La conversión de San Pablo

Son tan grandes los beneficios que ha recibido la Iglesia de la poderosa mano de Dios por el ministerio del apóstol San Pablo, que en señal de su agradecimiento quiso celebrar con particular culto la memoria de su conversión, la cual fue como la época famosa de todas sus maravillas, habiéndose seguido también a ella la conversión de los gentiles.

Estableció, pues, una fiesta particular para dar gracias a Dios por la conversión de este Apóstol, por su divina vocación, y por su especial misión en la conversión de la gentilidad. Estos tres señalados favores que hizo Cristo a San pablo en el instante de su conversión, forman el centro de esta festividad. Y en verdad si entre el pueblo judaico se celebraba solemnemente la memoria de aquellas victorias señaladas que habían sido especialmente ventajosas al Estado, ¿qué victoria hubo jamás que fuese tan ventajosa a la Iglesia, de la cual hubiese sacado tanto fruto, ni que la hubiese llevado a tantos pueblos, como la que Cristo consiguió del perseguidor más furioso de los fieles, por cuyo medio del mayor enemigo suyo hizo el mayor defensor de Su ley, un vaso de elección, el doctor de las gentes, y en fin uno de los mayores Apóstoles? 

Saulo, que después tomó el nombre de Paulo, era de nación judío, de la tribu de Benjamín, y había nacido en Tarso, metrópoli de Cilicia. Profesaba su padre la secta de los Fariseos; esto es, de aquellos judíos que hacían profesión de ser los más exactos observadores de la ley, y de seguir la moral más rígida y severa. Por su nacimiento era ciudadano romano, por ser este uno de los privilegios de la ciudad de Tarso, que era municipio de Roma en atención a que en las guerras civiles se había siempre declarado por Julio César, y después por Augusto, hasta tomar el nombre de Juliópolis. 

Pasó los primeros años de juventud en Tarso, donde estudió las ciencias griegas, que se enseñaban en aquella ciudad de la misma manera que en Alejandría y en Atenas. Como Saulo tenía ingenio y era naturalmente inclinado al estudio, le enviaron sus padres a Jerusalén, donde aprendió en la escuela de Gamaliel, célebre doctor de la ley, y fue instruido por él con la mayor exactitud en todo lo que pertenecía a la religión, costumbres y ceremonias de los judíos.

Aprovechó bien sus estudios, que le inflamaron tanto en el celo de la observancia de la ley, que en poco tiempo se mostró no sólo de costumbres irreprensibles, sino uno de los más obstinados defensores de la secta farisaica. Un celo tan encendido por las ceremonias de sus padres no podía menos que hacerle enemigo irreconciliable de la religión cristiana. Se tiene por cierto que fue uno de los judíos de Cilicia que se levantaron contra San Esteban y pelearon con él. Y es indudable que fue de los que con más ardor clamaron por su muerte, y que no teniendo bastantes fuerzas para apedrearle, quiso tener el gusto de guardar las capas de los que lo hacían. Para apedrearle, como dice San Agustín, por las manos de todos. 

La sangre de este primer Mártir irritó más la cólera, y encendió más la rabia de los judíos. Excitaron una horrible persecución contra la Iglesia de Jerusalén, pero ninguno se mostró más ardiente que saulo en el ansia de destruirla. Le animaba contra los cristianos un celo que parecía furor, por lo que viéndose aplaudido y autorizado po9r los de su nación, no guardaba términos ni medidas. Entraba por las casas, sacaba de ellas a todos los que sospechaba que eran discípulos de Cristo, los metía en las cárceles y los hacía cargar de cadenas. 

Crecía su rabia contra los fieles al paso que experimentaba su persecución. Obtuvo sin dificultad amplia comisión del pontífice Caifás para hacer exacta pesquisa de todos los cristianos, con facultad de castigarlos. Se iba a todas las sinagogas, hacía apalear y azotar cruelmente a cuentos creían en Jesucristo, y ponía en ejecución cuantos medios alcanzaba, promesas, amenazas, tormentos, para hacerlos blasfemar de Su santo nombre. 

Habiéndose extendido la fama de esta terrible persecución, era mirado Saulo como un furioso perseguidor de los cristianos, como enemigo jurado de Jesucristo, y como el azote de sus fieles siervos, de manera que sólo el nombre de Saulo aterraba a los que creían en Él. Parecían cortos los límites de Judea, de Galilea y de toda Palestina para contener la furia de este rabioso perseguidor. Lleno siempre de amenazas, alentaba sangre, y respiraba muerte al oír sólo el nombre de cristiano. 

