Las creencias y la indiferencia

Es necesario decirlo, porque nunca llegaremos a penetrarnos demasiado de esta verdad: todo sale de las doctrinas. Las costumbres, la literatura, las constituciones, las leyes, la felicidad de los Estados y sus desastres, la civilización o su barbarie, y esas crisis espantosas que hacen desaparecer pueblos o que los renuevan, según haya en ellos más o menos resto de vida.

El hombre no obra sino porque cree, y los hombres reunidos y formando cuerpo obran siempre conforme a lo que creen, porque las pasiones de la multitud están determinadas también por su creencia. Si esta es pura y verdadera, la tendencia general de las acciones es recta y están en armonía con el órden. Si es errónea, las acciones al contrario se depravan, porque el error vicia, y la verdad perfecciona. Esto se hizo sensible en el principio del cristianismo cuando puestas al lado una de otra la Religión de los sentidos y la Religión del espíritu en una misma sociedad, los ojos podían a cada hora comparar sus efectos, al mismo tiempo que la razón comparaba sus doctrinas.

De aquí se sigue primeramente que no hay, con respecto a la sociedad, doctrina alguna indiferente en religión, en moral, en política; y en segundo lugar, que la indiferencia considerada como un estado permanente del alma es opuesta a la naturaleza del hombre y destructiva de su ser.

Ya las naciones paganas conocían bien que la estabilidad de los estados dependía de la estabilidad de la creencia. Veamos por ejemplo el juramento que hacían los jóvenes atenienses en el templo de Agraule: “Juro pelear hasta morir por los intereses de la religión y de la Patria, y que constantemente viviré en la fe de mis mayores”.

Catón temía tanto la introducción de la filosofía griega en su patria porque preveía que los romanos, aprendiendo a disputar sobre todo, acabarían por no creer nada. Y los hechos justificaron plenamente sus temores. Los filósofos, aunque desterrados muchas veces de Roma, triunfaron al fin de la resistencia de las leyes, de la prudencia del Senado, y aún de los mismos destinos de la Ciudad eterna. Algunos sofistas, armados de la duda, hicieron lo que no habían podido conseguir las fuerzas del mundo entero, vencieron con opiniones a aquella República soberbia que había vencido a toda la tierra, y es un hecho digno de la más atenta consideración que todos los imperios cuya historia es conocida, y que el tiempo y la prudencia habían consolidado y afirmado, fueron trastornados por los sofistas.

Los grandes trastornos en el órden político van siempre unidos con iguales trastornos en las opiniones, y el secreto de conmover los pueblos es el arte de persuadirlos: cuanto más viva es esta persuasión, más poderosa la acción que resulta de ella. Mahoma persuade a algunos árabes de que su cimitarra debe someter al mundo al Corán, y en menos de un siglo la media luna se yergue desde las orillas del Éufrates a las del Ebro. Lutero y sus discípulos persuaden a una parte de Europa de que la Soberanía reside en el pueblo, y bien pronto la sangre de los Reyes corre sobre los caldalsos.

La lógica de las naciones es tan rigurosa como la misma verdad de Dios. Un individuo puede retroceder al ver ciertas consecuencias; la sociedad nunca. Una cosa más fuerte que el horror de su destrucción la arrastra, y aún pereciendo, obedece a la ley general conservadora de los seres inteligentes, a esa razón imutable y universal que forma, por decirlo así, el fondo de todos los espíritus, y cuya rectitud inflexible no puede alterarse por cosa alguna, bien sea que se aplique al error o a la verdad.

En toda doctrina hay necesariamente verdad o error; luego toda doctrina influye o en bien o en mal de la sociedad; luego no hay doctrina alguna que sea indiferente para ella, a menos que se diga que el vicio y la virtud, el orden y el desorden son cosas indiferentes. La mayor prueba de la existencia de esa ley es que tarde o temprano obliga a salir de su principio las consecuencias más extremas, porque cuesta menos al orgullo confesarlas, y alguna vez a las conciencias practicarlas, que le cuesta el negarlas a la razón.

En los tiempos llamados bárbaros el cristianismo había afirmado y templado el poder, santificado la obediencia, establecido las verdaderas relaciones sociales, purificado las costumbres y muchas veces también suplía por las leyes. Él enriqueció a Europa con instituciones admirables, que llenando el vacío siempre inmenso que dejan las instituciones políticas, por el dulce influjo de una caridad pródiga en beneficios, estrecharon con el Estado la clase inmunerable de los desgraciados.

