La salvación del Rosario

Refiere Fray Miguel de Sagastizabal en su “Libro del Rosario” (Ejemplo 6.9.56) que había un religioso sólo de nombre, porque en la vida era muy poco dedicado a su fe. Tenía una sola cosa buena, y es que era devoto de la Santísima Virgen y de su santo Rosario.

Cayó enfermo y lo llevaron a la enfermería para curarlo en ella, como se acostumbraba con todos los monjes. La vigilia de San Juan Bautista se fueron todos los religiosos a Maitines, dejándolo a él solo. Luego acudió al enfermo una gran muchedumbre de demonios, que lo arrebataron llevándolo a un gran Palacio, donde estaba Nuestro Señor Jesucristo y su Santísima Madre la Virgen María como Presidentes de un Tribunal.

Preguntó Cristo Señor nuestro a los demonios qué era lo que pretendían hacer con aquel monje. – Señor – dijeron – aguardamos y queremos su alma, pues es nuestra.

La Santísima Virgen les dijo: – Pues no ha de ser así, porque aunque él haya sido muy malo, con todo, por haber sido mi devoto y me haya rezado el Rosario entero todos los días, le he de ayudar para que no se condene.

Se pusieron sus malas obras en una balanza, y en la otra los Rosarios que había rezado. Entonces la Madre de gracia y misericordia, postrada ante su precioso Hijo, le dijo: – Señor e Hijo mío, la devoción de mi Santo Rosario está junto con vuestra preciosísima Sangre, ruégoos, Hijo y Señor mío, que deis una gota de ella.

Se la dio el piadosísimo Señor de muy buena gana, y tomándola la Virgen, la puso en la balanza de los Rosarios, y luego al punto pesó más que las malas obras, y los demonios confusos dijeron: Señor, no es razón que quede sin castigo este religioso, de las malas obras que ha hecho, y también porque no se ha confesado de ciertas cosas que hizo siendo Sacristán, por temor de que el Prior o el Abad no le quitasen el Oficio.

Se lo concedió Nuestro Señor, para que recibiera un castigo, y ellos con la rabia que tenían de que la Virgen Santísima lo hubiese liberado de sus manos, las pusieron en él azotándole con fuerza, y dejándolo de forma tan lastimosa que causaba pena en quienes después le miraban, y tras esto lo devolvieron a la cama donde lo habían sacado.

Acabados los Maitines, vinieron los monjes a verlo y lo hallaron de tal forma, y tan lloroso, que de tantas emociones no pudo decir palabra. Trató de averiguar el Abad lo que había ocurrido, y no se pudo saber quién era el autor de aquel daño. Se fue entonces el Abad a ver al enfermo y le preguntó quién le había tratado de esa forma. Entonces el enfermo relató al Abad y a los demás monjes toda su historia, después de lo cual se confesó con mucho dolor y contrición, y acabada la confesión recibió el Santísimo Sacramento, dando infinitas gracias al Señor que había recibido, por haberle librado mediante los ruegos de Su Santísima Madre de las penas del infierno. Y rogando a todos que fuesen muy devotos de la Gloriosísima Virgen maría y de su Santo Rosario, murió en paz.

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