La Santísima Trinidad

Son tan altos los misterios de nuestra santa religión, y tan soberanas y divinas las cosas que creemos, que se pierden de vista, y sobrepujan a la razón de todo entendimiento creado, que con sus fuerzas no puede alcanzarlos, así por la altísima majestad de Dios, como por la bajeza y poca capacidad de la criatura, entre la cual y el Creador hay una distancia infinita.

Por esto dijo David que Dios había cercado de tinieblas el tabernáculo donde moraba, y aquellos dos serafines que vio Isaías al lado de Dios, predicando sus alabanzas, cubrían el rostro y los pies de Dios, para dar a entender que no podían comprender aquella inmensidad, que ni tiene principio ni fin. Por esto mismo dijo San Agustín, hablando con el Señor: “Vos sólo en las santísimas y divinas letras sois llamado Dios todopoderoso, sobre todo loor y sobre toda gloria sobreensalzado, y Altísimo sobre toda excelencia inteligible, intelectual y sensible, sobre todo lo que hay en el cielo y en la tierra; y esto, de una manera incomprensible e inenarrable, porque con vuestra divinidad oculta y sobreesencial, y sobre toda razón, entendimiento y esencia, habitáis en Vos mismo, como una luz inaccesible, y una lumbre incomprensible, a la cual ninguna lumbre puede llegar; porque ni se puede contemplar esta luz, ni ver, ni entender, ni comprender, ni llegar a ella, ni mudarse, ni comunicarse, sino que sobrepuja la más aguda vista, no solamente de los hombres, sino también de los ángeles”.

No es maravilla que el hombre, que no se entiende a sí mismo, ni de otras infinitas cosas que vemos en las criaturas, no pueda comprender aquel ser infinito, inmenso e incomprensible, y tan distante de nuestra naturaleza y de todo lo creado. Es muy razonable que atribuyamos al Altísimo el más alto y mejor ser de cuantos nuestro entendimiento puede alcanzar. Y cuando alcanzamos a comprender cosas muy altas de Dios, creamos que que hay otras infinitas que no podemos entender, porque Dios no sería Dios si con nuestro poco entendimiento lo pudiéramos abarcar y comprender.

Y así, al no entender nosotros la profundidad de los misterios de nuestra santa fe, es señal de que es de Dios; pues por ser Él infinito, necesariamente ha de ser incomprensible. Es un océano inmenso donde el entendimiento del hombre se anega, y no hay lengua que lo pueda explicar, por esto dijo San Agustín: “Vos sola, oh santa Trinidad, os conocéis que sois Trinidad santa, admirable, totalmente inefable, invisible, incomprensible, ininteligible y sobreesencial, y excedéis todo sentido y razón y entendimiento e inteligencia, y esencia de los espíritus celestiales, la cual no es posible conocer, ni pensar, ni decir aún por los mismos ángeles”.

Y así aconteció al mismo padre San Agustín, escribiendo los libros de la Santísima Trinidad, que un día para meditar lo que había de escribir se fue muy pensativo a la ribera del mar, donde halló a un niño que habiendo hecho un pequeño hoyo, estaba muy ocupado en llenarlo de agua del mar. Y como el santo reparó en aquella ocupación tan inútil de aquel niño, le preguntó qué pretendía hacer, y como el niño respondiese que agotar el mar y traspasar toda su agua a aquel hoyo, sonriendo el santo le dijo: “¿Pues no ves que eso no se puede hacer, porque son inmensas las aguas del mar y ese hoyo es tan pequeño?”. Y el niño dijo: “Más fácil es hacer lo que yo pretendo, que comprender con tu entendimiento lo que vas pensando”. Y dicho esto desapareció, y el santo entendió lo corto que es el entendimiento del hombre, y lo frágil que es para navegar por un mar tan profundo, y que sin el norte de la fe no puede dejar de naufragar cualquiera que lo quisiera atravesar.

Bien se puede probar por razones naturales que hay Dios, y que es uno solo, y que no puede haber muchos dioses. Pero que Dios sea uno en la esencia y trino en las Personas, y que haya Padre, Hijo y Espíritu Santo en una naturaleza y sustancia, y que estas tres Personas sean un sólo Dios, de la manera que nuestra fe lo enseña, es un secreto escondido a todos los sabios, y con su luz inaccesible e infinito resplandor ciega a los que miran en él, como el sol a los que intentan observarlo directamente. Porque con sólo con la revelación de Dios se puede entender el misterio de la Santísima Trinidad. Por esto dijo Jesucristo nuestro Redentor que ninguno conocía al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo, y a quien el Hijo lo quisiese revelar.

Este misterio tan alto y tan profundo celebra la santa Iglesia el día de la festividad de la Santísima Trinidad, que por institución del Papa Juan XXII, alrededor del año 1320, se celebra en el día octavo de la Pascua de Pentecostés, y es una fiesta de gran veneración, sobre todas las cosas que celebra la Iglesia. Porque aunque todas las fiestas del año son en honra de Dios, y se dirigen a Él como primer principio y último fin de todas las cosas, sean fiestas de santos, que se celebran porque fueron fieles siervos de Dios, o son fiestas de alguna Persona divina, en cuanto hizo alguna cosa por nuestro bien (como la Natividad, Circuncisión, Resurrección y Ascensión de Cristo, o la venida del Espíritu Santo).

