La Maternidad Divina de la Santísima Virgen

Traigamos a la memoria el testimonio auténtico de la Iglesia, y siguiendo las huellas de la más antigua tradición remontémonos a los primeros siglos; recojamos todos los sufragios de los Padres griegos y latinos; consultemos las más antiguas liturgias; sigamos las luces que la historia nos ofrece; ¡qué número tan prodigioso hallaremos de templos y altares que se han edificado en nombre de la Santísima Virgen, de imágenes grabadas y pintadas que hemos heredado de nuestros antepasados! ¿Qué ciudad, qué pueblo que haya sido católico existe en donde no se encuentre alguna imagen milagrosa de la Madre de Dios; en donde no haya alguna iglesia, alguna capilla, algún oratorio, singularmente consagrado en su honor, y a los que han concurrido una cantidad extraordinaria de verdaderos fieles? ¿Quién ignora el celo ardiente y universal que se ha desplegado en defensa de los intereses de Nuestra Señora en aquellos siglos en que ha sido insultada? Traigamos únicamente a nuestra idea el glorioso triunfo de la Madre de Dios, en uno de los más numerosos y más santos concilios, que fue el de Éfeso: el hecho es demasiado glorioso a la Santísima Virgen, y muy notable para omitirlo en la historia.

Nestorio, patriarca de Constantinopla, este hombre vano, que bajo la máscara de modestia y piedad ocultaba el alma más maligna y más negra, dejándose arrebatar por el espíritu de orgullo, y abusando del poder que le daba su carácter y dignidad, se atrevió a disputar a María la augusta cualidad de Madre de Dios, y a este fin no hubo artificio que no emplease ni disfraz que no usase para encubrir su error, o para endulzar la malignidad de su herejía; porque siguiendo la doctrina de los Padres, concedía a María cuantos títulos honorables pueden imaginarse, fuera del de Theotocos, o de Madre de Dios, que era del que únicamente se trataba.

Confesaba que era la Madre del Santo de los Santos, y la Madre del Redentor de los hombres; convenía en que había recibido y llevado al verbo de Dios en sus castísimas entrañas; pero no quiso jamás confesar que la Santísima Virgen fue absolutamente y sin restricción Madre de Dios, cualidad que es el principio y la base de todas las demás.

La Iglesia, que veía que negarle a María el título augusto de Madre de Dios era destruir todo el misterio de la Encarnación, tomó la defensa de este punto esencial con toda la fuerza y el ardor de su celo; y cuanto más se obstinaba Nestorio en combatir este título de Madre de Dios, tanto más se interesó en mantenerle y defenderle.

A este fin se reunió el célebre Concilio de Éfeso el año 431. El heresiarca Nestorio fue condenado en él, excomulgado, degradado y anatematizados todos sus errores. Se declaró en él como uno de los principales artículos de fe, como un punto esencial de la religión el creer que María era en el sentido más natural verdaderamente Madre de Dios. No como si esta creencia fuese nueva, puesto que, según San Cirilo, la autorizaba toda la tradición, y que hacía ya mucho tiempo que Juliano el Apóstata la había echado en cara a los cristianos, sino que se definió que esta creencia tan antigua como la Iglesia fuese en adelante como un símbolo de fe, decretándose en el Concilio de Éfeso que el título de Madre de dios fuese un término consagrado contra la herejía nestoriana, como el de consustancial lo había sido en el Concilio de Nicea contra la herejía arriana.

No es posible imaginar con qué alegría, con qué aplauso fue recibida en la Iglesia universal esta resolución tan gloriosa a la Santísima Virgen; el hecho es mu notable para omitirlo aquí.

Habiendo llegado el día en que debía concluirse y pronunciarse sobre la Maternidad divina de María, todo el pueblo se presentó en las calles, llenó las plazas y acudió en derredor del famoso templo dedicado a Dios en honor de la Santísima Virgen, en el cual estaban reunidos los Padres del concilio: en el momento en que se publicó la decisión, y se supo que María era mantenida en la justa posesión del título augusto de Madre de Dios, resonaron por toda la ciudad las aclamaciones y los gritos de regocijo, y fueron tan vivos y tan universales los tranportes de alegría, que al salir los Padres para irse a sus casas fueron colmados de bendiciones y llevados en triunfo hasta sus alojamientos por el pueblo. Se quemaban pastillas en las calles por donde debían pasar; el aire estaba iluminado con mil fuegos; nada faltó a la pompa de este piadoso y universal regocijo, ni al esplendor y magnificencia de la gloriosa victoria que María había conseguido sobre sus enemigos y los de su Hijo.

