La jerarquía interior

El hombre eficaz, activo por sus sentidos, y por ellos inclinado también a las cosas materiales, dividido de este modo entre dos amores y dos voluntades, que le impelen violentamente a direcciones contrarias, no podrá gozar de paz, sin que haya antes establecido el orden entre sus facultades, y sujetado los sentidos a la ley de la razón, o de la verdad; orden que, en sus relaciones con las acciones de los seres libres, no es más que la justicia inmutable del Hacedor. Luego, no hay felicidad sin virtud, ni virtud sin amor predominante de los bienes intelectuales, o de la justicia y la verdad.

Quitad esta armonía y dependencia entre nuestras facultades, y en el instante veréis nacer del mismo desorden la pena, el dolor, que no cesarán sino cuando se acabe aquél. El hombre en el estado de ignorancia vive y obra a ciegas; ni sabe lo que debe amar, ni lo que es lícito y se puede permitir, ni de qué se debe huir, y el orden le manda evitar; y si la ignorancia es total, como en la idiotez absoluta, se acaba todo amor, toda acción se destruye y el individuo muere (ya en el orden intelectual o racional, ya en el orden físico), a menos que una inteligencia extraña le conserve. El error, viciando al amor, desarregla las acciones y pone al hombre en relaciones falsas, y por consiguiente dolorosas con sus semejantes. Si permaneciendo la verdad en el entendimiento, la voluntad se extravía, se enciende entre la razón y las pasiones una guerra terrible que desconcierta y constrista al alma, y es lo que forma los remordimientos con sus terrores y angustias insufribles.

Cuando los sentidos u órganos destinados a servir se llegan a apoderar del mando y del poder, el desorden llega hasta lo sumo; todo perece, la inteligencia, el amor, el cuerpo mismo. Cuando estábamos sometidos a la ley de la carne, dice enérgicamente este libro divino en que se encuentra toda verdad, obrando en nuestros miembros las pasiones desarregladas, daban frutos de muerte (Ep. ad Rom. VII, 5).

Es pues la primera condición de la felicidad que las diversas facultades del hombre estén convenientemente ordenadas entre sí, y que cada una goce de su objeto propio y peculiar. Alcanzar su perfecto desarrollo, y gozar cada una del objeto que le corresponde en toda la extensión de que es capaz, es indudablemente la segunda.

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