La institución del Corpus Christi

En el año 1191 nació en Retinnes, diócesis de Lieja, la que sería Santa Juliana, fruto de la fe y las oraciones de sus padres. Los perdió cuando tenía cinco años, y fue puesta con su hermana en el hospital del Monte Cornillon, y recomendada mu especialmente a una piadosa religiosa llamada Sofía.

Juliana, educada con esmero e inteligencia, hacía admirables progresos, procurando imitar a los santos cuyas vidas solía leer. Una tarde, hallándose reunidos todos en torno al gran hogar de familia, le contaron que San Nicolás, muy joven todavía, gustaba de mortificarse los miércoles y los viernes, y ella quiso ayunar también aquellos dos días de la semana.

La tomó por la mano Sor Sofía, y acompañándola a la puerta le dijo: “Anda a hacer penitencia en el frío y la nieve, por haber ayunado sin mi permiso”. Y la niña se quedó allí pacientemente, en la humilde postura de una penitente. No tardó Sofía en hacerla entrar otra vez, y la envió a la iglesia a confesarse. El confesor la impuso la penitencia de que comiese lo que se le daría.

Años después hacía la santa los más humildes servicios de la comunidad, y después leía las Escrituras, a San Agustín y los maravillosos sermones de San Bernardo sobre los Cánticos de los Cánticos, porque había estudiado francés y latín para ponerse más fácilmente al alcance de la teología ascética. Ponía después en práctica todas aquellas lecturas y procuraba imitar en su vida la de Jesucristo.

Sus mortificaciones eran extraordinarias. Ayunaba todos los días hasta el anochecer, y velaba en la meditación y en la plegaria, pero en lo que más se distinguía era en su tierna, afectuosa y ardiente devoción al Santísimo Sacramento del altar. Comulgaba con frecuencia, y la costumbre que tenían las religiosas hospitalarias de no oir misa todos los días era para ella un verdadero pesar.

Sor Sofía, para consolarla, le hizo construir un pequeño oratorio, en donde estaba secretamente en oración todo el tiempo que sabía que se celebraba la misa en la iglesia de San Martín. Desde que cumplió los dieciséis años, todas las veces que se dedicaba a la oración, le parecía ver la luna llena, pero con una leve mancha oscura, y creyendo que era una tentación, rogó repetidas veces para verse libre de ella. Pero la visión volvía siempre a aparecer. Al fin Juliana pidió a Dios saber la razón de aquello, y percibió interiormente que se le decía: “La luna significa la Iglesia, y la mancha la falta de una fiesta en el cielo misterioso del año cristiano para honrar la institución de la Sagrada Eucaristía”. Y luego recibió la orden de anunciar aquella fiesta.

A cada nuevo aviso del Cielo ella respondía con la más profunda humildad: “Señor, no me encarguéis un negocio de tanta importancia; encargadlo mas bien a los sacerdotes”. Pero Jesucristo le decía: “Por ti ha de comenzar esta obra, que llegará a instituirse por personas despreciables a los ojos de los hombres”. Y Juliana oía a los ángeles repetir aquellas palabras del Evangelio: “Gracias os doy, Padre mío y Señor del cielo y de la Tierra, de haber ocultado estas cosas a los sabios, y de haberlas revelado a los pequeños”. Dios suele escoger lo más humilde para sus más altos designios.

Por más de veinte años aquella humilde doncella guardó su secreto, rogando a Dios que suscitase una palabra más poderosa que la suya. En 1230, cuando fue elegida priora de la casa de Monte-Cornillon, no se sintió con suficiente valor para declararse sobre este asunto. Le contó todo al Padre Juan de Lausana, venerado por su virtod y canónigo de San Martín de Lieja, rogándole que consultase sobre la materia con los teólogos y maestros de la ciencia.

El Padre Juan fue recorriendo los cabildos, las parroquias y los conventos, y logró persuadir a la mayor parte de las personas con quienes hablaba sobre el particular. Interesó en ello muy especialmente a tres profesores de Lieja, Guillez, Juan y Gerardo, su prior y provincial el hermano Hugo, llamado de San-Cher, que debía ser honrado con la segunda dignidad de la Orden, al arcediano de la iglesia de Lieja llamado Jaime Pantaleon de Troyes, que fue después obispo de Verdún, patriarca de Jerusalén, y por fin Papa bajo el nombre de Urbano IV, el obispo de Cambray, el canciller de la Iglesia y de la Universidad de París, y otros muchos doctores, y todos ellos fueron del parecer de que era muy justo y útil a la Iglesia el celebrar la fiesta del santísimo Sacramento.

