La doctrina de la justificación

A petición de nuestros lectores explicamos mejor este punto que ha generado una divisiones insuperables con los protestantes y algunas herejías modernas, en tanto se sostenga el evidente error.

Una de las cuestiones más immportantes en la dogmática cristiana es saber cómo el hombre pecador se hace justo, es decir, cómo de la culpabilidad del pecado pasa a un estado agradable a Dios. Bajo el punto de vista del Antiguo Testamento es justo el que cumple la ley, el que adquiere por su propia actividad la justicia delante de Dios. Esta justicia es exterior, es una justificación propia y puramente legal.

Pero el judaismo en virtud de su carácter teológico se levanta a sí mismo sobre esta idea exterior de la justicia cuando manda los sacrificios, fundados no solamente en la idea de que únicamente Dios puede abolir la gran deuda del hombre, sino también en la idea más amplia de que la actividad moral del hombre no produce más que una justicia imperfecta, que para que llegue a ser agradable a Dios debe completarse por un sacrificio expiatorio.

Siempre el cristianismo se ha colocado resueltamente en el punto de vista presentido por el judaismo al enseñar que todos los hombres sin distinción son pecadores, que todos necesitan dar gloria a Dios, y que nadie peude conseguir la verdadera justicia ni por la ley natural ni por la ley revelada en el Antiguo Testamento, por grandes que sean los esfuerzos que emplee para conseguirla.

Precisamente a causa de esta imposibilidad en que se encuentra el hombre de realizar su justicia por sí mismo, resolvió Dios la Redención por Jesucristo. Apoyándose en Él se trata por consecuencia simplemente del método, es decir, de la marcha, de los medios por los cuales el hombre llega a ser justo. Estamos obligados a admitir la Redención como objetivamente establecida.

La cuestión es, pues, ésta: ¿Cómo es justificado el hombre? ¿Cómo debe comprenderse la idea de la justificación?

En oposición a la idea exterior que habían concebido los judíos de la justicia, el apóstol San Pablo dice que el hombre es justificado por la fe en Jesucristo, o que el hombre no llega a la justicia por sí mismo, por su propia actividad, sino por Dios, por medio de la fe en Jesucristo. La justicia de la que dan testimonio la ley y los profetas viene de Dios por la fe en jesucristo, y se extiende a todos y sobre todos los que creen en Él, porque no hay distinción, todos han pecado y todos necesitan glorificar a Dios, siendo gratuitamente justificados por su gracia, por la Redención que está en jesucristo, y que Dios ha propuesto para ser la víctima de la propiciación tenida en su sangre, para hacer aparecer la justicia que da el mismo, perdonando los pecados pasados, para hacer que aparezca en el tiempo la justicia que viene de Él, mostrando juntamente que es justo y que está justificado el que posee la fe en Jesucristo.

El protestantismo entiende por la fe que justifica al pecador la confianza fundada en la misericordia de Dios, que tiene el pecador de que por amor a Jesucristo se le perdonan sus pecados. De modo que la fe del protestante es la certidumbre subjetiva de que ha de estar en gracia ante Dios por la confianza que tiene en Jesucristo, y los méritos mediante los cuales ha satisfecho por nosotros, por la confianza de que sus pecados le son perdonados, porque él cree que solamente por creerlo él así se le perdonan sus pecados, es decir, por una fe especial en virtud de la cual el hombre se apropia las promesas de Dios. El hombre, pues, quedará subjetivamente justificado por la certidumbre de que se le han perdonado sus pecados en virtud de su fe. De este modo, bajo el punto de vista subjetivo, únicamente la fe justifica; pero bajo el punto de vista objetivo, la voluntad es el acto mediante el cual Dios declara que el hombre que tiene fe es justo por tenerla, y únicamente por esto, y que aunque no lo sea debe ser considerado como justo. Siendo para ellos la justificación la certidumbre subjetiva fundada sobre la fe en los méritos de Jesucristo, se cumple siempre en un sólo y único momento; es asunto de un instante y no es susceptible de ningún progreso.

Este es el sistema protestante, erróneo bajo cualquier aspecto que se considere. La justicia imputada al individuo en virtud de su fe no ha pasado a él, no se ha hecho suya, no es inherente ni inmanente en él, está fuera de él. Por consecuencia, a excepción de su fe en que será justificado, fé que es en sí misma un don especial de Dios, el individuo queda lo mismo que era antes: permanece pecador; no ha cambiado de situación con respecto a Dios aunque esté justificado; Dios es el que ha entrado en una relación diferente con el hombre a pesar de haber quedado éste igual que como era antes.

Es imposible conciliar esta doctrina con la veracidad y la santidad de Dios. Decir que el Espíritu Santo por esencia considera como justo a un hombre realmente pecador, que Dios, verdad por esencia, considera a un ser por lo que no es en realidad, es una contradicción inaceptable. El protestantismo opone la fe que únicamente justifica a la fe que se manifiesta en la vida y en las obras, por consecuencia a la moralidad misma.

Lutero principalmente y los escritores conformes a su doctrina son los que para exponer con todo rigor la idea de su fe justificante han negado no solamente la relación íntima y necesaria de la fe y de las obras, sino que han pretendido hacer saltar a la vista su nulidad, colocando en el lugar de las obras al pecado mismo. Por tanto, para ellos basta con creer en que serán salvos para serlo.

El catolicismo, en cambio, expone que para que el hombre sea justificado es necesaria la remisión del pecado y de la pena por imputación de los méritos satisfactorios de Jesucristo, junto con la satisfacción o renovación del hombre, que no sólo es reputado como justo, sino que es hecho justo. Es decir, que no alcanza con poner nuestra fe en que seremos salvados, por obra y gracia de la Redención de Nuestro Señor, sino que debemos ganarlo a través de nuestras obras, que nos atraen esta gracia en lugar de condenarnos por el rechazo que significa el pecado.

Así, siendo nuestra justicia una copia fiel de la vida de Jesucristo, de su muerte y resurrección, nuestra justificación es al mismo tiempo santificación, y nadie se justifica si su vida no es la reproducción de la vida de Jesucristo. Por eso dice san Pablo: “Al presente en que estáis libres del pecado y hechos esclavos de Dios, el fruto que de ello habéis sacado es vuestra santificación, y el fin será la vida eterna”. “Así como habéis hecho servir los miembros de vuestro cuerpo a la impureza y a la injusticia para cometer la iniquidad, hacedles servir ahora a la justicia para vuestra santificación”.

Evidentemente no es suficiente para justificarse un acto de comprensión, de la inteligencia, porque no obra activamente, porque no opera, porque no tiene vida, o como dice la Sagrada Escritura, porque por sí sola es muerta. “No todos los que me dicen Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”.

Así pues, la fe por sí sola no responde a las exigencias del Evangelio, que tiende absolutamente a la vida y a la práctica. Según el mismo se hace todavía más necesario para que la fe sea justificante, que sea viva; y no lo es sino cuando el contenido de la fe comprendido, reconocido y proclamado se realiza por la voluntad, que hace una realidad de la verdad y que la pone en práctica.

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