La devoción y nuestro corazón

Quieren los herejes el rigor asfixiante en un punto, por un lado, y la indolencia hacia el pecado, por otro.

Resulta odiosa para el hombre moderno la primera especie, ese calvinismo reciclado en muchas formas, por sus formas ásperas y poco simpáticas con la carne. Sin embargo, no podemos negar que florece tal espíritu entre quienes, horrorizados por las nuevas Sodoma y Gomorra, reaccionan volcándose hacia una dureza que les separa “de la defección”. El demonio alimenta con eso sus orgullos inauditos, complaciendo la soberbia por cuán diferentes y superiores son de los “animalizados”. Ellos luchan contra todo aquello y se mantienen “puros”. Entre las primeras convulsiones del protestantismo vimos el refrito de las múltiples sectas que desde la antigüedad castigaban sus carnes y se congratulaban por su suprema virtud. Se entregaban luego a los placeres más refinados del espíritu, bien en el desprecio hacia la mayoría pecadora, bien en sus devociones intactas, bien en las especulaciones más arduas al modo de los sanedrines, o bien a las intrigas del poder. No es poco frecuente verles criticados por su rostro adusto, sus ademanes despreciativos y los elogios para los propios. La Caridad, muerta por los rigores de la soberbia, les aparta de los caminos salvíficos de Dios.

Desde el otro lado están las multitudes halagadas por el Tentador y sus predicadores, fascinadas por las licencias que les dan los cultores del “dejar hacer, dejar pasar”. Todo está bien, para éstos, mientras no se robe o se mate. Naturalmente algún punto de virtud deben enarbolar, pues nadie desea vivir proscrito y desdeñado por la sociedad. A éstos se les dará un abrazo afectuoso y se les llamará a ser más solidarios con el sufrimiento, pero en nada se les reprenderá por sus pecados. Querrá el espíritu del mundo de cada época repudiar éste o aquel aspecto de maldad, de modo que en cada tiempo se les verá virtuosos aquí y permisivos allá. Serán éstos quienes modificarán más o menos descaradamente la santa doctrina para creer lo que les convenga y descreer lo incómodo de recordar. Son todos estos quienes forman las huestes de las herejías más groseras, naturalmente odiadas por los primeros. Serán los soberbios aislacionistas sensiblemente odiados por los segundos reputando cinismo pues no pueden imaginarles no pecando en lo que para ellos es un hecho aceptable, y de rigoristas por no ceder en puntos que nadie puede ceder. La Fe, muerta por las groserías de la carne, les aparta de la vida celestial.

Despista así el Infierno el verdadero punto de la vida de la virtud. Cuando la fe es incuestionable y la caridad es ardiente, el problema se presenta tan distinto como sólo puede serlo a través de la mirada de Nuestra Señora: hay malos hijos que viven a la deriva de sus impulsos y quienes luchan contra el principio de maldad en ellos. Ante Ella son dos familias espirituales diferentes y enemigas.

En tanto depende nuestra salvación a la fidelidad a la predestinación mariana, es nuestro deber apartarnos de la primera y hacernos parte de la segunda. Es la indolencia, aquella deriva a los caprichos de la “espontaneidad”, de las fantasías y negaciones enemigas de la virtud.

He aquí un punto que se suele pasar por alto: para quienes luchan por el triunfo de la virtud en sí y por sus hermanos, nada hay que no esté prometido ni deje de contar con el auxilio de la Gracia. Las puertas del Cielo están cerradas, por el contrario, para quienes no presenten batalla y la promesa de Nuestra Señora será su condenación en el Juicio. Esa misma promesa se hace garante para los hijos que aman a la Santísima Virgen y procuran servirla con todas sus fuerzas.

No es injusta tal situación. Como en la lucha primera de los ángeles, los Cielos se abren para quienes los quieren abiertos y se cierran para quienes les dan las espaldas. Sólo corresponder a la gracia de Dios, que a nadie falta hasta el último latido de su corazón, y es el camino a la felicidad eterna. Si los infiernos no tienen puertas es, precisamente, porque las almas pecadoras se repugnan y revuelven ante la visión de los Cielos.

En tanto, ¡qué placer para los pecadores el entregarse al impulso del momento, al movimiento de las carnes o el espíritu, llevados tan sólo por el gusto y preferencia personal!

Pobres éstas almas, que pudiendo navegar a los puertos del Cielo si se dejan llevar por el impulso de la Gracia y reman a contra corriente cuando es necesario, se mueven por las corrientes que les apartan de la felicidad eterna. Los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas se diferencian en esto, tal como ayer lo hacían, hoy se presenta a nuestra vista y será hasta la consumación de los tiempos.

Tal diferencia entre las tropas está no en sus aspectos exteriores sino en su actitud interior. Radica en aquello que Nuestro Señor Jesucristo nos pide: dar nuestro corazón de buena gana y sin reservas. Ese corazón que puede ser lo más noble en la criatura tanto como lo más miserable cuando somos pecadores. Dar el corazón no es ese sentimentalismo tan propicio al pecado y la herejía. Se trata, en verdad, en lo más heroico en tanto comprende el motor de nuestros afectos y la fuerza de nuestras obras. No es posible dar de verdad el corazón a Dios y vivir a nuestros impulsos. No da el corazón a los Cielos quien lo declara pero obra según el demonio, el mundo y la carne, sin más rumbo que sus propios gustos y pareceres.

Cuando el Divino Redentor perdona a la Magdalena, no le dice que puede continuar en su vida de pecado. Por el contrario, le dice que vaya, que está perdonada, sí, pero que no peque más. ¡Que radicalidad y belleza luminosa poseen Sus Divinas palabras! “No pecar más”, pide, esto es, que no nos dejemos llevar por nuestro propio criterio, nuestros placeres mundanos, por nuestra fantasía, ni por los desdoblamientos del romanticismo ni por las vulgaridades del practicismo, por nuestros caprichos, por el pragmatismo frente a los acontecimientos de la vida, por los movimientos de las simpatías o antipatías, por el criterio de las mayorías o las seducciones de las minorías, ni el prestigio terreno ni el populismo corruptor.

En el fondo de los hechos, los Sagrados Corazones nos miran con todo el amor infinito, con toda esa misericordia celestial, y nos piden que no nos dejemos gobernar sino por los Santos Mandamientos, que encaminemos nuestros pasos hacia Ellos, para gozarles sin penas por los siglos de los siglos. No es fácil ni lo prometen así. Es arduo, es difícil, muchas veces es sacrificado y penoso, pero no son las sombras las que perfilan la montaña sino sus luces y altura. Ésta es la belleza de la Santa Cruz que con Él tomamos y seguimos para ir al Cielo.

Tal fuerza de alma se equilibra con la atracción que sentimos por el paraíso eterno, tan natural al corazón humano. Tenemos una Protectora maternal que nos convida a pedir Su Auxilio y gozar el camino privilegiado de Sus hijos, haciendo de tal camino un paso sacrificado pero reconfortado por la ternura de los hijos de Dios, de la reciedumbre de los hijos de la Cruz, del realismo de los hijos del Cielo, de la confianza ilimitada de los hermanos de los santos ángeles, del consuelo de quienes se saben auxiliados por la Comunión de los Santos en su debilidad, miseria e impotencia.

Podemos, entregando el corazón con la generosidad noble y valiente de quien se da del todo, alcanzar los más altos grados de perfección y la virtud. No estamos solos. Ellos nos han dado Su Palabra y Promesa: podemos gozar de la gloria de Dios en los Cielos.

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