La fiesta de la Natividad de la Virgen

Del nacimiento de la gloriosísima Virgen y Madre de Dios María, Señora nuestra, dice la Santa Iglesia en una antífona, hablando con ella, estas palabras: “Vuestra Natividad, oh Virgen y Madre de Dios, ha traido gozo y alegría al Mundo; porque de Vos ha nacido el Sol de Justicia Cristo, nuestro Dios; el cual, deshaciendo la maldición (debajo de la cual nos encontrábamos) echó Su copiosa bendición sobre nosotros, y venciendo y matando la muerte, nos dio la vida sempiterna y perdurable”.

Por cierto que con gran razón, guiada del Espíritu Santo, dice la Iglesia que el nacimiento de la Virgen ha acarreado al Mundo singular alegría y regocijo. Porque si el ángel San Gabriel dijo a Zacarías que muchos se gozarían y tendrían placer en la Natividad de su hijo San Juan Bautista, y la celebraron porque era hijo de oraciones, y nacía de padres ancianos y de madre estéril, y había de ser precursor del Mesías y prepararle el camino; ¿cuántos más motivos y títulos tiene todo el mundo para sentirse felices el día en que nació esta Virgen benditísima, en cuyas purísimas entrañas se había de encerrar Dios, nuestro Redentor, y vestirse de su carne, y unir la Naturaleza Divina con la humana, y darle con Su bendición, vida y salud eterna?

Todo el Universo estaba vestido de tinieblas, de culpa e ignorancia, y cubierto de una noche tenebrosa y oscura. Mas cuando apuntó y comenzó a salir la luz de esta Alba Divina, todo se bañó de regocijo y alegría, entendiendo que se acercaba el día y venía el Sol, que le había de esclarecer y librarle de todos los males y miserias que padecía.

La Santísima Trinidad tuvo singular contento: El Padre, por haber nacido Su dulce Esposa; el Hijo, porque había de ser Su Madre; y el Espíritu Santo, porque era Su Templo, y porque por virtud Suya había de concebir al Hijo del Altísimo en su sagrado vientre.

¿Y qué diremos de todos aquellos celestiales y bienaventurados espíritus? ¿Qué fiesta creemos que hicieron en el Cielo el día en que vieron nacida en la tierra a la que había de ser su Reina, y reparadora de sus filas, por medio de su benditísimo Hijo? ¿Qué de los santos Patriarcas, sus primogénitos, cuando vieron cumplidos sus largos y ansiosos deseos, que por medio de esta Niña había de ser tan ilustrado y encumbrado su linaje? ¿Qué de los Profetas, que tantas veces la anunciaron, y debajo de tantas sombras y misteriosas figuras la dibujaron y pintaron? Todo el linaje humano se debe alegrar con el nacimiento de esta Señora, por la honra que le vino de tenerla por parienta, y por gloria, ornamento y corona suya; y particularmente los pecadores, por tener tal abogada e intercesora.

Pero los que más parte tienen hoy en esta fiesta son los padres de esta Niña, a quien Dios hizo tan señalada merced, y por medio de ellos dio tanta alegría a todo el mundo. El padre de la Virgen fue Joaquín, de Nazaret; su madre Ana, de la ciudad de Belén, y los dos eran de la tribu de Judá, y del linaje de David. Eran nobles, y de sangre ilustrísima, porque descendían de muchos reyes, de valerosos capitanes, de grandes y sabios jueces y gobernadores del pueblo de Israel. Y lo que más importa, de santísimos sacerdotes y patriarcas, y amigos de dios, que le habían servido con singular amor y reverencia.

Además de eso eran personas muy temerosas de Dios, y guardaban con gran cuidado su santa ley en ayunos, oraciones y limosnas; porque tal convenía que fuese el árbol que había de producir tal fruto. Repartían sus rentas en tres partes: en el Templo y culto divino, en los pobres, y en sustentar a su familia. Habían vivido veinte años casados sin tener hijos, porque Ana era estéril, y por esta causa andaban muy tristes y afligidos. Mas Dios nuestro Señor, con gran providencia ordenó que Ana fuese estéril para que el nacimiento de su hija santísima fuese milagroso, y no se atribuyese a la naturaleza, sino a la gracia. Y como dice san Juan Damasceno (lib. 3, de Fid. cap. 15) para que por este milagro se allanase el camino para el milagro mayor de todos los milagros, que es venir Dios al mundo, y encarnar en las entrañas de María; y para que se entendiese que la que nacía no era obra de deleite sensual, sino de la gracia divina; y que el señor algunas veces cierra la puerta para abrir la mayor maravilla, para que con el nuevo milagro se conozca mejor, y se estime más la grandeza de la que nace.

También quiso Dios que Ana fuese estéril, y ella y Joaquín viejos, para que la Virgen que nacía fuese hija de oraciones, de deseos y lágrimas; a la manera que lo fue Samuel, hijo de la otra Ana, que con suspiros y ayunos, y llantos le dio a luz. Así estos santos casados suplicaban continuamente a Dios con gran insistencia que les diese fruto de bendición, prometiéndole consagrar a su divina Majestad el hijo o hija que les diese; y con la oración juntaban ayuno, y la limosna.

