La Justicia de Dios

Continuando el breve ciclo, recordamos que todo lo que aquí se dirá sobre la justicia de Dios es una recopilación de diferentes pasajes de la Sagrada Escritura:

“Los impíos exclaman diciendo: – Nuestra vida no es más que un juguete; nuestra existencia es breve, está sujeta a mil molestias, y después que se acaba no hay descanso ni felicidad alguna; ningún muerto ha vuelto a este mundo para convencernos de la inmortalidad. Salimos de la nada, y a la nada volveremos; nuestro cuerpo se reducirá a ceniza y nuestro espíritu se desvanecerá en el aire; nuestra vida pasará como una nube y desaparecerá como los vapores a la presencia de los rayos del sol. Nuestro nombre se borrará de la memoria de los hombres, y no se acordarán más de nuestras obras. Gocemos, pues, de cuantos placeres nos sea posible, porque esto es lo único que hemos de sacar de la vida; entreguémonos a las delicias del amor; el mas suave vino sea nuestra bebida; respiremos los más fragantes perfumes; coronémonos de rosas antes que se marchiten y dejemos por todas partes vestigios de nuestra alegría. No observemos en adelante los días de fiesta consagrados al Señor; oprimamos al pobre, despojemos al huérfano y a la viuda, y no respetemos las canas de los ancianos. Sea nuestra fuerza la pauta de nuestra justicia, y, sobre todo, exterminemos al justo cuya vista nos es insoportable, porque no aspirando él sino a los bienes eternos que son su única esperanza para después de la muerte, se aparta de la senda en que nosotros caminamos como si estuviera apestada: nos hecha en rostro mil maldades, condena todos nuestros pensamientos y se considera lleno de la ciencia de Dios gloriándose de tenerle por padre: experimentemos su paciencia y el respeto que tiene a la Divinidad por medio de las afrentas y tormentos”.

“Así hablaron los impíos, y obcecados por su propia malicia erraron en sus vanos pensamientos. Ya la mano del Altísimo, cuya justicia es eterna, ha cargado sobre ellos, y de lo más profundo del infierno, en donde los ha precipitado, claman y dicen gimiendo: – Nosotros no conocimos las amenazas ni las promesas de Dios; abandonamos el camino de la verdad; la antorcha de la justicia dejó de alumbrar a nuestro corazón, y el sol de la inteligencia no amaneció para nosotros. Ahora, desengañados por los tormentos que padecemos, reconocemos un Dios justo y lloramos amargamente nuestro destino. ¿Qué es el orgullo, la ostentación de las riquezas y el amor de los placeres? ¿Qué nos queda de todo ello? Todo ha pasado como sombra; los placeres se semejan a la nave que surca los mares, al ave que hiende los aires, o a la saeta que los atraviesa de una parte a otra, sin dejar señal ni rastro por donde ha pasado. Nuestra esperanza ha sido como una leva espuma llevada por la tempestad, o como el humo que el viento disipa. ¡Insensatos de nosotros! ¡Cuán grande fue nuestro error! Despreciamos al justo y le escarnecimos. Su vida nos pareció locura y miramos su muerte como afrentosa y sin honor. No obstante, el justo será contado entre los hijos de Dios y vivirá eternamente entre los Santos: el Señor le protege y le defiende de los asaltos de los malos, a los cuales dispersa con el soplo de la verdad, y este mismo Dios será su recompensa, así como fue el objeto de sus pensamientos: él recibirá de su omnipotente mano una corona brillante e incorruptible”.

“No hay paz para los impíos; son semejantes al mar irritado que no acaba de recuperar la tranquilidad, y cuyas agitadas olas, estrellándose en la ribera, se tumultúan vanamente, llevándose tras sí espumosas y enlodadas aguas. Son como fuentes sin agua, o como nubees arrastradas por los torbellnos”.

“El hombre abandona a Dios por un principio de orgullo, manantial de todos los vicios, pero la infamia es la compañera eterna del orgullo y la gloria de la humildad”.

“Dios confunden a los que le desconocen, los cuales se desvanecen como un sueño y desaparecen como una visión”.

“He vivido muchos años, exclama David, y nunca he visto al justo abandonado: he visto por el contrario al impío orgulloso elevarse a la par de los cedros del Líbano: pasé por allí un instante después, y ya no existían”.

“El orden reina en la casa del justo y la confusión en la del impío. Dios desecha las ofrendas de este porque se las ofrece en pecado, y los votos de aquel le aplacan”.

“En vano procura el malo ocultar su odio: su perversidad se descubre en los consejos que da, pero él cae en el abismo que abre, y se ve despachurrado por la misma piedra que ha echado a rodar. Su injusticia recae siempre sobre él mismo, y cuando, después de haber llegado al colmo de la perversidad, desprecia el oprobio y la ignominia, el oprobio y la ignominia le siguen sin cesar: los cielos manifestarán su iniquidad, y la tierra se levantará contra él”.

“Los adúlteros no temen la vista del Señor, como si el que se oculta a los hombres pudiese ocultarse a un Dios que llena los cielos yla tierra, y cuya vista es más penetrante que los rayos del sol. Pero Dios, para quien las tinieblas notienen oscuridad, y la noche aparece con todo el resplandor del día, que ve lo futuro y conoce lo pasado, manifestará su delito y desde luego sufrirán la pena de su infidelidad: su memoria será execrada, e indeleble su deshonra: conocerán, aunque demasiado tarde, que no hay cosa mejor que el temor de Dios, y que es muy suave respetar su ley”.

“No diga el pecador: – he pecado, y ningún mal me ha sobrevenido. – Dios observa contínuamente a los malos; su castigo no viene de la mano de los hombres, sino de la de Dios; no escaparán a su justicia, que descargará sobre ellos muchos males, de los cuales no se podrán librar: clamarán al Señor, y no los oirá. El endurecimiento de su corazón, que les conduce a la impenitencia, acumulará sobre sus cabezas tesoros de cólera, de la cual se verán acosados en el tremendo día del juicio. Si alguno de ellos se gloría de su injusticia y maldad, bien pronto recibirá el castigo merecido, y el justo, testigo de su ruina, dirá: – este es aquel que, no queriendo a Dios por defensor, ponía toda su confianza en su riqueza y vanidad”.

“El bueno que se somete a Dios, será iluminado y enriquecido con dones celestiales: el malo se secará como la yerba, caerá como las hojas de los árboles, y sus reliquias serán destruidas”.

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