La hora más temida

El Ébola espanta por su letalidad. El terror eriza de forma natural la piel de nuestros contemporáneos. Sólo imaginar una epidemia así y de alcance global, arrastrando a las poblaciones a una muerte espantosa, supera la imaginación de los autores de horror-ficción.

Para el creyente, cierto de que los sufrimientos de la tierra culminan con la muerte, el problema mayor no está en el cuerpo sino en el alma. Ella, inmortal, tiene un destino eterno según sus obras. El cielo o el infierno son las grandes extensiones ante su vista y la vida terrena es un pequeño trayecto.

El pecado es un mal superior al de una enfermedad del cuerpo pues mata el alma. Debemos, sin duda, cuidar de la salud corporal. Sin embargo, el cuidado espiritual es superior e infinitamente más elevado. Si el pecado se extiende, arrebatando almas como una epidemia y si el pecado generalizado arrastra a poblaciones enteras al Averno, es un problema que debería horrorizarnos.

Aún superior al horror nuclear, por encima de las pestes y epidemias más catastróficas, es la preciosa sangre de nuestro Señor Jesucristo la que es derramada en vano y las almas se pierden para siempre. Por la eternidad. Las naciones proclaman campañas de prevención y tratamiento de epidemias, pero para los males del alma, no advertimos verdaderas cruzadas de combate al pecado e invitación a la salvación, no vemos campañas de prevención, cuidado y remedio para los males del alma.

Por el contrario, si algo caracteriza nuestros tiempos es el pecado ufano y orgulloso de sí, protestando más poder, más libertad e incluso, el inaudito grito reclamando derechos. Trasladando el problema al cuerpo, nadie en su sano juicio levantaría una campaña pidiendo más espacio y derechos para el Ébola o cualquier otra epidemia mortal. Ni siquiera se consentiría, en una mentalidad tan cuerpista como la nuestra, una campaña que reclamase derechos y medios o leyes que protejan cualquier otra enfermedad. Por el contrario, los gobiernos y sus representantes toman medidas preventivas hasta lo dictatorial en cuanto al cuidado del cuerpo. El menor riesgo para la salud es advertido en sonoras campañas y denuncias y las redes sociales se movilizan para difundir sus riesgos.

Una cultura de pecado es una epidemia mortal triunfante y gobernante. Es publicitar el mal, es revestirle de atractivos y, por absurdo que parezca, reclamar espacios de legitimidad para éste.

Para el cuerpo los médicos desarrollan remedios como para los del espíritu la Santa Iglesia provee medios sobrenaturales para remediar, prevenir y sanar, abriéndonos las puertas del Paraíso.

Pero, ¿qué haremos si nos faltan los médicos del alma? ¿Cómo podremos combatir la epidemia que arrebata a las naciones la salvación eterna?

Precisamos pastores santos y celosos por nuestra felicidad eterna, sin fin. Rogamos al Cielo por pastores que prediquen virtud, que enamoren a los corazones con los dulces esplendores de la santidad, que nos recuerden que estamos creados y destinados al Cielo, que toquen las fibras del alma para que tengamos horror natural a perder la compañía de Dios, la Santísima Virgen, los ángeles y los santos. Pastores que, en fin, nos recuerden que la vida sobre la tierra pasa y que la eternidad es lo que viene. Pastores y almas celosas que combatan el pecado, que proclamen la virtud, que nos recuerden las excelencias del Cielo. Almas que denuncien a los lobos entre las ovejas que, no contentas con devorarlas tienen la audacia de exigir derechos, fingirse víctimas y protestar por sentirse marginados en el rebaño. Almas santas que traigan a las ovejas enfermas los remedios de la virtud, construyendo una civilización virtuosa, gloriosa, impregnada y regida por las luces espléndidas de los Evangelios y de toda la gracia que la Santa Iglesia nos ha obsequiado por siglos.

Con estas intenciones elevamos nuestras oraciones, recordando, de rodillas las advertencias maternales de María Santísima y de los santos que si bien vislumbraron los horrores modernos también nos aseguraron una y otra vez el triunfo de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Con esta esperanza vivimos, y combatimos y con esta certeza inalterable confiamos morir.

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