Gracias al imperio que ejercía sobre las ideas y más aún sobre los corazones el hombre llegó a ser sagrado para el hombre. Hubo sin duda pasiones, y por consiguiente crímenes y delitos, pero la Religión sabía hacer brotar de ellos por medio del arrepentimiento nuevas virtudes. Las acciones sujetas a la regla invariable de las obligaciones lo mismo que los pensamientos se dirigían en su mayor parte al bien general, y esto es lo que caracteriza aquella época. El que era poderoso lo era para bien del débil, y el rico para favorecer al pobre.

Se dejaba al orden existente perfeccionarse poco a poco por sí mismo, y cada uno en su esfera se dedicaba a remediar el mal particular que más llamaba su atención. De aquí, además de esas limosnas pasajeras y diarias, tantos establecimientos permanentes erigidos en favor de la indigencia, que se levantaban a cada paso en las ciudades, en los campos y en los caminos públicos, como otros tantos arcos triunfales de la caridad.

Entonces no se creía haber cumplido todos los deberes de la humanidad alargando un pedazo de pan a un miserable. Se sabía que un ser sensible e inteligente no vive sólo de pan, y que los dolores físicos no son los más penosos. Una doctrina eminentemente espiritual y compasiva produjo una nueva especie de conmiseración sublime, ocupada constantemente en recoger los entendimientos extraviados y distribuirles con medida un alimento saludable.

No menos noble en sus emociones que inagotable en sus recursos, la piedad no se extendía únicamente a las necesidades de los cuerpos: las almas enfermas, los corazones lastimados, tuvieron también sus hospicios, y las creencias establecidas obrando a un tiempo sobre los Gobiernos y sobre las Naciones, la sociedad se halló gobernado por un poder de amor.

Es inútil observar que al recordar el influjo de la Religión sobre los destinos del género humano en esta época considero únicamente sus efectos generales, permanentes y uniformes en todas las regiones, sin que por eso ignore en cuántas circunstancias fue turbada la felicidad pública, ya por las pasiones particulares, ya por las opiniones más o menos opuestas a las doctrinas recibidas y bajo este respeto, la mayor parte de las calamidades, cuya noticia nos conserva la historia de aquel tiempo, confirman singularmente lo que hemos dicho acerca del poder absoluto de la creencia sobre los hombres reunidos en un cuerpo; porque entre todas estas calamidades, las que se pueden atribuir al pueblo, o a una parte de él, nacieron de algún error religioso o político en que estaba imbuida la multitud.

Sin embargo, a pesar de los desórdenes parciales, y de algunos extravíos, Europa adelantaba en perfección, a la cual el cristianismo llama a los pueblos como a los individuos, cuando la Reforma vino súbitamente a detener sus progresos, y a precipitarla en un abismo donde ella se hunde de día en día.

¿Cómo se hizo esta revolución? Por una variación total en las doctrinas. Al principio de autoridad, base necesaria de la fe religiosa y social, se sustituyó el principio de examen; es decir, se puso a la razón humana en lugar de la divina, o al hombre en luguar de Dios. El hombre entonces vino a ser enemigo del hombre, porque creyéndose cada uno Soberano de derecho así en el órden político como religioso, aspiró de hecho a la Soberanía, y quiso establecer el reino e imperio de su razón particular, y poder particular; pretensión absurda, pero consiguiente, y que inevitablemente debía terminar en la servidumbre política y anarquía religiosa que en verdad es hacerse esclavo de todos los errores. Tal fue la causa de las guerras furiosas que inundaron de sangre a Alemania, Bohemia, Francia, Inglaterra y los Países Bajos, entre otros.

Se había negado la autoridad; al primer paso se sacudió el yugo de la obediencia, y cada nueva negación condujo a una nueva destrucción. Negando el Sacrificio, se destruyó el culto, y los monumentos de él; negando el libre albedrío y la vida futura, se destruyeron las obligaciones; negando en fin a Dios, se destruyó todo, leyes, sociedad, el hombre mismo.

Hemos de reconocer, pues, que no hay doctrina alguna indiferente para la sociedad, para concluir que la indiferencia es opuesta a la naturaleza del hombre, que es esencialmente sociable.

Juzgar y creer, amar y aborrecer, son actos inherentes a la naturaleza de los seres inteligentes y racionales. Este es su modo esencial de existir. Despojarlos de él es aniquilarlos. Quitando el deseo o el amor se destruye la voluntad; quitando al convicción, la fe o la conformidad de la razón a una verdad y se destruye el entendimiento. Porque ser inteligente es juzgar, es pronunciar que son buenos o malos, que hay bien o mal, verdad o error en los objetos o en las ideas que el alma considera.