En el año 1246, el obispo de Lieja, Roberto de Torota, declaró en su sínodo la institución de una fiesta particular del Santísimo Sacramento, cuya celebración pública y solemne ordenó a toda su diócesis. Prescribió ayuno en la víspera, y prohibió todo trabajo servil durante el día, como si fuera un domingo. Pero la muerte le arrebató a su piadosa solicitud, y antes de que hubiese dado el decreto definitivo que estaba preparado. Los canónigos de San Martín continuaron celebrando aquella fiesta, sin hacer caso de las oposiciones y contradicciones que suscitaban los enemigos de la Iglesia.

Esta iglesia y su capilla, decorada con ricos emblemas de mármol, es la primera que fue especialmente consagrada a la devoción del Sacramento adorable de la Eucaristía. Así cada año, en la víspera del Corpus, el cabildo, para conservar la memoria de tan grande acontecimiento, hacía cantar por los mejores músicos de la ciudad algunos versículos en lo más elevado de la torre de la iglesia, como para anunciar la solemnidad del siguiente día a las cuatro esquinas del mundo, e invitarlas a que vinieran a reunir su fervor, su respeto y sus adoraciones a los de los fieles de Lieja.

En tanto Santa Juliana, ayudada por un sencillo y piadoso joven llamado Juan, había compuesto expresamente para este día un oficio del Santísimo Sacramento que debía más tarde completar Santo Tomás de Aquino.

En el año 1262 esta gran fiesta llegó a ser una de las primeras solemnidades de toda la iglesia. El Papa Urbano IV pensó en hacerla fiesta de precepto. Las instancias de muchos grandes prelados, y los continuos ruegos de una santa reclusa, llamada Eva, que había sobrevivido a la bienaventurada Juliana, su amiga, y que no era menos favorecida que ella de los dones del Cielo, movieron al Papa a hacer este establecimiento.

Pero las turbaciones de Italia y otras necesidades aún más urgentes de la Iglesia retardaban cada día su ejecución, hasta que un prodigio acaecido, dice San Antonino, en Bolsena en la diócesis de Orvielo, determinó al Papa a expedir una bula para que en toda la Iglesia se celebrase semejante festividad con la mayor solemnidad que fuese posible. Este prodigio fue un corporal que quedó ensangrentado con la sangre de Nuestro Señor, por haber caído en él algunas gotas del cáliz por descuido de un sacerdote al decir misa en la iglesia de Santa Cristina.

En la bula de aquel año, da el Papa una idea sublime del inmenso amor que el Salvador nos muestra en este divino Sacramento, y de los infinitos bienes que encierra la sagrada Eucaristía. Jesucristo, después de habernos dado todas las cosas – dice el Papa – se nos da a sí mismo. ¡Oh liberalidad impensada, donde el don que se nos da es la persona misma del que nos lo da! ¿Puede subir más de punto la liberalidad que cuando uno, después de habernos dado todo cuanto tiene, se nos da a sí mismo? Jesucristo se hace nuestra comida, para que así como el hombre se había procurado la muerte comiendo de la fruta vedada, así se procurase la bienaventurada inmortalidad comiendo este pan de vida. Aunque todos los días se celebre – dice este gran Papa – la fiesta del Santísimo Sacramento ofreciéndose el divino sacrificio, nos parece muy a propósito señalar un día cada año que le esté particularmente consagrado por una fiesta de las más solemnes.

El Papa Clemente V confirmó solemnemente en el Concilio del año 1311 la bula de institución expedida por el Papa Urbano IV, y lo mismo hizo el Papa Juan XXII cinco años después. Desde entonces se ha celebrado esta fiesta con más solemnidad que antes en toda la Iglesia universal. Y Santo Tomás de Aquino, la admiración de todo el mundo cristiano y una de las más brillantes lumbreras de la iglesia, compuso el oficio, que se tiene por uno de los más devotos, completos y bellos, así por la energía de las expresiones, como por la doctrina que en él expende de todo el misterio eucarístico.

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