La condenada de Lima

En el año 1590 ocurrieron hechos que fueron luego confirmados por testigos confiables. Cerca de Lima vivía una señora cristiana que tenía tres criadas, una de las cuales, llamada Marta, era una joven india de dieciseis años. Marta era cristiana también, pero poco a poco su devoción se fue enfriando, volviéndola negligente en sus oraciones, liviana y banal en sus conversaciones, y atrevida con los hombres.

Habiendo enfermado de gravedad, recibió la extremaunción. Después de esta seria ceremonia, durante la cual quedó en evidencia su poca piedad, ella reconoció sonriendo a las otras dos criadas que en la confesión que había hecho se había cuidado de no contar todos sus pecados al sacerdote. Atemorizadas por lo que decía, las jóvenes informaron de lo ocurrido a la señora de la casa, y ella a su vez regañó y exhortó a Marta hasta que obtuvo de ella cierto arrepentimiento y la promesa de hacer una confesión sincera y completa. La enferma se confesó otra vez, por lo tanto, y falleció poco después.

Apenas había dado su último suspiro cuando su cuerop comenzó a emitir un hedor fuertísimo e intolerable. Las habitantes de la casa se vieron obligadas a sacarla de allí y llevarla al cobertizo. El perro en el patio, que usualmente era un animal tranquilo, aullaba lastimeramente como si estuviera siendo torturado.

Después del entierro la señora estaba tomando su cena en el jardín, al aire libre, como era su costumbre, cuando una pesada roca cayó de pronto en el centro de la mesa con un terrible estrépito, e hizo tambalearse a todo lo que contenía, pero sin romper nada. Una de las criadas, que había ocupado el cuarto donde Marta murió, fue despertada por temibles ruidos, mientras todos los muebles se movían por una fuerza invisible que finalmente los hizo caer al suelo.

La joven no quiso seguir ocupando esa habitación. Su otra compañera tomó su lugar pero volvió a suceder lo mismo, por lo que terminaron acordando pasar la noche juntas allí. Esta vez escucharon claramente la voz de Marta, y pronto la desdichada apareció ante ellas en el estado más horrible, en medio de fuego. Dijo entonces que por orden de Dios ella tenía que revelarles las condiciones en que se encontraba, y que había sido maldita por sus pecados de impureza, y por las confesiones sacrílegas que había seguido haciendo hasta su muerte. Luego añadió: “Cuenten lo que les he revelado, para que otros puedan beneficiarse con mi desgracia”. Y dicho esto, desapareció.

(Anales de la Compañía de Jesús. Citados en “Infierno”. P. Francisco Javier Schouppe, S.J. 1883).

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