La Cruz y la Medialuna

Por siglos los hijos de la Cruz y los de la Medialuna se enfrentaron como enemigos mortales, que lo son, fueron y serán siempre. El odio que existe entre la luz y las tinieblas se proyecta en los actos de los hombres. Un verdadero test para los católicos es sostener estas afirmaciones al desplegarse las primeras décadas del siglo naciente.

¿En qué planos se oponen el cristianismo y el islamismo? En tantos como puede desarrollarse la acción humana en la tierra y en lo sobrenatural. Ocho siglos chocaron armas en las tierras españolas y no finalizaron hasta su expulsión por sus Majestades Católicas tras la derrota mora en Granada. Cruzaron las aguas, humillados, pero no derrotados. Reunieron fuerzas, renovaron sus juramentos anticristianos y prepararon armas y contingentes humanos, trazaron planes para retomar su empresa de conquista humana y cultural. En Lepanto Nuestra Señora concedió una gracia extraordinaria sobre las fuerzas musulmanas y las epopeyas de tantos cristianos levantados en armas, palabra y oración alejaron las nuevas mordidas de la serpiente.

Es tan opuesta la santa doctrina de los Evangelios con las extravagancias y aberraciones de sus escritos, tan contrarios los principios morales del cristianismo con las depravaciones y el esclavismo mahometano, que el choque no podría dar espacio a simpatías o concesiones. El Islam, entonces como ahora, avanza en impedir la prédica o vida cristiana bajo sus dominios y, aún por sobre eso, extinguir la santa fe sometiendo por la fuerza a las naciones cristianas hasta aniquilarlas en todo cuanto reste de las dulces huellas de nuestro Señor Jesucristo.

El lector moderno podría levantar una objeción interesante: ¿qué tenía el cristiano de entonces -que no el de hoy-, si el Islam se presenta tan fuerte, poderoso, irreductible y avasallador? Mirando los pasos de nuestros predecesores reverenciamos su fe ardiente, inconmovible, caritativamente intransigente, pero no desprovista de la inteligencia y discernimiento entre lo que hay de óptimo y de pésimo en el Islam. El mundo de las Mil y una noches, su refinamiento y sentido estético, el gusto por la belleza muchas veces fue conservado con gusto, añadiendo la perfección de la santa fe. Mezquitas convertidas en iglesias, palacetes acomodados a cristianas costumbres, trozos de su cultura apreciados e incorporados a las locales, dejan a las futuras generaciones el espíritu de verdadero culto y servicio al Dios de los Evangelios.

Lejos del vomitivo ecumenismo modernista, los cruzados y héroes de la Reconquista y reacción a las hordas mahometanas, comprendieron que a pesar de las depravaciones morales, la cruenta maldad de sus invectivas contra el cristianismo, residían en sus almas destellos del amor por la verdad, el sentido moral y sus reflejos en lo estético afines a la verdad plena de nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué distan sus creaciones y amores de los nuestros sino corregirlos de acuerdo a la ley natural y divina? En sentido contrario, ellos procuran aniquilar hasta la última raíz de cristianismo en los ambientes y culturas, creencias y tradiciones, estética y pensamiento.

Todo lo de admirable en ellos lo conservamos, pues en sus ricas tradiciones culturales, sus conocimientos científicos y refinamiento del arte vemos fidelidades a las gracias que Dios les da como pueblos para llamarles a la plena y perfecta ortodoxia. El espíritu de la Santa Iglesia no desprecia la verdad y belleza en el mundo sino, por el contrario, ama todo lo que el hombre pueda producir de recto, verdadero, justo y bueno, corrigiendo, si, todo cuanto se aparten de las limpias inclinaciones hacia el Cielo.

El recorrido por sus antiguos templos, palacetes y sus deliciosos jardines transmiten un sentido de ligereza de las estructuras sin perder su dignidad, sino dando el encanto que encontramos en, por ejemplo, la Santa Capilla de Paris, verdadera antesala de los Cielos. Verdad es que falta en el arte islámico el sentido de lo sobrenatural, de la gracia tocante en las almas, pero no por eso faltaría al verdadero culto celebrar los sagrados ritos en sus recintos preservados.

Si de la pestilencia musulmana podemos elogiar tanto y decir cosas tan buenas, si de herejes y paganos rescatamos lo sublime y superior en ellos, ¿qué horrores podemos discernir en las almas cristianas frente a las modernas edificaciones destinadas a lo que llaman “iglesias”? ¡Cuánto espantan por su fealdad intencionada, su corte proletario que indignaría al mismísimo Stalin, el estilo ordinario de un depósito de mercaderías, la pesadez de las formas vulgares de sus ambientes y materiales, la extravagancia de sus líneas que no pocas veces se confunde con un plato volador o la ostentosa locura de un enajenado mental con recursos para edificar en las ciudades, la monstruosa intencionalidad que parece amenazar a los rebaños congregados con el desplomamiento de los techos y derrumbe de las paredes y ventanales grotescos al punto de espantar a un neandertal! ¿Podríamos determinar con exactitud si se trata de edificios dedicados al culto o a necesidades mundanas o incluso pecaminosas? La vista se aleja, espantada, de aquella abominación tanto como, en su contrario, la mirada se eleva con las líneas elegantes de una iglesia gótica con agujas que señalan a los Cielos, e incluso la simpatía que puede mover el diseño de los minaretes de Santa Sofía.

El paganismo moderno es tanto peor que el antiguo en cuanto conoció la verdad, la belleza, la justicia y la verdad y a ellas dio las espaldas, mostró su desprecio y movilizó cuanto tiene de tecnología y recursos para sus putrefactas declaraciones materiales. Horribles, uniformadoras, igualitarias, inarmónicas, frías… ¡cómo aparece superior el arte de los mahometanos sobre ellas!

Cristianos y mahometanos amaron y sufrieron por aquello que más amaron. Hoy podemos llorar el abandono de la cristiandad y aquello que movió a los cruzados a dar su vida: proteger el Santo Sepulcro en manos de la Medialuna. Ellos y nosotros cuidamos nuestras reliquias, mas, el –paganismo y modernismo las desprecia y olvida, visto el estado del Edículo, ruinoso, abandonado por todos, inquietos por cualquier campaña sentimental que aparece más importante que preservar la gloria del Gólgota. Los cruzados lucharon y rezaron por tal tesoro y hoy se le abandona. Nosotros poseemos los santos ritos, y las verdad del Evangelio, y les dejamos a traición en manos de los enemigos.

Recemos y luchemos por causas que hagan merecer nuestra muerte y ofrezcamos a Dios las manos llenas de obras santas. Que Nuestra Señora, victoriosa en Lepanto, tenga piedad de nosotros y nos conceda la gracia de la fidelidad en estos tiempos.

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