Pero unas y otras topan en algo que no es Dios mismo: las primeras en los santos, que fueron hombres, y las segundas en algún efecto o beneficio nuestro, que en ellas se solemniza. Mas la fiesta de la Santísima Trinidad asciende sobre todo lo creado, y pone los ojos de la fe inmediatamente en el mismo Dios. Por una manera admirable o le considera ni rastrea sólo por los efectos naturales, en cuanto Creador, ni solamente por los efectos sobrenaturales, en cuanto dador de la gracia y obrador de maravillas, ni mirando solamente sus atributos, como su infinitud, su omnipotencia, su sabiduría, su bondad, su hermosura, etc., sino reverenciándole en Sí mismo.

Lo que nuestra fe nos enseña de este sagrado misterio es que Dios es Uno y también Trino: uno en Su naturaleza y esencia, y Trino en las Personas que son Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y cada una es Dios, y no tres dioses, sino un sólo Dios vivo y verdadero. Enseña más: que la primera Persona, que es el Padre, contemplándose y entendiéndose a Sí perfectísimamente, produjo y engendró una noticia Suya, y concepto, no accidental, sino substancial, que llamamos Unigénito Hijo de Dios, y Verbo eterno, resplandor de Su gloria y figura de Su substancia, tan perfecta y acabada como el que le engendró, la cual es Dios, así como el Padre, que le engendró. Y estas dos divinas Personas, Padre e Hijo, mirándose y complaciéndose el Uno en el Otro, con inenarrable contento y gozo, se aman infinitamente, de donde resulta un amor recíproco, que también es substancia y no accidente, y procede del Padre y del Hijo, como de un principio, al cual llamamos Espíritu Santo, y es la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Las tres Personas son iguales en todo, porque la perfección, que dice en el Padre el ser Padre, dice en el Hijo el ser Hijo, y en el Espíritu Santo ser ESpíritu Santo, y procedido de los dos. El Padre es principio del Hijo, y no nace de otra persona; el Hijo es engendrado sólo del Padre, y con el mismo Padre es principio del Espíritu Santo.

Explicando este divino misterio nombramos Padre e Hijo, y generación, pero como los hombres somos muy materiales, y apenas entendemos algo si no es por los sentidos, conviene que levantemos nuestros corazones de todas las cosas corporales y caducas, y los llevemos a las eternas y divinas, donde no hay ni puede haber generación corporal. Antes hemos de entender que en aquella generación eterna no hay lo que sucede en las generaciones temporales, que tienen fin y se acaban. Porque aquella generación eterna, con la cual el Padre engendró a Su Hijo, no pasó ni se acabó, sino que ahora le engendra y para siempre le engendrará. Asimismo, en el mundo el Padre es primero que el Hijo, pero en la eternidad siempre que fue el Padre , fue el Hijo, ya que en Él no hay primero ni último, como afirma San Atanasio en el símbolo. Ni el Padre es más antiguo que el Hijo, ni el Hijo es más joven que el Padre, sino que las tres Personas son en todo iguales, consubstanciales y coeternas. Como dice San Agustín: Trinidad en Unidad, y Unidad en Trinidad.

Esta es la suma de lo que de este misterio nos enseña nuestra santa fe. esta es la luz que nos trajo del Cielo el verdadero maestro y sol de justicia Cristo nuestro Señor, la cual aunque en las sagradas letras del Antiguo Testamento el señor había manifestado con algunas palabras y figuras, había aún tanta oscuridad en verlas y entenderlas que sólo algunos santos, sabios y profetas entendían lo que aquellas palabras y figuras misteriosas significaban. Porque como aquel pueblo era rudo e inclinado a la idolatría, no fue conveniente que se les propusiese el misterio de la Santísima trinidad claramente, con el riesgo de que por su flaqueza se inclinasen a creer que las tres Personas de la Trinidad eran tres dioses distintos. Por esto Dios siempre a través de Sus profetas les predicaba que Dios era Uno y sólo Creador y Gobernador de todas las cosas creadas, a quien debían adorar, servir y obedecer.

Hoy tenemos la gracia de conocer esta verdad expresada de la Santísima Trinidad en el Nuevo Testamento, y se ha alumbrado nuestro corazón con la lumbre de la fe que nos la enseña, y se ha confirmado con saber que los santos apóstoles la predicaron e innumerables mártires murieron por ella, y que los santos y sabios doctores la explicaron y defendieron de los herejes que la pretendieron impugnar, y que nuestra santa Madre la Iglesia nos forma en esta doctrina.

Hemos de tener una tierna y constante devoción a la Santísima Trinidad, y no dejar de repetir el sagrado versículo. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, porque no podemos decir nada que le sea más agradable, ni que sea más propio para ganar Su corazón, que este afectuoso himno que tiene gran virtud y fuerza para santificarnos. San Simeón Estilita no tenía otro ejercicio que este sobre su columna. si siempre que hemos pronunciado estas venerables palabras lo hubiéramos hecho con el mismo respeto y devoción que este santo anacoreta, ¡cuántos méritos habríamos adquirido delante de Dios! No menospreciemos esta santa práctica, ni pronunciemos jamás los nombres de tan adorables Personas sin un respeto religioso. Y siempre que hagamos la señal de la cruz, hagámosla con atención y reverencia, ya que este acto de religión es nuestra profesión de fe.

¡Gloria sea siempre al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!

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