La gran mentira

Al enemigo ni se le cree ni se le da tregua. Y si la astucia es una de sus armas, creer será un crimen. El Enemigo, así, con mayúsculas, es astucia en estado puro y sus secuaces –hijos de su perfidia- son un reflejo en la tierra.

Dice el axioma que comenzamos mintiendo y terminamos creyendo, cosa que es verdad pero a medias: también se le termina creyendo al mentiroso tanto como él cree finalmente en sus mentiras. Ahora bien, siendo seres inteligentes comprendemos la falsedad, no somos inconscientes respecto a ella.

Si Dios nuestro Señor es la Verdad misma, el empeño del infierno será la mentira absoluta. Éste es un principio fundamental de la vida espiritual. La civilización del Evangelio se construye sobre esa Verdad, sobre la afirmación de que Él y sólo Él es El Camino y la Vida verdadera. Un asunto es perdonar al pecador y otro es licenciar al pecado.

Observando los hechos humanos podemos medir de alguna forma el progreso espiritual de los pueblos. Las virtudes y los vicios son la medida adecuada, pues son los actos tanto como las intenciones los que definen las vidas. Por tanto, si recorremos con la mirada el mundo que nos rodea, ¿con qué nos encontramos? Probablemente, entre muchas otras características, con una cultura de la mentira.

Los pueblos masificados consumen no para su propio bien y prosperidad sino para aparentar, mintiendo más o menos descaradamente, sobre su situación económica y social. Se viste, exhibe tecnología y presume de viviendas o movilización que serían propias de quienes alcanzaron altos niveles de ingresos. Pero, curiosamente, son esas personas quienes no ostentan esos atributos. Todo esto con tal aparataje y exhibición que modelan un modo de ser y de existir que fuerza a las diferentes capas de la sociedad a alejarse de su propio modo de esplendor y buen vivir.

Las actividades políticas pierden su nobleza y función evangelizadora bajo la capa sucia de la mentira: se promete sin intención de cumplir, se pacta traicionando a quienes otorgaron el poder de gobernarlos en su nombre, se pervierte el honor del servicio público abusando de la confianza de los pueblos en beneficios propios e incluso negando la traición y el crimen.

Las ideologías del mal podrían ser una suerte de protoforma de maldad y mentira. Piénsese, por ejemplo, en el Islam y sus mentiras, no sólo de origen y herejías sino en su propia propaganda como “religión de la paz”. ¿No se avanza en una carga de destrucción, crimen y terror alardeando de la paz islámica? ¿No son las herejías una forma descarada de mentira, pues conociendo la verdad se propone una mentira contumaz?

Por otro lado, en la ideología política ¿no son las el modelo infernal de la mentira? Se proclaman “democráticos” quienes conforman el mayor cúmulo de regímenes totalitarios y dictatoriales; “populares” quienes hacen de las gentes humildes las víctimas de la opresión, miseria y esclavitud, o “pacifistas” quienes con violencia y prepotencia justifican sus poderes armados y fuerzan a sus enemigos al desarme.

Llevada la mentira a la más alta de las esferas, la espiritual: ¿no sería desde allí el triunfo del mal si se propusiese la mentira? Allí posan los prevaricadores modernos, propagandistas del mal a través de la mentira. Se llaman a sí mismos “humildes” quienes, poseídos por el orgullo, nunca ven saciadas de forma suficiente su hambre y sed de popularidad, forzando las cosas tanto como precisen para no perder el foco de las cámaras y los aplausos agradecidos del pueblo envilecido e indulgenciado por los perversos. O bien “evangélicos” y “evangelizadores” quienes niegan de palabra y acto las sagradas doctrinas contenidas en los Libros Santos y no procuran la conversión, enmienda y progreso de la virtud de las gentes, pues no es su salvación la que buscan sino halagos para su orgullo y sensiblería. No podemos llamar, si queremos evitar la mentira, de otro modo que no sea maldad a estos hechos.

Se niegan Cielo, Infierno, Purgatorio y necesidad de la Santa Iglesia para alcanzar la salvación, se destrozan sus templos y el sagrado culto, se consiente la perversión de los hombres y, por si faltase algo, se ofende a las más sagradas personas con sus infernales enseñanzas.

Que los Cielos nos amparen y la gracia de Dios nos asista ante el embate del mal. Sabemos, por acto de fe, que los infiernos no prevalecerán, aunque nuestra carne sea débil y desespere. Bajo la mirada materna de María Santísima, consuelo de los fieles y terror de los demonios, triunfaremos.

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