La ignorancia medieval

Que la Iglesia y la Edad Media son sinónimos de oscurantismo son patrañas que, pese a haber sido pacientemente desmontadas, persisten en la pseudo intelectualidad más o menos anticatólica y en no pocos sectores llamados cristianos.

La Edad Media, lejos de ser una era de ignorancia y falta de avances en ciencia, fue un tiempo de gran esplendor del conocimiento. Por una lógica histórica, en retrospectiva cualquier época es más atrasada y basta ver las creencias científicas de hace un siglo o dos para reírnos o llorar. ¿Importa para los detractores que las universidades, los colegios modernos o los hospitales fuesen creaciones de “la era oscura”?

¿Quiénes eran, por ejemplo, los modelos que la Iglesia proponía en ese tiempo, que bien elevó a los altares para que se les imitase y siguiese, o les encomendó tareas de enseñanza y pensamiento? El mundo moderno, ¿les debe algo respecto a lo que hoy nos parece común y obvio? La Edad Media surge, recordemos, de la barbarie de las invasiones, la superstición pagana y la caída del mundo antiguo con sus civilizaciones y desde allí se construye el mundo tal como le reconocemos.

Santa Hildegard de Bingen (1098-1179) – conocida como la sibila del Rin y la profetisa teutónica – fue fundadora, abadesa, líder monacal, mística, profetisa, médica, arquitecta, compositora y escritora alemana. Encarnó con sus virtudes y conocimiento el ideal benedictino. Dotada de una cultura fuera de lo común, trabajó con firmeza en reformar las malas costumbres, polemizó con el poderoso Emperador Federico Barbaroja, luchó contra el antipapa Víctor VI y fue una de las escritoras de mayor producción de su tiempo, versando sus trabajos en una multitud de temas. Tan grande fue su sabiduría que también es venerada por los herejes de la Comunión anglicana, entre ellas la Iglesia de Inglaterra y la Iglesia episcopal escocesa.

Por su parte San Alberto Magno (1193-1280), Doctor Universal, fue principal representante de la tradición filosófica domínica. Su justa fama como sabio nace de su amplio conocimiento y la defensa de la complementación de la ciencia con la religión. Aun desconfiando de Aristóteles, fue crucial para introducir tanto la ciencia griega como la árabe en el mundo universitario medieval. Para el maestro de Santo Tomás de Aquino, “la ciencia no consiste en ratificar lo que otros dijeron sino en buscar las causas de los fenómenos”.

El Obispo de Lincoln, el franciscano Roberto Grosseteste (1168-1253), fue un erudito en casi todos los ámbitos del saber de su época. Considerado el fundador del pensamiento científico de Oxford, es la figura central del movimiento intelectual inglés a principios del siglo XIII. Se interesó especialmente en las ciencias del mundo natural y escribió sobre acústica, astronomía, geometría, el movimiento de las mareas y óptica. Sostenía que los experimentos deben ser usados para verificar una teoría, testeando sus consecuencias. Sus trabajos experimentales en óptica fueron relevantes para el mundo científico y universitario, inspirando los estudios de alumnos como Sir Roger Bacon.

Sir Roger Bacon (1214-1294), conocido como Doctor Admirable, se hizo monje franciscano hacia el 1240 e influenciado por Grosseteste se dedicó a promover la introducción de la observación de la naturaleza y experimentación como fundamentos del conocimiento natural. Impulsó el concepto de “leyes de la naturaleza” , contribuyendo a las ciencias con sus estudios sobre óptica, mecánica y geografía. Junto al Obispo de Lincoln establecieron la disciplina como un campo de estudios universitario y sentaron la base para la larga tradición de investigaciones que llegó hasta Kepler con la óptica moderna en el siglo XVII.

Santo Tomás de Aquino 1227-1274), el Doctor Angélico, fue un fraile domínico y teólogo italiano, alumno de San Alberto Magno y Doctor de la Iglesia. La amplitud de sus estudios está a la par de su maestro, interesándose en la química, filosofía, ontología y epistemología. Su prolífica obra admira cuando se considera que enseñó y produjo tanto antes de morir con apenas cuarenta y nueve años y llegó a recorrer unos 10 000 kilómetros en viajes a pie. Su contribución al pensamiento científico fue ser el responsable en integrar el aristotelismo con la tradición escolástica, reconciliando el agustinismo.

Fray Juan Duns Scoto (1266-1308), el Doctor Sutil, filósofo y teólogo franciscano, fue formado en el ambiente académico de la Universidad de Oxford, donde aún brillaba el clima de Roberto Grosseteste y Roger Bacon. Sostuvo una posición alternativa a Santo Tomás de Aquino en el enfoque de la relación entre la Razón y la Fe. Enseñaba que las verdades de la fe no podrían ser comprendidas por la razón y que, por tanto, la filosofía debería dejar de estar bajo los estudios teológicos y necesitaba adquirir autonomía. Fue el mentor del otro sabio medieval de su mismo enfoque, Guillermo de Ockham.

