La pregunta que duele al alma

Hay un momento en la vida espiritual en la que frente a la dolora imagen de Cristo crucificado, el alma se duele por la pobreza de nuestro amor y la frialdad de nuestros afectos. Desde lo más profundo de nuestro pecho florece una pregunta dolida: ¿cómo puedo amaros tanto que llegue a ser semejante a Vos, Divino Señor, con semejanza tal que aun físicamente podamos serlo, como el Apóstol virgen con Vos? ¿Cómo amaros, Dulcísimo Redentor y Señor, para que se cumpla aquello de christianus alter Christus, semejantes como un alter ego de Vos? ¿Cómo acrecentar mi amor a Vos a tal grado, glorioso Maestro?

San Francisco de Sales y San Agustín nos presentan una respuesta hermosa: “la medida del amor de Dios es amarlo sin medida”. Qué distante nos parece a los hombres modernos, hechos de distracciones y apegos viles, comenzando por nuestro propio ego. No es un principio edulcorado, es verdad, pero brilla con tal superioridad de modelo que bien puede hacernos reflexionar y medirnos como medida de contraste.

Y la regla sería ésta: en el examen diario de conciencia preguntarnos con seriedad si estamos amando lo suficiente, hasta el último grado, con todas nuestras fuerzas, hasta la última fibra de nuestro ser. Cada vez más, siempre más que antes y, por consecuencia, jamás, nunca, considerar posible la tentación de decirnos “sí, te amo con todas mis fuerzas”. Porque eso es una mentira y proclama el principio del fin de nuestra alma, el camino de la ruindad material y espiritual, ya que jamás podemos amarlo en tal medida que Dios merece y nos corresponde amar y reflejar ese infinito hecho de luces y perfecciones en armónicos equilibrios. Tantos días como pasemos sobre la tierra, cada hora, minuto y segundo, con cada latido, el alma debe cuestionarse e impulsarse en este amor sin medida.

La santa locura del amor de Dios debería llevarnos a una santa locura por la cual quisiésemos -si fuese posible y aun sabiendo que no lo es- amarle más de lo que Él nos ama. Es imposible, cierto es, pero el alma debería apuntar a tal grado de amor, ya no sólo por corresponderle sino por todo cuanto Dios es digno de ser amado. El amor del superior, nos dice la recta espiritualidad, siempre es en el superior mayor que en el del inferior: los padres aman más a sus hijos que ellos a sus padres y el abad ama más a sus religiosos que ellos a éste, el rey a sus súbditos y así en toda la escala natural y sobrenatural posible. Un amor ardiente, franco y verdadero, inflamado de afectos, querría el heroísmo de superar este principio amando a lo superior más aun de lo que se nos ama desde lo alto. Y con Dios, como con la Santísima e Inmaculada Virgen, mucho más que con todos los grados previos de amor, que son necesarios y anticipatorios del amor divino.

Tal amor asciende por todas las jerarquías no como “ensayos” de amor sino como la escala ascendente de amores que conducen al amor supremo. De otro modo el amor a la jerarquía, tan necesario para nuestra salvación y la de todos los hombres, sería un amor corrompido por lo utilitario. Nada de eso nos pide la Santa Iglesia, sino amar tanto como sea posible y de modo creciente, siempre a más, a todo lo creado en su grado, justicia y perfección. Un amor creciente, decimos, y ordenado porque es católico. Amor por lo superior, amor a los inferiores, amor sin límite al Creador y su Santísima Madre.

En tal examen de conciencia, bajo esta medida constante de nuestros actos, afectos y pensamientos, no hay lugar a la satisfacción del amor máximo alcanzado. Eso sería nuestra ruina tanto como es nuestra salvación el afectuoso descontento de amor. Al despertar y bendecir el día, agradecer los dones divinos y durante todo el día y hasta al dormir, debemos estar más y más amantes y renovar los votos de amar más, mucho más, como Dios quiere que amemos y la justicia, verdad y belleza nos mandan e invitan.

La hermosura del amor ardiente es de tal naturaleza que nos subyuga. Esto quiere decir que todo lo que quiere el Amado lo quiere el amante. Todo lo que el Amado ama lo ama el amante, lo desea y procura. El amor se convierte así en nuestra segunda naturaleza, de una forma tal que nos anticipamos e intuimos los deseos y afectos del Amado. Frío sería un amor que espera que el amado nos ordene y mande lo que por amor debemos comprender y querer. Por el contrario, todo cuanto el Amado detesta, le repugna y duele, nos duele, repugna y lo detestamos. Por eso el Apóstol nos dice “Vivo autem, jam non ego: vivit vero in me Christus”, “ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí”. Es por ese amor que el Amado vive en nosotros y nosotros en Él. Y vive de tal manera en nosotros el Señor que, como en el caso maravilloso de San Francisco de Asís, por sus estigmas, por esas llagas que compartía con el Señor, la túnica que llevaba bajo los hábitos se asemejaba en sus marcas al Santo Sudario de Cristo.

El Doctor Seráfico amó en tal grado, con tal ardor e inconformidad al Señor, que su cuerpo y su alma le reflejaron hasta hacerle semejante aun físicamente. Y quienes le conocieron confesaron esos imponderables magníficos de la mirada espiritual, su semejanza fisonómica y moral con Jesucristo Nuestro Señor.

Sólo quien ama consuela y alegra al Amado, ¿no es una bella cuestión a tener frente a nuestros ojos, rigiendo todos nuestros actos? Es una luz divina, un halo celeste y resplandor dorado el que envuelve a la Creación entera bajo este principio rector. ¿Quién no puede amar la belleza de las almas si ama a Su Creador? ¿Quién no se duele por el pecado y la perdición de las criaturas redimidas al precio de Su Sangre Preciosísima si ama ardientemente a su Salvador y Redentor? ¿Quién no considerará en poco y nada cualquier sacrificio, aún el más heroico, por la salvación de las almas? ¿Quién no aborrecerá hasta la perfección del odio al pecado, sus propagandistas, defensores y protectores, con el odio de los santos ángeles por Satanás, padre de los perversos, y con el mismo odio a quienes teniendo por deber salvarlas, conducen a las almas por la indiferencia hacia el pecado o les incitan al crimen? ¿Quién no dedicará un amor intenso por los santos y los ángeles como modelos sublimes de amor perfecto?

Debemos amar tanto las obras de Dios -y por sobre ellas a su Madre Inmaculada, Reina y Señora de todo lo Creado-, que al presentarnos ante el Divino Juez, fuente y causa de todos nuestros amores, no temamos sino no haberle amado tanto cuanto pudimos y que Él, Perfección absoluta e infinita, vea en nosotros su reflejo. Y que por ese amor inefable las puertas del Cielo nos sean abiertas e ingresemos como otros Cristos. Que éste sea nuestro consuelo, medida, impulso y fuerza que lata en el pecho y responda la pregunta que ya no duele al alma sino por no poder más y mejor, como el Amor Hermoso merece ser amado.

(Colaboración privada para Boanerges, Resistencia Católica, de un esclavo de amor de María. Traducida por nuestro Consejo Editorial)

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