La traslación de San Isidro

El cuerpo de San Isidro Labrador estuvo enterrado en la sepultura del Cementerio de San Andrés cuarenta años, sin que nadie lo visitase ni apreciara el sagrado tesoro de sus reliquias. Murió muy pobre, y fue olvidado por los hombres. Tanto fue así, que cuando llovía pasaba un arroyuelo de agua por encima de la tumba, y con el paso de los años la atravesó por completo. La corriente de agua se fue llevando poco a poco la tierra, hasta que casi se llegó a descubrir el santo cuerpo. Pero Dios, que tiene puestos Sus ojos en los justos, dispuso que volviese San Isidro a la memoria y veneración del mundo por un medio milagroso. 

Cerca de la iglesia de San Andrés vivía un labrador honrado, de quien San Isidro había sido amigo en vida. Estando este recogido de noche, se le apareció el santo y le dijo que fuese a ver a los clérigos y feligreses de aquella parroquia, y les dijese que mandaba Dios que sacasen su cuerpo de la sepultura del cementerio, donde estaba enterrado, y le trasladasen a un lugar más decente dentro de la misma iglesia de San Andrés. 

El labrador, acordándose de la humildad y pobreza de su amigo en vida, pensó que aquello era mucho pedir para un pobre labrador. Quiso creer que aquella aparición sería un sueño, y sin fe ni ánimo, decidió no poner en ejecución lo que el santo le había pedido de parte de Dios. No llegó a contarlo a nadie entonces, porque le acometió una grave enfermedad, que no le dejaría levantar de la cama hasta el día de la traslación del santo. 

Llegó el 1 de abril de 1212, y se apareció una segunda vez San Isidro, esta vez a una mujer, vecina también de Madrid. Se había retirado a descansar la virtuosa matrona, cuando aún despierta vio ante sí al milagroso Labrador, que con semblante de gloria alegraba sus ojos y llenaba de dulzura su corazón. Se acercó más a ella, y con afabilidad celestial le dijo, como al hombre anterior, que era voluntad divina que su cuerpo fuese trasladado a un lugar honorífico, dentro de la iglesia de San Andrés. Que fuese cuanto antes y se lo dijera al clero y al pueblo de esa parroquia. 

La buena mujer esperó con impaciencia que llegara el día y cumplir lo que le encomendaran. Amaneció el mencionado 1 de abril, y sin dilación fue a contarle al sacerdote y otros religioso y parroquianos de mayor autoridad lo que había sucedido. Corrió el aviso, y juntándose muchas personas eclesiásticas y seculares de probado juicio y prudencia, empezaron a conferenciar sobre el caso. Unos referían allí las virtudes y milagros del Siervo de Dios Isidro, que habían oído relatar a muchos que le conocieron en vida. Otros, más ancianos, contaban lo que por sí mismos habían visto y experimentado cuando él vivía, reflexionando ahora con cuidado en lo que habían cuidado tan poco. Y otros más mencionaban la virtud de la buena matrona, que era notable en honestidad y digna de todo crédito. Así, se pusieron de acuerdo y unánimemente decidieron trasladar el cuerpo. 

En ese tiempo se hallaba en Madrid la Corte del Rey Alfonso VIII, y le asistía el sabio Arzobispo de Toledo, Don Rodrigo Jiménez de Rada. El ilustre Prelado había ido a buscar el año anterior, en 1211, a una hija de Valde II, llamado el Valeroso, Rey de Dinamarca, con la cual debía casarse Don Fernando, Príncipe de Castilla. Pero el joven murió el viernes 14 de octubre del mismo año en Madrid, y cuando el Arzobispo se enteró en el camino, regresó a España pasando antes por Roma. Allí consiguió el Sumo Pontífice el Jubileo de Cruzada para la gran expedición que se estaba formando contra los sarracenos. Llegó luego a Madrid al mismo tiempo en que San Isidro vino desde el Cielo a solicitar sus honores. 