El francés Jean Buridan (1300-1358), alumno de Ockham, fue filósofo y sacerdote. Aún cuando hoy se le desconoce, excepto los especialistas, en su tiempo fue uno de los filósofos más famosos e influyentes en Europa. Su fama proviene del desarrollo y popularización de la noción de inercia con la teoría del ímpetu, que explicaba el movimiento de proyectiles y objetos en caída libre. Preparó así los trabajos de dinámica de Galileo y el principio de Inercia de Isaac Newton.

Su maestro, Guillermo de Ockham (1285-1350), el Doctor Invencible, era otro fraile franciscano inglés, teórico de la lógica, que escribió sobre medicina y teología. Defendía el principio de la parsimonia, que en el ámbito cultural anglosajón llega hasta Bertrand Russell (1946, 462—463) en los Principia, o continuadores como Thomas Hobbes y John Locke. El germen del concepto ya podía verse en su profesor Duns Scoto. Su doctrina hoy es conocida como la “Navaja Ockham”: si hay varias explicaciones igualmente válidas para un hecho, entonces debemos escoger la más simple. Este concepto se volvió la base fundamental de lo que luego conoceríamos como el método científico moderno y del reduccionismo en ciencias.

Nicolás de Oresme (1323-1382), otro seguidor de Ockham fue un genio intelectual y uno de los pensadores más originales del siglo XIV. El Obispo de Lisieux y teólogo es uno de los principales propulsores de las ciencias modernas. Además de todas sus contribuciones estrictamente científicas, fue economista, matemático, físico, astrónomo, filósofo, psicólogo y musicólogo, además de traductor y consejero del rey Carlos V de Francia. Combatió con fuerza las supersticiones como la astrología y sostuvo la posibilidad de otros mundos habitados en el espacio. Es de los últimos intelectuales nacidos antes de la peste negra y se le considera uno de los principales artífices de la renovación medieval, previa a la revolución científica moderna. En economía admira que siete siglos atrás sostuviera que el dinero es un producto originario del mercado y no del Estado, que era una mercancía más y no solo un medio de intercambio, donde originalmente certificadores privados informaban sobre la finura del metal usado en las monedas a sus clientes. Vio que la inflación era producto de la intervención del Estado, debido a que éste había nacionalizado el dinero. Se adelantaría así a la teoría del ciclo económico en la Escuela Austríaca.

Es tanto el peso que tenían las ciencias y el conocimiento en la Edad Media, que sería impracticable reunir en una nota a todos sus exponentes. Basta recordar, por ejemplo, al Arzobispo, teólogo, historiador, erudito en literatura, arte, derecho, gramática, cosmología, ciencias naturales entre otras áreas, San Isidoro de Sevilla (556-636)) o San Beda el Venerable, famosos por su erudición, multitud de temas en sus obras y colosales bibliotecas.

Junto a estos se cuentan el Beato “Hermannus Contractus”, Hermann von Reichenau (1013–1054), monje benedictino, matemático, astrónomo, teórico de música y compositor. También Jordano de Nemore, fraile domínico y matemático, autor de tratados sobre la ciencia de los pesos; los algoritmos en los tratados de aritmética práctica; aritmética pura; álgebra; geometría y proyección estereográfica; fray Teodorico de Freiberg (1250-1310), físico, profesor y teólogo dominico, autor de al menos 38 obras que abarcan prácticamente todas las ramas de la teología, la filosofía y las ciencias naturales, destacando un tratado clave para el estudio del arcoíris, la defracción de la luz y la formación de los colores siglos antes que Newton; procurador en la Universidad de Oxford y Arzobispo de Canterbury Thomas Bradwardine (1290–1349), matemático y físico, precursor de la investigación científica y de la introducción de las matemáticas como uno de sus métodos fundamentales, famoso por la popularización del concepto de función matemática siglos antes de su formalización en el siglo XVII; el Cardenal Nicolás de Cusa (1401-1464), teólogo y filósofo experto en griego y hebreo, además de filosofía, teología, matemáticas, astronomía y muchas otras disciplinas, que con 22 años obtuvo el doctorado en Derecho canónico.

Quedan fuera notabilísimos ejemplos de otros doctos varones y mujeres que brillaron, como una pléyade en el cielo iluminado por la más brillante de la lunas, la Santa Iglesia, haciendo de la Media una edad de brillos y luces, muy superior en erudición y virtud a nuestra turbulenta época.

Cuando escuchemos el desprecio hacia el catolicismo, consideremos con piedad y caridad – lejos de toda burla o acrimonia – a estas pobres almas sumergidas en el oscurantismo fanático de propagandas interesadas en opacar a la Santa Iglesia y la civilización cristiana.

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