Perseveraron tanto, y con tan grande confianza, y buenas obras, que el Señor les envió un ángel que les reveló que el Señor había oído sus plegarias y oraciones, y que tendrían una hija, que llamarían María, y sería Madre del Mesías y Salvador del mundo. Y fue muy conveniente que el ángel trajese del Cielo esta buena nueva, y anunciase la que había de alegrar al Cielo y la atierra; pues los nacimientos de Isaac, de Sansón y de San Juan Bautista habían sido anunciados a sus padres por ángeles.

Con este favor de Dios quedaron consoladísimos Joaquín y ana, y le dieron muchas gracias por tan señalada merced, y Ana concibió a la Virgen Sacratísima a los ocho días de diciembre, en que la Santa Iglesia celebra la Fiesta de la Inmaculada Concepción; y cumplidos los nueve meses la dio a luz el ocho de septiembre en Nazaret, en una casa que tenían sus padres en el campo, entre los balidos de las ovejas, y alegres cantares de los pastores, como lo afirma San Juan Damasceno.

Nació esta gloriosa Niña más bella y hermosa que ninguna criatura humana en el cuerop, y en el alma tan pura, tan perfecta, tan adornada de gracias y virtudes, que los Serafines y Querubines se admiraban al verla. Porque como del cuerpo de la Virgen se había de formar el Cuerpo de Jesucristo, fue cosa muy conveniente que aquella carne de la cual había de venir el Verbo Eterno fuese muy proporcionada a la del Hijo, y buen compuesta, y en todos los bienes naturales acabada con suma perfección; y que el Hijo fuese muy parecido a la Madre en el ser natural, y la Madre al Hijo muy semejante en el ser de la gracia. Porque en lo primero Cristo era Hijo de María, y ella su Madre, y en lo segundo Él era su Padre, y ella su Hija.

De aquí vino la plenitud de la gracia, que ell alma de la Virgen tuvo, y las inmensas riquezas de todas las virtudes y dones, que por un modo singular el Señor le comunicó. Porque todas las gracias que Dios repartió a todos los otros santos, las juntó en María con mayor perfección y medida más colmada. Y así todas las mujeres que en el Antiguo Testamento tuvieron alguna excelencia, fueron una imagen de la Virgen Santísima, y a todas las aventaja infinitamente.

Si esta Niña benditísima, que nace hoy, es tan cargada de gracias, tan adornada de virtudes, y enriquecida de tantos y tan incomparables dones de Dios; y por medio de ella el mismo Dios se nos comunica, y toma nuestra carne, y se hace nuestro hermano; de manera que le podemos decir que es carne de nuestra carne, y hueso de nuestros huesos, ¿cómo nos debemos alegrar en este día? ¿Con qué regocijo celebrar este nacimiento? ¿Y con qué fiesta solemnizar la venida al mundo de la que le dio vida? Con gran gozo, devoción y reverencia debemos recibir a nuestra Reina y universal señora, y honrarla porque la Soberana majestad del Padre Eterno la tomó por Esposa y por Madre de Su Hijo.

Por esto dice el Cardenal Damian (Serm. 2 y 3, de Nativit.) estas palabras: “La Natividad de la Beatísima e Intemerata Madre de Dios da a los hombres singular alegría, por haber sido el principio de toda nuestra salud. Con razón, por cierto, todo el mundo hoy festeja, y salta de placer, y la Santa y universal Iglesia hace Fiesta; pues en este día ance la Madre dignísima de su Celestial Esopso, y en ella celebra el principio de las otras fiestas suyas; porque siendo esta fiesta en tiempo más antigua, no debe ser inferior en la dignidad. Por tanto, gocémonos, y holguémonos en la Natividad de la Virgen y Madre, que anunció un nuevo gozo al Mundo, y fue principi ode toda nuestra salud; cy como nos solemos alegrar en el Nacimiento de Cristo, alegrémonos también en el Nacimiento de la Madre de Cristo”.

Y San Juan Damasceno dice: “Venid todas las gentes, y todos los estados de hombres, de cualquier lengua, edad y condición que sean, para que celebremos con gran afecto el dichoso y alegre día del Nacimiento de esta Virgen” (Orat. de B. Virg.).

La fiesta de la Natividad de nuestra Señora, dicen algunos que la instituyó el Sumo Pontífice Inocencio IV, alrededor del año 1250, y que la causa de la institución fue una larga Sede vacante de veintiún meses, que hubo en la Iglesia, después de la muerte del Papa Celestino IV, y que se hizo voto y promesa de que saliendo con brevedad Sumo Pontífice se celebraría con solemnidad esta fiesta de la Virgen. Y que luego fue elegido el cardenal Sinibaldo, que en su asunción se llamó Inocencio IV, y fue el que la mandó celebrar en toda la Iglesia.

Pero esto puede no ser exacto, porque San Juan Damasceno, Pedro Damián, Ruperto y otros autores que vivieron mucho antes de que Inocencio IV fuese Papa consta ya en el tiempo de ellos que se hacía la Fiesta de la Natividad de la Virgen. Es muy posible que después del Concilio de Éfeso, en el cual fue condenado Nestorio porque con su lengua sacrílega negaba que la Virgen nuestra Señora había de ser llamada Madre de Dios – y con esta ocasión creció más la devoción de los fieles para con Ella -, se haya dado principio a celebrar su Santísima Natividad con fiesta particular.

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