Teniendo noticias de que cada día aumentaba el número de los discípulos de Cristo en Damasco, ciudad célebre al otro lado del monte Líbano, pidió al pontífice cartas para aquellas sinagogas, con autoridad de prender a cuantos cristianos hallase, y de llevarlos a Jerusalén, donde podrían ser castigados con mayor libertad, resuelto a exterminar él sólo aquella tierna y recién nacida religión. 

Se hallaba a unos diez kilómetros de la ciudad, cuando a la misma hora del mediodía vio bajar del cielo una gran luz más resplandeciente que el mismo sol, la cual le rodeó a él, y a todos los que le acompañaban. Al punto cayeron todos en tierra atónitos y deslumbrados, y Saulo oyó una voz que le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? En vano tiras coces contra el aguijón”. 

Entonces preguntó Saulo más aturdido: “Señor, ¿quién sois Vos?”. Y le respondió el Salvador: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. Fuera de sí Saulo al oír esta respuesta, replicó temblando de turbación y de miedo: “Señor, ¿qué queréis que haga?”. Le mandó el Salvador que se levantase, y le dijo: “Levántate y estáte en pie, porque Yo me he dejado ver de ti para hacerte ministro y testigo de las cosas que has visto, y de otras que te manifestaré. Te saqué de las manos de este pueblo, y de las naciones, a las cuales te envío ahora, para que abriéndoles los ojos pasen de las tinieblas a la luz, del imperio de Satanás al de Dios, y para que reciban la remisión de sus pecados y la herencia de los santos, por medio de la fe que hace creer en Mí”. 

Mientras pasaba todo esto, los que iban en compañía de Saulo, ya levantados de la tierra, estaban en pie atónitos y en suspenso. Oían una voz, pero no veían al que hablaba. Habiéndose también levantado Saulo, aunque tenía los ojos abiertos, nada veía. Fue necesario guiarle de la mano para conducirlo a Damasco. Le metieron en casa de cierto vecino, que se llamaba Judas, donde estuvo tres días ciego, sin comer ni beber. 

En ese entonces vivía en Damasco un discípulo de Cristo, llamado Ananías, hombre de gran piedad y venerado por su virtud hasta por los mismos judíos. Se le apareció el Señor en una visión, y le mandó que fuese a la calle Derecha, y que buscase en ella a cierto hombre llamado Saulo, natural de Tarso, a quien hallaría en oración. Espantado Ananías ante el sólo nombre de Saulo, replicó aturdido: “¡Cómo, Señor! Si he oído decir a muchas personas que ese hombre ha hecho grandes males a vuestros santos en Jerusalén. Aún ahora trae amplísimo poder de los príncipes de los sacerdotes para meter en la cárcel a los que invocan Vuestro santo nombre”. “No importa – le respondió el Señor – ve a donde te mando. Ese hombre es un vaso de elección, escogido por Mí para que predice Mi nombre delante de las naciones, delante de los reyes de la tierra, y delante de los hijos de Israel. Así, ya le tengo mostrado y prevenido lo mucho que ha de padecer por Mi amor”. 

Al mismo tiempo que el Salvador estaba declarando esto a Ananías, estaba Saulo viendo en espíritu que un hombre llamado Ananías entraba en su cuarto, y ponía las manos sobre él para que recobrase la vista. 

Obedeció Ananías sin dilación, lleno de fe y de confianza. Fue a buscar a Saulo en el lugar donde se le había señalado, y poniendo las manos sobre él le dijo. “Saulo, hermano, el señor, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado aquí para que te restituya la vista, y para que seas lleno del Espíritu santo”. 

Al mismo tiempo se le cayeron de los ojos como unas escamas, y comenzó a ver con toda claridad. Se levantó lleno de alegría, de admiración y de los más vivos sentimientos de gratitud y de amor. Y habiéndole declarado Ananías lo que el Señor le había dado a entender respecto a su vocación, y de aquello en que debía emplearse, le bautizó y el Espíritu Santo le llenó de sus celestiales dones. 

Después de que ambos dieron gracias a Dios, Saulo se alimentó, recobró fuerzas y se quedó algunos días con los fieles que estaban en Damasco. Se cree que entonces tendría cerca de treinta y seis años de edad. Antes de que saliese de Damasco predicó en la sinagoga que jesús, a quien él había perseguido, era el Mesías verdadero, Hijo eterno de Dios vivo. 

Es fácil concebir con cuánta admiración le oirían todos aquellos que pocos días antes le habían visto perseguir tan furiosamente a la religión cristian, y sabían que sólo había venido a Damasco para meter en prisiones a todos los que la profesaban. 

Hace muchos siglos de que se fijó la fiesta de la Conversión de San Pablo para el 25 de enero, en el cual se hacía antes conmemoración particular del mismo Apóstol, con el motivo de una traslación de sus reliquias a Roma.

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