La perfección en esta vida

“Cuanto más la mente está preocupada en pensar y tratar con lo que es meramente bajo y humano, más se separa de la experiencia de intimidad de devoción que es más alta y celestial; mientras se retiran con más fervor la memoria, el deseo y el intelecto de lo inferior hacia lo superior, más perfecta será nuestra oración, y más pura nuestra contemplación, ya que las dos direcciones de nuestro interés no pueden ser ambas perfectas al mismo tiempo, siendo tan diferentes como la luz y la oscuridad.

Aquel que se apega a Dios es de hecho trasladado a la luz, mientras que el que cuelga del mundo está en la oscuridad. Entonces, la suprema perfección del hombre en esta vida es estar tan apegado a Dios que toda su alma con todas sus facultades y poderes están tan unidas con el Señor que se vuelve un espíritu con Él, y no recuerda nada sino a Dios, no está consciente ni reconoce nada sino a Dios, pero con todos sus deseos unificados por la alegría del amor, descansa contento en disfrutar sólo de su Hacedor.

Ahora, la imagen de Dios como se encuentra en el alma consiste de estas tres facultades, a saber, razón, memoria y voluntad, y en tanto no están completamente selladas con Dios, el alma aún no es deiforme de acuerdo con la creación inicial del alma. Porque el patrón verdadero del alma es Dios, con quien debe imprimirse, como la cera con un sello, y llevar la marca de su impresión.

Pero esto nunca puede estar completo hasta que el intelecto esté perfectamente iluminado, según su capacidad, con el conocimiento de Dios, que es la Verdad perfecta, hasta que la voluntad esté perfectamente enfocada en el amor del Bien perfecto, y hasta que la memoria esté completamente absorbida en volverse y disfrutar de la Felicidad eterna, y descansando en ella con alegría y contento.

Y como la gloria de la beatitud que se alcanza en nuestra patria celestial consiste en el cumplimiento completo de estas tres facultades, se sigue que la iniciación perfecta de ella es la perfección en esta vida”.

(“De Adhaerendo Deo”. Cap. III. San Alberto Magno. Vol. 38. Opera Omnia. París. 1898)

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