La lección de San Miguel Arcángel en el Monte Gargano

Hoy, 29 de septiembre, recordamos la aparición de San Miguel Arcángel en Monte Gargano. Cuenta el historiador medieval Emile Mâle, (1862-1954 ) en su estudio “L’art religieux du XIIe siècle en France: étude sur les origines de l’iconographie du moyen age” (A. Colin, Paris, 1922), que los peregrinos de Tierra Santa no pasaban directamente por Roma. Sin abandonar la Via Emilia, en Forli, para escalar los Apeninos, muchos continuaban el viaje por Rimini, Pesaro, Ancona y seguían hasta Brindisi por el antiguo camino romano que se extendía a lo largo del mar. Muy rara vez se desviaban un poco para visitar el famoso santuario de San Miguel, en el monte Gargano (Sant’Angelo)

En Sipotum, más tarde llamado Manfredonia, tomaban un incómodo atajo para ascender a lo alto de la montaña, atravesando la gran floresta que cantaba Horacio. Allá surgía delante de ellos la misteriosa Gruta del Arcángel. En la entrada podían leer la inscripción “Terribilis est locus iste”, es decir, “éste es un lugar terrible”. Una escalera, descendiendo hacia las tinieblas, conducía hasta el fondo de la gruta sagrada, hasta el sancta sanctorum, donde sobre la piedra, a la luz de los cirios, aparecían ante ellos los vestigios de los pies del Arcángel.

Con veneración recordaban que en el año 490, San Miguel se había manifestado allí. Este prodigio sobrenatural espantó a los pastores que buscaban un toro perdido. Les reveló, para el obispo de Avranches, que deseaba ser honrado en ese lugar. Y, en efecto, encontraron en la gruta un altar consagrado por el mismo Arcángel.

No se podría imaginar algo más poético que esa gruta sombría, en esa cumbre salvaje, en el corazón de esas florestas que descienden hasta el mar. Para los peregrinos, tanto como a los monjes de la Edad Media, eran necesarios paisajes grandiosos. El espíritu de Dios, para ellos, parecía flotar en las alturas y revelar amplios horizontes.

Desde el siglo VII la Gruta del Monte Gargano se volvió uno de los lugares de peregrinación más célebres de Italia. Los reyes lombardos, que poseían un santuario famoso en el ducado de Benevento, mantuvieron un particular culto por San Miguel Arcángel: incluso mandaron colocar su imagen en las monedas y en sus estandartes, además de construir iglesias en su honor en Pavía y Luca. En todo procuraban honrar a San Miguel, el Ángel de los Combates, el Soldado de Dios.

Los mismos Emperadores del Sacro Imperio heredaron este piadoso culto. Cuando descendían por Italia, quisieron peregrinar hasta el Monte Gargano. Otón III – fundador del arzobispado de Polonia, amigo de sus santos reyes y propagador del catolicismo entre los pueblos de la Edad media – (980-1002) fue hasta el santuario para expiar la muerte de Crescencio. Enrique II el Santo (973-1024) tuvo en el santuario de San Miguel una visión: ante él las paredes de la gruta desaparecían y San miguel apareció frente a un enorme ejército de ángeles; uno de los ángeles se aproximó a él y le tocó la cadera, como antes hicieran con Jacob. Cuando desapareció el ejército celestial el Emperador vio que no había soñado: conservó toda su vida la marca del dedo del santo ángel.

Hay en esto un aspecto sublime del Cielo que premia la piedad de los peregrinos que, tras visitar al Santo Padre – Dominus Apostolicus -, continuaban su recorrido hacia los Santos Lugares o se desviaban un poco para visitar la santa gruta.

Si lo piensa el lector, Dios obró tal prodigio en un lugar improbable: un macizo aislado de montañas con varios picos que forman el promontorio de Gargano que se proyecta hacia el mar Adriático. En medio de esta masa de cumbres la piedad atrae hacia una pequeña gruta, donde San Miguel Arcángel dejó su huella tras aparecerse a los pastores y luego al obispo pidiendo ser venerado con culto especial. Y Dios quiso que la piadosa reverencia hacia el máximo guerrero de las batallas divinas fuese hecha simbólicamente desde lo más alto de la cumbre para descender por una escalera a las tinieblas para encontrar en el corazón de la oscuridad al santo ángel, las huellas de sus pies sagrados. Y es tal esa grandeza que los mismos emperadores y nobles, el pueblo entero, desciende con humildad y devoción a venerarlo. Allí esos hombres poderosos, fuertes, acompañados por sus séquitos nobles y guerreros, se arrodillaban a la entrada y rezaban al santo ángel para bajar en medio de los silencios de la gruta, acompañados de sacerdotes y religiosos, para oír la Santa Misa y recibir la Santa Comunión, para permanecer arrodillados en oración al santo Arcángel.

Por este motivo el piadoso Emperador, autor de la muerte de Crescencio, peregrinó a la rudeza de la vía que llevaba hasta los pies de San Miguel para expiar su pecado, asumiendo lo duro que por esa época era peregrinar, enfrentando incomodidades y peligros.

En contraste, ¡cuánta perversidad ostenta nuestro tiempo! Los crímenes y delitos de los mandatarios son reconocidos y permanecen sin castigo o, peor aún, son desviados de la atención pública para permanecer en un grado mayor, si es posible, de impunidad. No existe el arrepentimiento, ni la reparación ni menos la confesión pública y penitencia. Carecen de la nobleza y humildad necesarias para reconocer sus crímenes y dar el buen ejemplo para sus pueblos. Permanecen indiferentes a la realidad de que los pecados de quien gobierna recae sobre su pueblo no como culpa, sino como pena y, por esta verdad es que los pecados de los pueblos recaen sobe sus gobernantes.

Es en premio a esa humildad, tanto más ruda por la dignidad y honra propias del mandatario, que al santo Emperador le concedió la visión y marca del suceso sobrenatural. Esta gracia extraordinaria, un ejército de esos príncipes terribles y sobrecogedores – que a los santos como Magdalena de Pazzi les hizo pensar que era Dios mismo quien se aparecía ante ellos en sus visiones y no su Ángel de la Guarda -, se presentaban ante él y le marcaron con un signo indeleble.

Enseña Santo Tomás que éstos son los menores en la jerarquía angélica. ¡Cuánto más temibles serán los Arcángeles! Y entre ellos, su príncipe, San Miguel, resplandece como un sol entre las estrellas más luminosas. Ésta milagrosa aparición deja para él y para la historia un regalo inestimable: la certeza. Dios no quiso que se dudase de lo ocurrido: dejó un sello de fuego, como en el episodio bíblico, para todas las eras. Ya lo había hecho con los pies de San Miguel y el altar en su honra y ahora, en carne humana, dejó la certeza. Para el Papado el altar, para el trono el milagro del Emperador. Las dos cabezas visibles del poder de Dios están marcadas, entonces, por los favores celestiales en la persona de quien enfrentó a los demonios por amor a la Santísima Virgen y gritó su fidelidad para convocar a todos sus hermanos en una lucha irreconciliable y eterna. Podría, incluso, decirse que convenía para el plan de Dios que el Emperador fuese marcado por San miguel, pues en él tenía el modelo de lucha perfecta por Dios, al servicio de Dios y, por tanto, del Papado.

Las santas reliquias de San Miguel Arcángel permanecen como una invitación a meditar en los portentos de Dios y como un llamado cuyo eco llega a nuestros días como modelo de lucha, piedad y fidelidad. En la historia el Cielo nos deja huellas que permanecen para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia.

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