La Virgen del Brezo

Era el año 1478 cuando dos sencillos y jóvenes pastores, llamados Pedro y Diego, dormían en la ciudad de Cáceres (España), después de haberse ocupado durante todo el día de su atender su oficio. De pronto se despertaron los dos sobresaltados, al mismo tiempo, y coincidieron en que habían visto a una hermosa señora bondadosa, que quería decirles algo. Y comentaban esto cuando ya bien atentos escucharon una voz que les decía:

– Quería deciros a ambos, que agradecida de vuestra virtud y piedad quiero manifestaros mi predilección y cariño, encomendándoos una comisión que ha de llenar de pura alegría y de santo júbilo vuestros tiernos corazones.

Los pastores, con algún temor, prestaron atención a lo que la voz que dijo ser de la Virgen María les siguió diciendo:

– Pronto la luz del alba vendrá a disipar las tinieblas de la noche. Vosotros entonces en lugar de llevar como otras veces a apacentar vuestros ganados, en dulce compañía arreglareis vuestras alforjas y dirigiréis vuestros pasos hacia la villa de Cervera del río Pisuerga. En las montañas de Liébana buscaréis una fuente que llaman los naturales de aquel país ‘Fuente del Brezo’. Cuando os encontréis allí, Yo os diré de qué modo se ha de levantar en aquel sitio un templo donde reciba veneración como Madre, que soy cariñosa de todos los buenos cristianos. Nada más me resta que deciros que confiéis siempre en mi poderosa protección.

Los dos guardaron silencio por un rato después de oír aquello, hasta que Pedro interrogó con la mirada a su compañero, que dijo que era claro lo que les había manifestado la Santísima Virgen, y ambos pensaron que no debían oponerse a su sagrada voluntad. Sin embargo, no querían actuar precipitadamente, yendo a un lugar tan lejano y dejando a sus ovejas sin estar seguros de lo que había ocurrido. Por lo tanto pasaron el día hablando de los sucesos de aquella noche, hasta que volvió a oscurecer, fueron a dormir, y otra vez se despertaron a la misma hora que el día anterior.

Escucharon nuevamente la voz, que esta vez les dijo:

– En verdad debería reñiros por vuestra incredulidad y desconfianza. Por segunda vez os encargo que mañana al amanecer os encaminéis hacia el antiguo reino de León, y en las montañas de Liébana busquéis la Fuente del Brezo. espero que me obedezcáis.

Decididos a obedecer, pensaron que sería mejor avisarle a algunos conocidos de lo que estaba ocurriendo, y fueron a ver a varias personas para contarles el relato de cómo habían visto en sueños a una hermosísima Señora que después les había hablado en vigilia, y lo que les había pedido. Pero algunos de ellos les recomendaron que esperasen más tiempo a ver si volvía a repetirse aquella petición, y así lo hicieron.

En la noche de aquel mismo día la Madre del divino Salvador apareció una vez más, y reprendiéndoles con bondad por sus dudas e irresolución les amenazó con negarles sus favores si continuaban incumpliendo sus órdenes. Finalmente estas palabras les movieron a partir. Fueron primero a ver al Obispo del lugar, le contaron todo y pidieron su bendición para emprender camino. Las palabras del piadoso religioso fueron:

– Id con Dios, dichosas criaturas. La Soberana de los Cielos os proteja y os muestre siempre ese cariño y predilección que merecéis sin duda por vuestra honradez y nobles sentimientos. Tal vez el mal espíritu, envidioso de vuestra buena suerte, procure presentaros mil obstáculos para que no cumpláis las divinas órdenes. Tal vez procure pervertiros, arrebatando de vuestros puros corazones la sencillez e inocencia que se halla en ellos, y que tan acreedores os hacen a los celestiales favores de la excelsa Reina de los Ángeles. Si sois siempre verdaderos cristianos, si continuais piadosos suplicando a vuestra protectora que no os desampare y os guíe en todos los peligros hasta el lugar que os ha indicado, no dudéis que un día, llenos de contento y alegría, la veréis que se os aparece de nuevo para daros las gracias por haber cumplido dignamente vuestra consoladora misión.

Finalmente iniciaron el fatigoso viaje, hasta que se adentraron por las agrestes colinas de la zona a la que les habían mandado, y llegaron a la Fuente del Brezo salvando varios precipicios y atravesando peligrosos riscos. Después de esforzarse lograron encontrar un arroyo que se infiltraba en un terreno áspero y pendiente, y siguiendo su cauce pudieron descubrir la fuente que desde aquel día sería un rico manantial de gracias y favores celestiales. Llegados allí decidieron esperar nuevas órdenes de Nuestra Señora. Se armaron un pequeño refugio donde protegerse de los peligros del lugar para pasar la noche, y decidieron no temer nada porque estaban protegidos por Ella.

Pronto fueron una vez más despertados, pero para su gran alegría no sólo escucharon la voz misteriosa, sino que vieron a la hermosa señora que risueña y bondadosa les dijo:

– Gracias, Diego; gracias, Pedro. Vuestras virtudes, vuestra acrisolada piedad os ha hecho merecedores de la alta dicha de ser los primeros que me rindáis culto en estas soledades, delante de una imagen sagrada que mañana a primera hora veréis rodeada de brillantes luces en este mismo sitio. Luego que la hayáis recogido, uno de vosotros irá a avisar a las gentes para que todas vengan a venerarla, manifestándoles que es mi santa voluntad que se me edifique aquí un templo donde siempre oiré gustosa sus plegarias, socorriéndoles en todas sus necesidades y salvándoles de todos los peligros.

Y la promesa de la augusta Emperatriz de los cielos se ha cumplido, pues siempre que sus fieles han acudido al santuario que le erigieron los primeros cristianos que disfrutaron de la misma dicha de los pastores, encontrando tan precioso tesoro, siempre han salido consolados y bendiciendo a la cariñosa Madre del Dios Todopoderoso. A partir de entonces fueron innumerables los milagros que obró la Santísima Virgen bajo el glorioso título de Nuestra Señora del Brezo.

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