La Virgen de Coutances

Sufría el venerable Obispo de Coutances, Godofredo de Mombray, debido a que la Soberana de los Cielos no tenía en su diócesis un templo magnífico y suntuoso, que sirviese también de catedral y fuese digno palacio de la Señora, donde recibir a sus fieles y devotos, escuchando sus súplicas y plegarias.

– Yo os prometo, Virgen Santa – exclamó un día que se hallaba vivamente preocupado con esta idea -; yo os prometo que a Vos en particular he de dedicar ese templo si con vuestro podero auxilio encuentro los medios de dar comienzo cuanto antes a su construcción.

En la noche de aquel mismo día en que dirigiera el piadoso prelado esta invocación a la amorosa Madre de los cristianos, la vio en sueños y oyó que le dirigía así la palabra:

– ¡Ten confianza en el cielo, piadoso Godofredo! Mucho me honra tu deseo, y la madre del Dios todopoderoso ejercerá la influencia que tiene sobre su amado Hijo para que halles medios de edificar el templo que me has prometido y que yo acepto con gusto.

Después de decir esto la celestial Señora, desapareció la visión y se levantó apresurado del lecho el venerable Obispo. Hincó sus rodillas en tierra, dirigió su vista ante la preciosa imagen de la Virgen que tenía en su aposento, y lleno su corazón de una pura y santa alegría prorrumpió en alabanzas y bendiciones a la Excelsa Reina de los Ángeles.

No pasó mucho tiempo sin que la Virgen Santísima, cumpliendo lo que prometiera, le diera los recursos necesarios para que pudiera edificar una magnífica catedral. De hecho pocos días después de que viera a la Señora, los valientes caballeros Tancredo y Roberto Guichard de Hauteville, enviaron al ilustre Obispo un tesoro que habían encontrado en uno de sus enfrentamientos contra los sarracenos. 

“Puesto que milagrosamente se ha encontrado este tesoro que os remitimos, y siempre habéis manifestado tan ardiente deseo de fabricar a la augusta Emperatriz de los Cielos una suntuosa catedral o magnífico templo, empleado en obra tan cristiana y piadosa. La Virgen Santísima, que ve nuestra devoción, el sincero afecto que le profesamos, oirá vuestra voz que os suplicamos elevéis hasta Ella, pidiéndole su protección y auxilio para que podamos vencer y derrotar a nuestros numerosos enemigos, los impuros hijos de Mahoma”, le dijeron los nobles caballeros al entregarle la inmensa riqueza que habían hallado. 

Gracias a tan poderosos recursos, y a la incansable actividad y piadoso celo de Godofredo, la catedral se construyó en poco tiempo, a pesar de la magnificencia con que quiso adornarla. Pronto la amorosa Madre de los cristianos tuvo en la nueva iglesia un precioso altar, en el que colocada su sagrada imagen recibía culto y veneración de sus fieles devotos. 

Los infinitos favores que dispensó a estos en todas las épocas, los milagros y prodigios con que quiso manifestar a la gente del país cuánto agradecía el amor religioso que le profesaba su venerable pastor y el agrado con que había visto el templo recién construido al que con tanta frecuencia acudían a bendecirla y alabarla, hicieron que por doquier se extendiera la fama de la Virgen de Coutances. 

Sin cesar llegaban a su hermosa catedral numerosos peregrinos, que de lejanas tierras acudían a visitar y venerar a Nuestra Señora, así como a admirar la magnífica obra debida a la piedad de Monseñor Godofredo de Mombray. Éste, agradecido a los ilustres caballeros de Hauteville, que le enviaran tan grande tesoro para la edificación del hermoso templo, mandó fabricar y colocar después a su alrededor trece estatuas representando a Tancredo la primera, a Roberto la segunda, y las restantes a sus demás hermanos. 

Catedral de Coutances.

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