Nuestra razón sin duda puede engañarse porque es finita, limitada, imperfecta, y mil causas extrañas concurren también a turbarla: juzga mal porque no ve más que una parte de lo que debería ver para juzgar bien, o no lo ve sino entre sombras que lo oscurecen. Sin embargo, aún entonces no queda indiferente, necesariamente juzga según lo que percibe o cree percibir.

“Yo no temo asegurar, no temo afirmar que nada se halla de este género, nada hay indiferente ni en la naturaleza, ni en las leyes, ni en las costumbres, ni en las ciencias, ni en las artes, y con mucha más razón en la Religión… En todo hay verdadero y falso, bien y mal, orden y desórden: bien y mal moral, bien y mal filosófico, político, literario, oratorio, poético, etc. Bien y mal en las leyes y en las artes, en las costumbres y en los modales, en los procedimientos y en las opiniones, en la especulativa y en la práctica” (Bonald, “Sobre la tolerancia de las opiniones”. El espectador francés en el siglo XIX, t. IV. pág. 69 y 71).

Así en realidad el hombre no es indiferente sino respecto a lo que ignora, o a lo que no existe para él. Él está en relación de amor o de odio con todos los objetos de sus pensamientos, y a veces se aferra más a sus opiniones que a su misma vida. El dominio de la indiferencia se estrecha y reduce a proporción que la inteligencia se dilata y desenvuelve. Dios sobre ninguna cosa es indiferente, porque lo conoce todo: al contrario la materia es indiferente a todo, porque nada conoce.

El hombre, colocado entre estos dos extremos, es más o menos indiferente según que conoce más o menos. Es decir, según que se acerca más a los seres puramente materiales o al Ser soberanamente inteligente: de donde nace que el materialismo conduce a la indiferencia especulativa, y por consiguiente al embrutecimiento, al paso que la Religión, elevando al hombre hacia Dios y familiarizándole con los pensamientos más sublimes, y las doctrinas más espirituales, perfecciona infinitamente su inteligencia y no le permite ser indiferente sobre nada de lo que esencialmente le interesa.

Cuando un pueblo llega a la indiferencia absoluta hacia la verdad, su fin está muy cercano. Esta es la señal menos equívoca de la decrepitud de las naciones. En su indolencia apática se asemejan a un viejo que ha perdido hasta la memoria, y sólo falta destruír en él algunos órganos gastados, cuya descomposición acaba de día en día las causas naturales.

La irreligión nace de las autoridades o de los que las rodean, y de allí viene a derramarse de uno en otro hasta las últimas clases de la nación. El pueblo, más adicto y firme en sus creencias, porque tiene menos motivo para desear que sea falsa, resiste por largo tiempo a la influencia de las clases superiores. Defiende con su conciencia su fe, que se ve atacada con sutilezas, y en lo íntimo de su corazón rodea con un muro sagrado sus esperanzas y consuelos. Pero si una vez llega a sucumbir, cuando a fuerza de corromperle se le ha hecho figurarse nuevos intereses; cuando los vicios más feos y vergonzosos vienen a formar sus costumbres habituales, sin que los remordimientos turben su sueño; cuando los premios y castigos de la otra vida ya le parecen preocupaciones de la niñez; en una palabra, cuando la Religión ha perdido para él su realidad, e ignora igualmente los dogmas y los preceptos; cuando se ríe con desprecio al solo oír el santo nombre de Dios, entonces ¿queda algún medio en lo humano para llevar a este pueblo a la creencia de la verdad y a la práctica de la virtud? De seres tan degradados, ¿se puede todavía formar hombres?

(Ensayo sobre la indiferencia en materia de religión. Abate Lamennais. Compilación de 1826. Tomo I)

Tagged with:     , , , , ,

About the author /


Boanerges | Resistencia Católica. Para instruir en la sana doctrina y contradecir a quienes la niegan. "Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam" | www.elboa.org

Related Articles

Suscríbase a la Resistencia

Suscríbase a la Resistencia

Únase a nuestro apostolado y reciba gratis en su correo todas nuestras actualizaciones, libros y novedades. Rezaremos por todos nuestros suscriptores, familias y actividades.

Galerías Visuales

    BOANERGES | Resistencia Católica

    Para defender la sana doctrina y combatir a quienes la contradicen | Salve, Roma! In te aeterna stat historia, Inclyta, fulgent gloria Monumenta tot et arae. Non praevalebunt horrendae portae infernae, Sed vis amoris veritatisque aeternae.

    Sitio Certificado y Verificado

    elboa.org Webutation
    A %d blogueros les gusta esto: