La pasión del cristianismo

El cristianismo considerado como pasión proporciona tesoros inmensos. Esta pasión religiosa es tanto más enérgica cuanto que se halla en contradicción con todas las demás; para que exista es preciso que las devore. A semejanza de todos los grandes afectos, tiene cierto sello de gravedad y tristeza; nos lleva a la sombra de los claustros y a las montañas. La hermosura que el cristiano adora no es una hermosura perecedera, sino esa eterna perfección por cuyo goce se apresuraban los discípulos de Platón a dejar la tierra. No se muestra a los que la aman sino cubierta con un velo, pues se envuelve en los pliegues del universo como en un manto; que si una sola de sus miradas cayese directamente sobre el corazón del hombre, no podría sostenerla, y expiraría de delicias.

Para llegar al gozo de esta hermosura suprema, los cristianos toman un camino diferente del de los filósofos de Atenas: permanecen en este mundo, a fin de multiplicar los sacrificios y de hacerse más dignos del objeto de sus deseos, mediante una larga purificación.

Todo el que, según la frase de los Padres, tuvo con su cuerpo el menor comercio posible, y bajó virgen al sepulcro, libre de sus temores y dudas, vuela al lugar de vida, donde contempla durante una eternidad lo que es verdadero, inalterable y superior a la opinión. ¡Cuántos mártires no han hecho esta esperanza de poseer a Dios! ¿Qué soledad no ha oído los suspiros de esos rivales que se disputaban el objeto de las adoraciones de los serafines y de los ángeles? Aquí vemos a un San Antonio que erige un altar en el desierto, y que durante cuarenta años se inmola, ignorado de los hombres; allí a un San Gerónimo, que abandona Roma, atraviesa los mares y va, como Elías, a buscar un retiro en las orillas del Jordán. El infierno que no le deja tranquilo, le presenta la imagen de Roma con todos sus encantos para atormentarle; mas él resiste tan rudos asaltos, y combate cuerpo a cuerpo con sus pasiones. Son sus armas las lágrimas, los ayunos, el estudio, la penitencia, y especialmente el amor; precipítase a los pies de la Hermosura divina, y le suplica acuda en su auxilio. Algunas veces abruma sus hombros con pesadas cargas, para domar su carne rebelde y apagar en los sudores los culpables deseos que asedian a la criatura.

Masillón exclama al pintar este amor: “Sólo el Señor le parece bueno, verdadero, fiel, constante en sus promesas, amable en su indulgencia, magnífico en sus dones, real en su ternura, clemente aún en su cólera; el único bastante grande para llevar toda la inmensidad de nuestros corazones; el único bastante poderoso para satisfacer todos sus deseos; el único bastante generoso para dulcificar todas sus amarguras; el único inmortal, a quien podrá amarse eternamente; por último, el único a quien nos duele haber amado demasiado tarde”.

El autor de la Imitación de Jesucristo recopiló de San Agustín y de otros Padres todo lo que en el lenguaje del amor divino puede considerarse como más místico y fervoroso.

“Ciertamente, el amor es gran cosa, el amor es un bien admirable, pues sólo él hace ligero lo que es pesado, y sufre con inalterable tranquilidad los varios accidentes de esta vida; sufre sin pena lo que es penoso y hace dulce y agradable lo que es amargo”.

El amor de Dios es generoso, impulsa a las almas a grandes hechos, y las excita a desear lo más perfecto.

El amor aspira a la elevación y no sufre verse encadenado por cosas mezquinas.

El amor quiere ser libre y ajeno a las afecciones terrenas, y por temor de que su luz interior se extinga u oscurezca al soplo de los bienes o los males del mundo.

Nada hay en el cielo ni en la tierra más dulce o más poderoso, o más alto, o más extenso, o mejor que el amor, porque el amor procede de Dios, y elevándose sobre todas las criaturas, no puede descansar sino en Dios.

El que ama está siempre rodeado de alegría; corre, vuela, es libre y nada le detiene; da todo por todos, y posee todo en todos, porque descansa en ese bien único y supremo que es superior a todo, y del que se derivan y proceden todos los bienes. No se detiene en los favores que se le hacen, sino que se eleva con todo su corazón hacia el que se los dispensa.

Sólo el que ama puede comprender los gritos del amor, y esas palabras de fuego que un alma vivamente llena de Dios le dirige cuando dice: ‘Tú eres mi Dios, Tú eres mi amor, Tú eres todo mío, y yo soy toda Tuya. Escucha mi corazón, para que Te ame más, y para que conozca por medio de un deleite interior, y espiritual, cuán dulce es amarte, nadar y perderse, por decirlo así, en el océano de Tu amor’.

“El que ama generosamente – añade el autor de la Imitación – se mantiene firme en las tentaciones, y no se deja sorprender por las insidiosas persuasiones de un enemigo”.

Esta es la pasión cristiana, esa lid eterna entre los amores del cielo y los de la tierra.

De “El genio del cristianismo, o bellezas de la religión cristiana.” Vizconde de Chateaubriand. 1853

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