La virtud de la Fortaleza

La Fortaleza, según San Agustín, es un amor de Dios que ningún trabajo puede entibiar. Entre todas las cosas, dice este Padre, que el hombre posee en esta vida, el cuerpo es el que, por una disposición justísima de Dios, está más firmemente unido a él. Por un efecto del primer pecado teme al trabajo y dolor, y mucho más a la muerte, porque aquellos debilitan y esta rompe el nudo de una unión tan amable.

Pero si el alma llega a conocer por la fe que usando de su cuerpo como debe, algún día lo tendrá bajo su dominio, entonces inflamada de un gran amor divino no sólo no teme a la muerte, sino que hasta la desea con ansia.

Nada hay tan fuerte, ni tan invencible, que no ceda al amor de Dios. Por eso el alma transportada de este amor anhela unirse con la Divinidad, vuela generosa y libremente sobre todos los tormentos con aquellas alas purísimas con que el casto amor se eleva hasta el seno de Dios.

La virtud de la fortaleza se puede definir como un amor de Dios o una virtud cristiana que fortifica al alma para que busque su verdadero bien, que es Dios, contra el temor de los males y de la muerte misma, a fin de que así llegue a gozar de este bien soberano. Su propio carácter es sostener al cristiano en el cumplimiento de sus obligaciones en medio de los peligros más espantosos, de las pruebas que tiene que sufrir en esta vida, y de los combates que ha de sostener contra los enemigos de su salvación, así como para moderar el temor de los males y sobre todo el de la muerte, e inspirar un generoso desprecio de todos ellos y hacer que los prefiera antes que el menor pecado.

Esta virtud nace de la gracia de Jesucristo. Su objeto es combatir por la defensa de las virtudes cristianas, como por ejemplo de la fe, de la caridad en orden al prójimo, del amor a la Santa Iglesia, a la verdad, a la castidad. Su fin principal es agradar a Dios, hacer su voluntad y poseerlo en la eternidad.

Los oficios de la Fortaleza, según San Ambrosio, son reprimir la cólera, no ablandarse por el atractivo de los placeres sensuales, no turbarse en la adversidad, no engreirse en la prosperidad, conservar y defender la hermosura y lustre de las demás virtudes y preferir la muerte antes que cualquier acción vergonzosa e indigna de un cristiano.

La fortaleza de los justos, en sentir de San Gregorio Magno, consiste en vencer la carne, en combatir contra su propensión a los deleites, superar el temor a la adversidad, y despreciar lo que hay más molesto y repugnante a la naturaleza en este mundo por conseguir la recompensa eterna.

San Máximo dice que es victorioso aquel que muere por la Fe, cuando sería vencido viviendo sin ella. Y San Paulino llama santo orgullo a no dejarse controlar por los bienes ni por los males.

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