoluta entre todos sería como querer dar idéntica función a los diversos miembros del mismo organismo”

Cerramos con las permanentes recomendaciones para los autollamados demócratas sociales o cristianos y escritores pretendidamente católicos pero ocultamente igualitarios, consignadas en la carta de la Sagrada Congregación del Concilio del 5 de junio de 1929 a Monseñor Achille Liénart, obispo de Lille, recordándole los principios doctrinarios de la Iglesia en cuanto a las cuestiones sociales, en las ideas y la práctica, dictados por la suprema autoridad eclesiástica:

«“Quienes se ufanan del título de cristianos, tomados aisladamente o agrupados en asociaciones, nunca deben, si tienen conciencia de sus deberes, mantener enemistades y rivalidades entre las clases sociales, sino la paz y la caridad mutua” (Pío X, Singulari quadam).

“En cuanto a los escritores católicos, guárdense bien, al tomar la defensa de la causa de los obreros y de los pobres, de emplear un lenguaje que pueda inspirar al pueblo aversión hacia las clases superiores de la sociedad… Que recuerden que Jesucristo quiso unir a todos los hombres con el lazo de un amor recíproco, que es la perfección de la justicia, y que entraña la obligación de que trabajen unos y otros por su mutuo bien” (Instrucción de la Sagrada Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, 27 de enero de 1902).

“Quienes presiden esta clase de instituciones (las que tienen por finalidad promover el bien de los obreros) deben recordar… que nada es más conveniente para asegurar el bien general que la concordia y la buena armonía entre todas las clases sociales, y que la caridad cristiana es el mejor lazo de unión entre todas ellas. Muy mal trabajarían, por tanto, para el bien del obrero quienes, pretendiendo mejorar sus condiciones de existencia, no le ayudaran sino a conquistar los bienes efímeros y frágiles de este mundo, descuidaran el preparar a los espíritus para la moderación mediante el recuerdo de los deberes cristianos, y, mucho más aún, si llegaran hasta excitar la animosidad contra los ricos, entregándose a esas declamaciones amargas y violentas, por medio de las cuales hombres extraños a nuestras creencias tienen la costumbre de lanzar las masas a la subversión de la sociedad” (Benedicto XV, al obispo de Bérgamo, 11 de marzo de 1920)»

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