Como era una buena ocasión, el sacerdote y los clérigos y principales de la parroquia fueron a ver al Arzobispo para contarle la aparición. Le refirieron la vida y milagros del Siervo de Dios, y recibieron la licencia para trasladar el venerable cadáver, lo que se hizo esa misma tarde.

Asistió el Arzobispo con la principal clerecía y nobleza de Madrid, junto a muchos guerreros que se preparaban para la Cruzada. Fueron todos al cementerio, comenzaron a cavar, y como la corriente de las lluvias se había llevado tanta tierra del sepulcro, pronto encontraron el cuerpo del santo varón, tan entero e incorrupto como el día en que lo enterraron. La cabeza estaba poblada de cabello, el rostro lleno, los huesos cubiertos de carne, y todo tan sano como si la tierra y el agua, en lugar de descomponerlo rápidamente como debiera haber ocurrido, hubieran sido bálsamo y mirra dispuestos para su conservación. 

Hasta la pobre sábana en que fue amortajado estaba limpia y entera. Del cuerpo y la mortaja salía un olor como de incienso, tan agradable, que confortaba los ánimos de los presentes. Sacaron con mucha reverencia los santos restos, y los pusieron en una urna decente, a la vista pública. Quienes lo pudieron ver entonces prorrumpieron en demostraciones de alegría, y se juntaron muchos a celebrar tan maravilloso descubrimiento, derramando lágrimas de alegría. Pasaron en procesión el sagrado cuerpo a la iglesia, donde lo colocaron con la debida honra y decencia en una tumba entre el altar de San Andrés y el colateral de San Pedro, donde permaneció mucho tiempo e hizo numerosos milagros. 

Esto fue así desde el principio. Por ejemplo, fuera de la puerta de Toledo, a la orilla del camino real, un gran número de pobres pedía limosna a la gente que pasaba de Madrid a aquella ciudad. Entre ellos había unos cojos, otros tullidos, otros más ciegos o contrahechos. Oyeron el ruido general de las campanas, y enterados de la causa maravillosa que producía este festejo, se animaron unos a otros a ir al sepulcro del santo y pedirle remedio para sus sufrimientos. 

Se reunieron y fueron en tropa, con mucha alegría, al cementerio donde había estado enterrado San Isidro. Tomaron de la tierra del sepulcro, y con viva fe se la ponían unos sobre los ojos, otros sobre las heridas, y otros tocaban con ella los miembros dañados. Y a su contacto recibieron los ciegos la vista, y todos recobraron milagrosamente la salud, manifestando así Nuestro Señor la mucha gloria de que gozaba su fiel siervo en el Cielo. 

Coronó ese mismo día esta función de milagros el que se obró sobre aquel labrador al que se había aparecido San Isidro sin ningún resultado. Como apreciara tan poco la virtud de su santo amigo, y no dando fe a la revelación rehusó obedecer lo que Dios le mandaba por su glorioso Siervo, sufrió una penosa enfermedad. Estuvo postrado en cama con grandes dolores hasta ese día, en que oyendo la alegría de las campanas y el regocijo de la gente, preguntó la causa. Le contaron lo ocurrido, y los milagros que Dios estaba obrando por medio de San Isidro. Se le saltaron las lágrimas al buen hombre, y comenzó a pedir perdón al santo por su desatención y falta de fe. Le suplicó por el afecto que le dio en esta vida que le devolviese la salud para poder ir a la iglesia a visitarlo en su nuevo monumento.

San Isidro escuchó los ruegos de su afligido amigo. Cuando el pobre labrador terminó de rezar, se curó milagrosamente. Se levantó de la cama y fue a darle gracias por el beneficio recibido. Entró en la iglesia, contando con más lagrimas la aparición que el santo le había hecho, el castigo que había merecido y cómo había recuperado la salud gracias a su amable corazón. 

(“Vida de San Isidro Labrador, Patrón de Madrid”. Padre Nicolas José de la Cruz. 1790)

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