Tanta verdad es, exclama San Buenaventura, que esta piadosa ternura, este culto religioso hacia la Madre de Dios han sido comunes en todos los tiempos a todos los fieles. El fin desgraciado del impío Nestorio hizo ver muy pronto qué es lo que deben esperar los enemigos de la Santísima Virgen; pues lanzado de entre los fieles, anduvo errante de destierro en destierro. Despreciado de todos, y aburrido de sí mismo, fue relegado finalmente a Palópolis, en la Tebaida, de donde el gobernador lo hizo trasladar a otro lugar del mismo territorio. Murió en el año 436, consumido de miseria y de enfermedades, después de haber sido su lengua roída por los gusanos. ¡Terrible, pero justo castigo de sus impiedades contra la Madre de Dios!

Se cree que fue en el santo Concilio de Éfeso en el que San Cirilo, que le había presidido a nombre del Papa San Celestino, compuso con todos los demás Padres esta bella oración dirigida a la Madre de Dios, que la Iglesia ha adoptado, a saber: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Apostilla histórica

La devoción universal a la Santísima Virgen tuvo particular entusiasmo en la memoria de la Maternidad Divina. Variando las fechas de los festejos, se mantuvieron las celebraciones según las tradiciones locales. El Padre Frederick George Holweck (1856–1927), en su Calendarium liturgicum festorum dei et dei matris Mariae (edición de 1925, pp. 368, 148, para su Fasti Mariani sive Fasti Mariani, sive Calendarium festorum sanctae Mariae Virginis Deiparae: Memoriis historicis illustratum, Herder, 1892) cita la fiesta que se celebraba en los dominios del reino de Portugal en 1751 y su aprobación local, seguida de las de Polonia y Venecia.

La fijación de la fiesta para el 11 de octubre tuvo como autoridad a Pío XI, de santa memoria, con la encíclica “Lux veritatis” del 25 de diciembre de 1931 por ocasión del decimoquinto centenario del mencionado Concilio de Éfeso. El Breviario, en la Lectio III del Nocturno II del Oficio del día se menciona la bóveda de la basílica Santa María la Mayor como un monumento a la proclamación de la maternidad divina definido en Éfeso. La bóveda, decorada con mosaicos por Sixto III (432-440) poco después del Concilio (431) fue restaurada por Pío XI.

Inmortales resuenan las palabras del Sumo pontífice, el león que enfrentó al nazismo, fascismo y comunismo. Expresa el ardor paterno y apostólico de su corazón en “Lux veritatis” (Acta Apostolicae Sedis, vol., XXIII (1931), pp. 439-517): “Quisiéramos que, bajo los auspicios de la Reina de los Cielos, tan amada y venerada por nuestros hermanos separados del oriente, todos los cristianos oren para que Dios no permita que permanezcan alejados de la unidad de la Iglesia y de su Hijo Jesucristo, cuyo Vicario somos. Que vuelvan pronto al Padre común, a cuyo juicio todos los Padres del Concilio se sometieron y a quien aclamaron unánimemente como guardián de la fe. Quiera Dios hacerles volver a Nos, que tenemos por ellos el mayor afecto y que haríamos jubilosamente nuestras las graves palabras con que Cirilo exhortaba a Nestorio: ‘que la paz de las Iglesias no se vea turbada, y que el lazo del amor y la concordia entre los sacerdotes de Dios siga siendo indisoluble’.”.

Que el Señor nos conceda la gracia de alcanzar y perseverar en la más perfecta devoción hacia Su Santa Madre y por amor a Ella servirle santamente.

About the author /


Boanerges | Resistencia Católica. Para instruir en la sana doctrina y contradecir a quienes la niegan. "Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam" | www.elboa.org

Related Articles

Suscríbase a la Resistencia

Suscríbase a la Resistencia

Únase a nuestro apostolado y reciba gratis en su correo todas nuestras actualizaciones, libros y novedades. Rezaremos por todos nuestros suscriptores, familias y actividades.

Galerías Visuales

    BOANERGES | Resistencia Católica

    Para defender la sana doctrina y combatir a quienes la contradicen | Salve, Roma! In te aeterna stat historia, Inclyta, fulgent gloria Monumenta tot et arae. Non praevalebunt horrendae portae infernae, Sed vis amoris veritatisque aeternae.

    Sitio Certificado y Verificado

    elboa.org Webutation
    A %d blogueros les gusta esto: